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Pensamiento marxista en América Latina

Completada la asimilación del pensamiento marxista en América Latina, viene un largo proceso de evolución política, de atesoramiento de ideas, de nacimiento de movimientos políticos y grupos guerrilleros de inspiración revolucionaria, con triunfos y reveses

Alberto Acevedo

El trayecto de formación del pensamiento marxista en América Latina ha sido largo, plagado de dificultades, como un camino minado, con elementos que aportan información suficiente a historiadores y pensadores para suponer hoy que se puede subdividir en etapas para facilitar su estudio y comprensión.

José Aricó, en la revista Nueva Sociedad, No. 66, de mayo-junio de 1983, sostiene que el tema del marxismo en la cultura política de América Latina no ha sido suficientemente explorado, y aún suscita dudas de compleja resolución. Una mirada generosa del tema debe considerar amplias perspectivas en términos de teorías, doctrinas y proyectos de acción. Asunto que se complica cuando partidos o movimientos políticos se reservan para sí el calificativo de marxistas.

Una cantidad importante de investigadores coinciden en que hay un proceso inicial de asimilación de la obra de Marx, Engels y de pensadores marxistas europeos en América Latina, entre 1870 y 1910, que se caracteriza por la organización de las seccionales pioneras de la Primera Internacional y el surgimiento de los primeros programas socialistas.

Recepción del marxismo

En este período son relevantes, y contribuyen a la formación del pensamiento marxista en el continente latinoamericano, las interpretaciones y contribuciones de Juan Bautista Justo, en Argentina; de José Martí en Cuba; Julio Antonio Mella en Cuba y de Luis Emilio Recabarren en Chile, entre los más destacados. Periodo denominado comúnmente de recepción del marxismo en América Latina.

En paralelo, se da un proceso de surgimiento de las denominadas ciencias sociales, donde la centralidad de la clase obrera como sujeto político, relega a un segundo plano la cuestión campesina y la cuestión indígena. Juan B. Justo, José Ingenieros y Aníbal Ponce hablan de un socialismo positivo e intentan conjugar los campos disciplinarios de la economía y la biología, poniendo énfasis en la comprensión nacional de la historia y en el rol de las ciencias sociales para la transformación social.

1920, marca los orígenes de una tradición teórica, lúcida, crítica y original, a partir del aporte del peruano José Carlos Mariátegui. Sin pretender abarcar su extensa obra, se puede afirmar que los textos del amauta impulsaron un ajuste de la teoría marxista a la realidad específica de América Latina.

Contra el marxismo positivista

Mariátegui combatió las concepciones unilaterales del desarrollo, polemizando con las concepciones positivistas y economicistas del marxismo que querían instalarse en el pensamiento progresista latinoamericano. No pocos analistas aseguran que Mariátegui encarna la primera expresión de la filosofía de la praxis en América Latina, porque la influencia del historicismo italiano le permitió distanciarse de las corrientes positivistas, euro centrista que comenzaba a pavonearse por Latinoamérica.

Un punto culminante del pensamiento de Mariátegui es cuando, en contraposición a la ortodoxia marxista del momento, habla de la necesaria confluencia entre el movimiento obrero y la población campesina e indígena, señalando las primeras ideas de la articulación entre socialismo e indianismo.

Se refirió a la especificidad de las estructuras económicas en sociedades andinas, profundizando en análisis centrados en lo histórico-concreto de los Estados nacionales de América Latina, contribuyendo a crear una tradición marxista, que buscaba recrearla.

La vida es acción, es combate

Los biógrafos de Mariátegui recuerdan que, en enero de 1918, “asqueado de la política criolla”, se enrumbó resueltamente por el socialismo. La oligarquía de la época reaccionó con expresiones como la de los ‘bolcheviques peruanos’. El amauta nunca rechazó su filiación, aunque se definió como ‘más peruano que bolchevique’.

Trabó amistad con personalidades muy destacadas como Antonio Gramsci, Benedetto Croce, Luigui Pirandello y Máximo Gorki y, con ellos, analizó el proceso social, los cambios de la época, el fracaso de la sociedad imperante, la guerra y las nuevas perspectivas que la historia abría para pueblos y naciones. Con ellos asumió que la vida “más que pensamiento, quiere ser acción, esto es, combate”.

Completado el proceso de asimilación del pensamiento marxista en América Latina, viene un largo proceso de evolución política, de atesoramiento de ideas, de nacimiento de movimientos políticos de inspiración marxista, de grupos guerrilleros, de éxitos y reveses.

Entre los pensadores en temas de historia económica y social de América Latina, se destacan los aportes de Enrique Dussel en torno a una comprensión más profunda de la modernidad y el colonialismo; los desafíos y problemas de la democracia y la democratización de nuestras sociedades, las contribuciones de Marx al desarrollo de las ciencias sociales y las humanidades en la región, los desafíos asociados al feminismo y las luchas ecológicas, entre otros tópicos.

Desafíos

La producción intelectual de Dussel nos remonta a finales de la década de los años setenta y se extiende hasta la actualidad. La filosofía dusseliana debió sortear los complejos debates y cuestionamientos de los años noventa, polemizando con los planteamientos de la ética de la comunicación y la filosofía posmoderna, en donde el pensador argentino-mexicano esgrime un pensamiento riguroso, creativo y vivo.

La historia del pensamiento de José Carlos Mariátegui y de Enrique Dussel, son pues, de cierta manera, la historia del pensamiento marxista en América Latina. Son las dos puntas de la cuerda, desde sus inicios hasta el momento presente.

Las dos tienen que ver con el esfuerzo del marxismo, desde fines del siglo XIX por incorporarse a los círculos obreros, en espacios culturales y educativos de la clase trabajadora, en conferencias, publicaciones periódicas, escuelas de formación política, círculos de lectura y muchas otras expresiones intelectuales, como lo recoge el historiador británico Eric Hobsbawm en su monumental obra Historia del marxismo.

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