Rayuela: 50 años

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José Luis Díaz-Granados

La aparición de Rayuela hace 50 años marcó en el ámbito literario hispanoamericano un hito totalmente insospechado y aportó poderosos hábitos y expresiones a los lenguajes personales con que muchos de nuestros narradores hubieran querido lograr su más consumada construcción estética.

Después de la publicación del Ulises de James Joyce en 1922, obra cumbre de la experimentación y la reinvención íntima del ser humano, la novela del argentino Julio Cortázar (1914-1984) determinó novedosos desafíos al lector -tanto al lector culto como al del común-, y se instaló de manera definitiva en el olimpo de los inmortales, al lado de Homero y Cervantes, de Dostoyevski y Flaubert, de Faulkner y Virginia Woolf.

Para nuestra generación, la trayectoria de Cortázar fue siempre un vivo ejemplo de lo que debía ser un escritor de nuestros lares tanto en su obra creativa como en su actitud política. No solo entendió la vocación literaria como una entrega total al oficio, sino que al mismo tiempo se alineó al lado de los pobres de la tierra y de las causas justas y nobles de la humanidad, junto a los combatientes del Tercer Mundo y de las revoluciones triunfantes en Cuba, Nicaragua y la del Chile popular de 1970 al 73.

Cortázar fue, al igual que Dante Alighieri, Quevedo, Víctor Hugo, Whitman, Neruda y Saramago, un escritor político. Notables fueron sus diatribas contra el imperialismo y a favor de las luchas populares, en poemas como Poli-CRI-tica a la hora de los chacales, en su novela Libro de Manuel, en el cuento Reunión y en su libro de relatos Nicaragua tan violentamente dulce.

Este poeta nato -nacido en Bruselas, criado en Argentina y exiliado en París- creó unos personajes emblemáticos de nuestra geografía, típicos de esa clase media que se “unta” de cultura mediante la simulación y otras artimañas, y otros de vida interior e intuición feliz, siempre dentro de circunstancias cotidianas y sencillas que el autor recrea con ironía y espanto, los cuales reunió en un volumen titulado Historias de cronopios y de famas, y que se han convertido con los años en los estereotipos de nuestra idiosincrasia urbana.

Otros libros suyos, todos rebosantes de talento e ingenio, de desafíos constantes a la ficción y a la realidad, y de audaces experimentaciones técnicas, son los titulados Bestiario, Las armas secretas, Final del juego, Los premios, La vuelta al día en 80 mundos, Último round y 62, modelo para armar, entre muchos más donde el deleite está dulcemente contenido en sus innumerables páginas.

Pero sin lugar a dudas, su obra capital, su libro estelar, es Rayuela, aparecido en 1963, cuando Cortázar contaba 49 años. En él, su autor obligaba al lector a participar de manera activa en la historia de Horacio Oliveira y La Maga en París, y Manolo Traveler y Talita en Buenos Aires, haciéndolo leer el libro de diferentes maneras como si nos sumergiéramos en un collage o en un rompecabezas, donde el lenguaje es un constante delirio y la poesía es un aperitivo del paraíso (perdido o anhelado) que todos los humanos creemos soñar durante nuestras vidas.

Medio siglo después de su primera edición, Rayuela, de Julio Cortázar, se consolidó definitivamente en la memoria de sus millares de lectores en todos los idiomas como una de las novelas (o antinovelas) cardinales de todos los tiempos.