Para entender el berenjenal en el estrecho de Taiwán

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La isla de Taiwán se encuentra a 120 kilómetros de la provincia de Fujian en la China continental. Foto Dreamstime

Las recientes tensiones geopolíticas en Asia Oriental no son un problema meramente coyuntural. Taiwán y la reunificación de China son problemas enraizados en la convulsa historia contemporánea del gigante asiático. ¿Cuál es la historia?

Alejandro Cifuentes

Las tensiones que hoy se entretejen en torno a Taiwán tienen una relación directa con el momento que estamos viviendo, marcado el debilitamiento de la posición hegemónica de los Estados Unidos, y la subsecuente campaña para evitar el desarrollo de un orden mundial multipolar. Incapaces de pensar más allá de la acumulación, los ideólogos capitalistas buscan encarar la crisis desatando la guerra, justo como lo hicieron las potencias occidentales a lo largo del siglo XX.

Y para justificar la incendiaria política exterior, se ha desatado a nivel global una campaña propagandística donde todo aquel que desafíe a los Estados Unidos y sus aliados regionales, se constituye en poder malévolo que amenaza los valores occidentales.

Por eso es necesario comprender que el escenario geopolítico no es un problema meramente coyuntural, sino que se ha constituido a lo largo de los años en medio de procesos sociales que le han dado forma. Taiwán y la reunificación de China es así, un problema enraizado en la convulsa historia contemporánea del gigante asiático.

China ante el imperialismo

Como bien lo señaló Mao Zedong, la historia moderna de China es, en buena medida, la historia de la devastación del país por la injerencia extranjera. En el transcurso del siglo XIX, el otrora gran imperio y centro del comercio mundial, fue objeto de la rapiña de las potencias imperialistas, sometiéndolo a un estatus de semi-colonia.

Aunque los europeos venían operando ya en ciertas regiones chinas desde el siglo XVI, en 1840 comenzó un periodo de fuerte intervencionismo, cuando Gran Bretaña, la primera potencia industrial, obligó a los chinos a abrir su mercado al nefasto comercio de estupefacientes. Luego de que las autoridades chinas prohibieran el consumo de opio en 1829, la Compañía Británica de las Indias Orientales acudió a su reina para que obligara a golpe de cañón al gobierno chino a revocar su medida.

Desde entonces la presencia extranjera fue en aumento. Las potencias capitalistas querían sacar el máximo provecho que el gran mercado chino representaba, y poco a poco fueron ocupando zonas del litoral. Alemania, Francia, Inglaterra, Rusia y Japón fueron tomando partes del territorio chino, estableciendo colonias.

Tras la Primera Guerra Mundial, los japoneses aprovecharon la debilidad de las tradicionales potencias europeas para hacerse con el control del norte de China. Y a la disputa entraron los Estados Unidos, que también veían Asia-Pacífico como una zona natural para su expansión. Sin embargo, el triunfo de la revolución y la fundación de la República Popular China en 1949 puso fin a esta situación.

La guerra civil

Mao afirmaba también que la historia china reciente era también la historia de la lucha popular contra el imperialismo. Parte de la crisis china se explicaba en la descomposición de la autocracia terrateniente. En 1911, una revolución liderada por el doctor Sun Yat-Sen declaró la República China, poniendo fin a la última dinastía imperial. Además, en el marco de la revolución, se formó el Kuomintang, partido nacionalista que lideraría la República.

Sin embargo, el orden republicano no logró imponerse en todo el país. Los remanentes de las fuerzas feudales ganaron autonomía y se convirtieron en señores de la guerra con control efectivo sobre partes del territorio.

Mientras tanto, las ideas radicales iban ganando fuerza entre la juventud china que buscaba una renovación del país y una salida a la crisis que lo asolaba. En 1921, un núcleo de intelectuales liderado por Li Dazhao y Chen Duxiu, formaron el Partido Comunista de China, PCCh. Ese mismo año la Internacional Comunista realizó su tercer congreso, donde llamó la atención sobre la situación de los países coloniales, haciendo especial énfasis en China.

Por eso no extraña que Sun Yat-Sen tuviera acercamientos a Moscú, solicitando su ayuda para consolidar el régimen republicano. Dada esta situación los nacionalistas y los comunistas, formaron un frente unido en la lucha contra los señores de la guerra.

Pero la alianza se desmoronó en 1927. Tras la muerte de Sun Yat-Sen el Kuomintang quedó en manos del conservador y tradicionalista Chiang Kai-Shek, quien desató una feroz persecución contra los comunistas. Estos organizaron el Ejército de Liberación Popular y establecieron una república soviética en Jiangxi, iniciándose una confrontación que solo terminaría en 1949.

La guerra facilitó al Japón su invasión del norte de China. El Kuomintang aceptó la creación de un nuevo frente unido con los comunistas para luchar contra el invasor. Aunque en la práctica, fue la estructura militar del PCCh la que llevó el peso de la guerra, pues los comunistas estaban decididamente por la lucha de liberación nacional que llevara a la derrota del agresor imperialista y a la victoria total de las fuerzas campesinas y proletarias.

En 1945 Japón fue derrotado, tras lo cual se reactivó la confrontación entre nacionalistas y comunistas. El fin de la II Guerra cambió el escenario internacional: la URSS, gran vencedora de la lucha contra el fascismo, consolidó su posición internacional; a su vez, los Estados Unidos aparecieron como la nueva gran potencia capitalista, y se fijaron como objetivo la derrota del comunismo. Dado este nuevo escenario de tensiones geopolíticas, el conflicto en China resultó central.

Los estadounidenses apoyaron decididamente al Kuomitang, movilizando recursos y asistencia militar. Sin embargo, el empuje del Ejército Popular de Liberación logró desplazar a Chiang Kai-Shek, quien, derrotado en 1949, tuvo que retirarse a la isla de Taiwán.

El problema de una sola China

La isla de Taiwán, ubicada a unos 120 kilómetros al frente a las costas de China continental, fue dominada por los japoneses desde 1895, y estos se dedicaron a saquear sus recursos para alimentar su propio desarrollo industrial. Tras la derrota japonesa en 1945, los Estados Unidos apoyaron al Kuomintang para que se asegurara el control de la isla. Así, cuando Chiang Kai-Shek fue derrotado en territorio continental, Taiwán se había convertido en un bastión seguro, y todo ello gracias a la campaña de represión contra la población de la isla iniciada en mayo de 1949, y a la presencia de la armada estadounidense, que se desplazó a la zona en 1950.

Desde ese año, Chiang Kai-Shek se declaró presidente de la República de China, iniciando una cruenta dictadura que solo terminaría con su muerte en 1975. La autoridad del dictador sobre la isla fue reconocida desde un principio por el presidente norteamericano Harry Truman. Así, los Estados Unidos y muchos de sus aliados reconocieron a la República de China, con sede en Taiwán, como el gobierno legítimo de China, con asiento en la ONU, hasta 1971, cuando las Naciones Unidas aceptaron a la República Popular China como el único representante legítimo de China.

Pero Taiwán no era el único problema territorial chino. Luego de la victoria revolucionaria, Hong Kong y Macao se mantuvieron como enclaves británico y portugués respectivamente. La República Popular comenzó a abogar por la reunificación china, planteando el principio de “una sola China”. Para lograr el objetivo de forma pacífica, Deng Xiaoping propuso la idea de “un país, dos sistemas”.

Ello implica la aceptación del gobierno de la República Popular China en todos los territorios del país, y en contrapartida se acepta la convivencia de dos sistemas económicos distintos dentro del Estado reunificado. Así se logró la reintegración de las posesiones europeas en la década de 1990. Hoy Xi Jinping afirma que la solución del problema de Taiwán se debe lograr por el mismo principio.