Paul Arlantt Mindiola, el atanquero rebelde

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Paul Arlantt Mindiola

El 13 de febrero de 1966 fueron asesinados a manos de miembros del Ejército dos insignes líderes agrarios del Cesar, Paul Arlantt Mindiola y Sergio Martínez. 56 años después, se rescata la trayectoria de una generación revolucionaria, hoy casi olvidada en la historia del Caribe colombiano

Juancarlos Gamboa-Martínez – Ceiba de la Memoria

Hace 56 años en Agustín Codazzi, un 13 de febrero de 1966, luego de ser salvajemente torturados, cayeron asesinados a manos del ejército, dos insignes líderes agrarios del Cesar, infortunadamente hoy casi olvidados: Paul Arlantt Mindiola y Sergio Martínez.

Sobre el segundo, más allá de saberse oriundo de Villanueva, La Guajira, y que hacía parte de una prestante familia de la región, es poco lo que se ha logrado conocer; en tanto que sobre el atanquero Paul Arlantt Mindiola, gracias a algunos datos aportados por sus familiares, se han podido rescatar aspectos interesantes de su trayectoria vital.

Hervidero de ideas revolucionarias

Para el año en que ocurrió este execrable crimen, el Cesar todavía era parte integral del Magdalena Grande y hubo que esperar varios meses, hasta el 21 de diciembre de 1967, para que viera la luz este nuevo departamento. La capital del Cesar, Valledupar, era apenas una pequeña ciudad de no más de 75.000 habitantes, que comenzaba un sostenido desarrollo urbanístico impulsado por la bonanza algodonera, cuyo epicentro se encontraba en Agustín Codazzi, municipio que atravesaba por un período de gran esplendor económico desde que fuera creado en 1958.

No obstante, el peso del régimen hacendatario establecido, dónde los gamonales fungían como alcaldes y gobernadores, Valledupar y Agustín Codazzi se convirtieron en un hervidero de ideas revolucionarias que irrumpieron asociadas a recurrentes movilizaciones agrarias. Fue tal el ambiente de agitación social y política que se vivía que no fueron pocos los miembros de las élites tradicionales que terminaron activamente involucrados en la génesis de distintos proyectos insurgentes.

En ese sentido se puede mencionar al abogado José Manuel Martinez Quiroz, asesinado por la estructura paramilitar denominada Alianza Americana Anticomunista (Triple A), el 28 de septiembre de 1978 en Bogotá, D.C., el mismo día en que salía de la cárcel al haber purgado una condena por sus vínculos con el ELN. También al ingeniero y economista Víctor Medina Morón, asesinado el 22 de marzo de 1968 por su propia gente, en uno de esos demenciales y febriles ajusticiamientos que marcaron el origen del ELN. No se puede olvidar tampoco al abogado Miguel Francisco Pimienta Cotes, importante mando del ELN, que fuera muerto en una operación militar escenificada el 16 de octubre de 1966. Igualmente, al médico y políglota Jaime Velásquez García, muerto en Quito, el 9 de diciembre de 1970 en el contexto de una operación desplegada por el ejército ecuatoriano.

Una evidencia plausible de la circulación y recepción de ideas de izquierda en el norte del Cesar puede hallarse en 1966 en el fugaz y hermético paso por Valledupar de Ernesto “El Che” Guevara, a uno de cuyos encuentros asistió lo má selecto de la intelectualidad progresista de la región. En una reunión realizada en la casa de Armando Ariño, que para la época tenía una próspera fábrica de hielo, “El Che” invitó con solemnidad a que levantaran la mano aquellos que tuvieran la voluntad y disposición de irse al monte a hacer la revolución. Mientras varios levantaron con entusiasmo la mano, cuando le tocó el turno a Armando Ariño, un tanto asustado y fingiendo una intempestiva tos, aseguró que sufría de asma y como una tos en un mal instante los podría delatar, se abstendría de ir, lo cual causó hilaridad entre los asistentes y fue tema de comentarios humorísticos durante mucho tiempo.

El hijo rebelde de Atánquez

Paul Arlantt Mindiola nació en Atánquez el 31 de mayo de 1934. Fue el segundo entre 6 hermanos y 3 hermanas, fruto del matrimonio de Altagracia Mindiola y Gilberto Arlantt Dimas. Sus familiares aún recuerdan que Paul demoró mucho tiempo más de lo usual en caminar y hasta los 7 años hablaba bastante entreverado, inventando palabras como sucedáneo ante las que le resultaban impronunciables y difíciles de repetir.

Fue un hombre de espíritu inquieto y curioso. No tragaba entero y nunca se conformó con las respuestas que naturalizaban la desigualdad social y la situación de empobrecimiento de indígenas y campesinos. Nunca pisó las aulas de una universidad, pero podía sostener con solvencia conversaciones sobre distintos temas. De manera autodidacta y siguiendo el legado de su padre que llegó a ser un prestigioso y respetado Tegua, adquirió profundos conocimientos en farmacopea y medicina natural, campo en el que llegó a descollar por la elaboración de sofisticadas y efectivas fórmulas y la realización exitosa de pequeñas cirugías. Entre su profesión, su pasión por las ideas de cambio y el compartir con su familia, especialmente con su esposa y su hijo, transcurría un día normal en su vida.

Después de haber prestado el servicio militar, Paul definitivamente ya no era el mismo. No sólo en cuanto a su contextura física, pues pese a su estatura mediana ahora se le veía mucho más corpulento y fornido, sino porque exhibía una rebeldía sin pausa ante las injusticias que lo rodeaban, sus críticas frente a las relaciones de servidumbre en el mundo rural, arreciaron. Cada vez se sentía más incómodo con las prácticas cotidianas de endeudamiento usadas por terratenientes y empresarios rurales para eternizar la explotación de los empobrecidos del campo. No obstante provenir de una familia relativamente acomodada que vivía en el marco de la plaza de Atánquez, se sentía más identificado con los pobladores humildes y sencillos de la arribería, donde las tradiciones kankuamas estaban más arraigadas.

A comienzos de 1964, inspirado en los resonantes ecos de la Revolución Cubana, Paul se vincula activamente a uno de esos proyectos revolucionarios muy en boga para esa época. En un breve lapso de dos años este proyecto insurgente, inédito para la región, logró construir un importante entramado social de alianzas y solidaridades que articulaban las demandas de los ninguneados del campo desde Agustín Codazzi, en la Serranía del Perijá, hasta Atánquez en la Sierra Nevada de Santa Marta. Capitalizando el malestar de los trabajadores rurales por las precarias condiciones laborales que tenían en las haciendas algodoneras, el de los indígenas que denunciaban el despojo de sus tierras y culturas a manos de la Misión Capuchina que se había establecido en 1916, el de las familias sin techo que se organizaban para hacerse a una vivienda digna y el de los campesinos sin tierra que adelantaban varios procesos de recuperación de tierras, el proyecto político progresivamente se fue consolidando.

Un destino fatal

A medida que el proyecto continuaba su curso y se avanzaba en la educación, formación y toma de consciencia de la gente del común, los temores del establecimiento se incrementaron, de manera tal que los organismos de seguridad e inteligencia del Estado pusieron con más ahínco sus radares sobre los movimientos y rutinas de sus principales líderes. En ese contexto, un funcionario del Ministerio de Gobierno, Marco Tulio Hernández V., de quien para la época se decía que era un agente encubierto de la CIA, fue trasladado a Valledupar para que se vinculara a la División de Asuntos Indígenas. Amparado en su rol de funcionario indigenista, bien pronto estableció contacto con algunos de los principales líderes, entre ellos Paul, dando muestras de amistad y ganándose su confianza, para posteriormente delatarlos. Fruto de ello se sobrevino una verdadera “cacería de brujas”, especialmente dirigida contra sus liderazgos más reconocidos: Paul, Sergio Martínez y Jaime Velásquez García.

De tal suerte que, en horas de la noche del 11 de marzo de 1966, a la salida del Teatro La Avenida de Valledupar, que para entonces era un importante centro del activismo social y cultural de la ciudad, fue capturado Paul, luego le tocó el turno a Sergio Martínez y en la madrugada del día siguiente a dos hermanos de Paul, Pedro y José Antonio. Entre la noche del 11 y la madrugada del 12 de febrero, en distintos lugares de Valledupar, Agustín Codazzi y La Paz, muchas personas fueron arbitrariamente privadas de la libertad.

Fueron trasladados hacia una base militar que se encontraba en Agustín Codazzi. Durante más de 48 horas Paul y Sergio Martínez fueron sometidos a toda suerte de brutales vejámenes y torturas. Pedro y José Antonio, estando detenidos fue que vinieron a enterarse que su hermano Paul también lo estaba y eso debido a las infidencias de un soldado que los conocía del barrio que les dijo que estaba siendo torturado y que precisamente los gritos que alcanzaban a escucharse eran los de él.

Tal vez como para el ejército ya no les resultaba de importancia su captura, Pedro y José Antonio fueron llevados hasta una base militar situada en La Paz, donde a la postre los dejaron en libertad, no sin antes ser informados por los mismos militares acerca de la ubicación del cadáver de Paul que había sido tirado a un lado de la carretera que comunica a Agustín Codazzi con Valledupar. Tiempo después, en un contexto de persecución asociado a estos hechos, Pedro caía vilmente asesinado por un sicario.

El cuerpo sin vida de Paul fue hallado en Agustín Codazzi, sin ojos, sin uñas y con evidentes señales de haber sido sometido a torturas inenarrables. Sus verdugos, con gran sevicia se ensañaron contra él. Sergio Martínez corrió la misma suerte y su cuerpo fue hallado al poco tiempo en la misma vía. Por su parte, Jaime Velásquez García, para ese entonces vinculado al Hospital Rosario Pumarejo de López, avisado a tiempo y con la ayuda de algunos amigos, logró escapar hacia la capital del país. En retaliación, ya que él era otro de los objetivos, los servicios de inteligencia propalaron falazmente un rumor en el que la condición de agente de la CIA que ostentaba el oscuro funcionario indigenista, le fue endilgada a él, razón por la cual no fueron pocas las personas que llegaron a suponerlo como el traidor de sus compañeros.

La significación memoria de un vencido

Los restos de Paul, junto a los de otros de sus familiares, se hallan depositados en un osario localizado en el Cementerio Central de Valledupar. Allí todavía se alcanza a observar, en una placa metálica desgastada por el paso del tiempo, un breve texto en su memoria que se niega a ser borrada.

Ha transcurrido más de medio siglo desde que se perpetrara este horrible crimen cometido por agentes de Estado. La impunidad ha campeado hasta hoy y es probable que el caso no haya sido conocido por la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición (CEV) y escape a la órbita de la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP).

En la disputa por la memoria de los vencidos hay que restituirle a Paul un lugar adecuado y recordarlo como un hombre honesto e íntegro que vivió intensamente la rebeldía de aquellos convulsionados tiempos, que siempre fue coherente con sus convicciones éticas, aquellas que lo llevaron a emplearse a fondo en la construcción de un mundo mejor y que bien puede ser considerado como uno de los tempranos baluartes de los procesos organizativos indígenas y campesinos de la Sierra Nevada de Santa Marta.

Nota: El autor desea agradecer a Beethoven Arlantt Ariza por la valiosa información suministrada para la construcción de esta semblanza biográfica y a Catalina Cabrales Durán por los datos aportados y su complicidad en estas inmersiones en la memoria histórica de la región.