miércoles, mayo 29, 2024
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Recordando a Pablo Neruda

Se cumplen cinco decenios del fallecimiento de “el más grande poeta del siglo XX en cualquier idioma”, según Gabriel García Márquez. VOZ conmemora la fecha con este escrito del dirigente comunista Gilberto Vieira White de 1993

Gilberto Vieira White

En el vigésimo aniversario de la desaparición física de Pablo Neruda, evocamos con profunda emoción la memoria del inmenso poeta, luchador revolucionario por la paz, la justicia social y la democracia efectiva.

Admirador de Pablo Neruda desde mi remota adolescencia, vine a conocerlo personalmente cuando visitó por primera vez a Bogotá en 1943; lo saludé al descender del avión en nombre de la dirección del Partido Comunista Colombiano y luego lo acompañé en algunas de sus múltiples actividades.

Recuerdo especialmente que en el Teatro Olimpia colmado de un público entusiasta, se realizó un gran acto antifascista en el que Pablo hizo proyectar un extenso documental soviético sobre la decisiva batalla de Stalingrado, que acababa de terminar victoriosamente. Pero lo que causó mayor impresión fue la lectura que hizo de su Segundo Canto de Amor a Stalingrado, cuyo original pude apreciar años después en el museo de la hermosa ciudad de Volga, cuando renacía de sus cenizas.

Sonetos punitivos

Esa visita de Pablo fue un gran acontecimiento cultural y político, en plena guerra mundial antifascista. Pero el caudillo de las huestes ultra reaccionarias en ese tiempo, a quien sus propios copartidarios llamaban “el Monstruo”, arremetió en la forma más vil en su periódico contra la obra y actividad de Neruda. A lo que éste tuvo la humorada de responderle con una serie de “sonetos punitivos”, episódica muestra de esa “poesía de la circunstancia” de la que hablaba Rubén Darío.

Posteriormente, en septiembre de 1949, estuve al lado de Pablo Neruda en México, durante el Congreso Continental Americano por la Paz, que significó un desafío al “macartismo” y la guerra fría, cuando el vocablo Paz era la “palabra maldita”, según la certera expresión de Gabriela Mistral.

En ese congreso – anota Volodia Teitelboim en su excelente biografía de Neruda –, el poeta leyó “un discurso anti existencialista”, con un no a la evasión y a la neurosis como virtudes estéticas. Pero embistió, además contra él mismo, rechazando páginas anteriores suyas que, según expresó, “llevaban en sí las arrugas de la amargura de una época muerta”.

El destierro

Neruda desplegaba entonces una poesía revolucionaria muy combativa, explicable después que había sufrido la vil persecución y los vejámenes del gobierno de González Videla, quien lo hizo destituir de su cargo como senador, recientemente elegido y pretendía encarcelarlo, por lo cual el poeta tuvo que pasar a la clandestinidad y salir de Chile en arriesgado viaje, atravesando a caballo la Cordillera de los Andes.

El tal González Videla había traicionado cínicamente a sus electores poniéndose al servicio de la política imperialista de la guerra fría. Así se comprende que buena parte de la obra poética de Neruda en esos días estuviera dedicada a poner en la picota del oprobio a González Videla.

Como agrega Volodia Teitelboim: “Se dio el caso insólito de que muchos lectores salieran a defender, contra el propio autor, la parte condenada de su obra”. Entre esos lectores he de incluirme. Pablo había sufrido un ataque de trombo-flebitis que no le permitió continuar en la presidencia del Congreso Continental de Paz. Fui entonces a visitarlo, en compañía de mi colega de delegación, el brillante diplomático Carlos Ariel Gutiérrez. Encontramos a Pablo en cama, en una pequeña habitación, con su maternal compañera de entonces, Delia del Carril, a la que todos llamaban cariñosamente “la Hormiguita”.

Le informamos a Pablo como había culminado positivamente el Congreso y en el interesante diálogo que sostuvimos resolví criticarle la parte de su discurso en la que repudiaba su anterior obra poética. Le dije que tal actitud era equivocada, así fuera no más porque millones de enamorados de Nuestra América sugerirían leyendo apasionadamente los 20 poemas de amor y una canción desesperada, como otras obras suyas. Pablo me escuchó en preocupado silencio, pero “la Hormiguita” me apoyó calurosamente.

En otra visita a Pablo me pidió una opinión sobre su nueva poesía y le encomié el Canto General, que se editaba por esos días en México. Sin embargo, me animé a hacerle una observación, que recibió con interés. Le dije que le estaba dedicando excesiva atención a González Videla en su poesía y que seguramente en pocos años muchos de sus lectores se enterarían de que existió un politiquero tan despreciable solo por los airados poemas que le dedicaba Pablo. Y le recordé la experiencia de Víctor Hugo quien, perseguido por Napoleón III, le dedicó tantos “castigos” poéticos que en cierto modo inmortalizó a tan mediocre farsante.

Pablo recibía afablemente esas observaciones porque no era el pontífice orgulloso e intolerante que pretenden algunos de sus detractores.

Solidario con Colombia

En sus dos visitas posteriores a Bogotá, en compañía de Matilde, que era su nuevo amor, al que consagró tan maravillosos poemas, tuve la oportunidad de acompañarlo en varios de los actos organizados en su honor.

En una ocasión me informó que el presidente Carlos Lleras Restrepo le había comunicado su propósito de condecorarlo, pero que él había rehusado tal distinción. Porque – me dijo – “no podía aceptar esa condecoración cuando acababa de leer en los periódicos la noticia de que las autoridades militares habían ultimado cruelmente a un guerrillero solitario”. Se refería al comandante de las Farc, Ciro Trujillo, víctima de un asesinato oficial en una región de Boyacá, a donde había viajada por invitación de exguerrilleros liberales.

En años posteriores tuve nuevos y gratos encuentros con el poeta en distintas ciudades europeas. En mis frecuentes visitas a Chile para participar en actos del Partido Comunista de ese país no coincidí nunca con la presencia de Neruda en su patria. Visité, sí, su fantástica casa “La Chascona”, que la cuidaba Maruja Maluenda. La misma extraña mansión saqueada y semidestruida por las bandas de Pinochet, donde fue velado hace veinte años su cadáver.

Últimos días

Poco después, el poeta retornó a su patria para respaldar activamente al gobierno de la Unidad Popular y del presidente Salvador Allende, gravemente amenazado por las fuerzas regresivas. Y pronto recibimos una información confidencial del Partido Comunista de Chile dándonos cuenta de la grave enfermedad que minaba la salud de Pablo. Sin duda, el feroz golpe militar de Pinochet precipitó su agonía. Pero se mantuvo sereno y firme en su militante posición política hasta el último aliento.

Desde muy joven fui – y sigo siendo a estas horas de mi vida – fervoroso admirador de la gran poesía de Pablo Neruda. Esa admiración creció aún más cuando pude tratarlo, conocer su calidad humana y apreciar su firmeza de sus convicciones revolucionarias.

Un juicio preciso sobre el valor de la invaluable obra poética de Neruda podrá hacerlo, con su autoridad literaria, nuestro dilecto amigo José Luis Díaz-Granados. Por mi parte, me limito a decir que Pablo Neruda es un océano de poesía, el más grande poeta de Nuestra América. Que además fue un luchador revolucionario, sin tacha y sin miedo, que no ocultó su “filiación y su fe” como diría Mariátegui.

Pablo Neruda dijo en su profundo poema A mi partido: “Me has hecho indestructible porque contigo no termino en mí mismo”. En verdad que, con su muerte en circunstancias dolorosas, no terminó la vida del poeta. Porque Pablo Neruda vive en la memoria y en el corazón de todos los pueblos, en primer lugar de los pueblos de Nuestra América.

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