Palabra itinerante: Palabras

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Jaime Cedano Roldán

Pedía Mario Benedetti que no nos cambiaran las palabras, que no les quitaran el significado, que no las ensuciaran. Y parece que el poema hubiera sido escrito para el presidente colombiano Juan Manuel Santos, quien tiene una muy especial versión de los que son las palabras, diálogos, acuerdos, negociaciones y pactos, y ésta, su particular visión de estas palabras, las viene ejercitando en las negociaciones de La Habana y más recientemente en el pomposo y rimbombante “Pacto Agrario”.

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Tal parece que el presidente colombiano no ha querido, o no ha podido, asimilar que en La Habana hay una negociación y no una rendición. De ahí las propuestas unilaterales, las exigencias, los plazos. Igual ha pasado con el publicitado pacto agrario. Todos llegamos a pensar que tras las masivas protestas campesinas y la impresionante solidaridad urbana el tal Pacto Agrario iba a ser una especie de constituyente agraria. Que democráticamente gobierno, empresarios del agro, jornaleros y productores pequeños, medianos y grandes empresarios se sentarían a discutir las líneas del desarrollo agrario del país.

Pero como ya ha sido reseñado en las redes sociales en la mentada reunión solo habían corbatas, elegantes trajes y ni una sola ruana. Un nuevo chicorazo es lo que se viene. Es hasta entendible, o explicable la actitud del presidente Juan Manuel. Viene él de una rancia y aristocrática familia. Su apellido se pierde en los laberintos eternos del poder. Desde esas familias aristocráticas que enarbolaron las banderas de la independencia sus herederos se quedaron en el cipayismo y olvidaron el ideario bolivariano.

Por eso le es difícil sentarse de tú a tú con la plebe, con la masa irredenta, con los pobres de la tierra, con los insurrectos. Aquí radica una de las grandes dificultades del proceso de La Habana y se explica la actitud ante las protestas campesinas o sindicales o estudiantiles. Asume el papel del aristócrata generoso y duro.

O el que amenaza. Es el gobierno quien define, a pesar de la agenda aprobada, cuales han de ser los ritmos de la negociación, pone fechas, límites para firmar acuerdos, decide qué se discute y qué no se puede y ante el viaje de los partidos a La Habana es el quien decide cuándo es oportuno y conveniente que se realice. Para poder avanzar en los diálogos de paz, para diseñar una eficiente política agraria, para diseñar el estatuto de la oposición, para poder construir lo que ahora llaman el país del pos conflicto y para en definitiva airear la democracia se requiere dejar a un lado el cesarismo presidencial y ensayar un escenario donde gobernantes y gobernados puedan llegar a acuerdos políticos y sociales, que se escuche a todos y a todas. De lo contrario, como diría Benedetti, todo sería solo una soberana porquería.