¿Lula o Bolsonaro?

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Foto Juan Sebastián Zapata

En unas elecciones fuertemente polarizadas, ninguno de los candidatos logró convencer a más de la mitad de los electores. Lula y Bolsonaro tendrán que volver a las urnas el próximo 30 de octubre

Andrea Lozano Bohórquez

Entre las fakenews que inundaron las redes sociales durante la campaña y acapararon muchas veces la opinión pública, debates con más ataques que propuestas, los brasileros hablaron en las urnas y decidieron, una vez más, que las riendas del país estén entre Jair Bolsonaro y el candidato del Partido de los Trabajadores.

Luiz Inácio Lula da Silva, quien tras la anulación del proceso por corrupción en su contra entró de nuevo en la contienda, reafirmó el gran carisma con el que cuenta en un país que hoy pasa hambre y que ha visto un retroceso en algunos de sus derechos básicos, mientras aún se discute sobre la gestión de la pandemia.

Lo cierto es que Brasil ya sabe, por experiencia, qué esperar de las dos posibles caras de la moneda. Ante la inexistencia de la tercera vía que tantos esperaban, el país se debate entre dos viejos conocidos de la política nacional que representan visiones totalmente contrarias.

Con Lula están las mujeres, las clases populares, gran parte de los artistas y miles de ciudadanos que salieron a defender la democracia y sus instituciones, tan duramente golpeadas durante el gobierno de Jair Bolsonaro. Lula representa no solo el rojo de su partido, sino el multicolor de la población negra, de la comunidad LGBTQI+, de los pueblos indígenas, del medioambiente y de todos aquellos que no se veían representados en un gobierno que los minorizaba, los acallaba, y los ofendía.

Bolsonaro por su parte representa los intereses de tres sectores principales: los evangélicos-pentecostales con su agenda conservadora y la defensa de la familia tradicional; las fuerzas armadas y quienes abogan por la liberación de armas; y el sector agroindustrial, en su mayoría latifundistas, relacionados con el uso de agrotóxicos y la depredación del Amazonas.

Estos sectores políticos, que junto al sentimiento anti-PT, fueron los que llevaron a Bolsonaro a ser electo como presidente de la República con más de 58 millones de votos en las elecciones de 2018, incentivaron en esta oportunidad a una exacerbación de la violencia política, algo sin precedentes en Brasil.

Si quisiéramos ver esos datos en un gráfico, solo tendríamos que ver el mapa electoral de esta primera vuelta. Lula ganó en 14 Estados, con un 48,43% incluyendo todo el nordeste y la mayoría del norte, zonas más empobrecidas y con mayor presencia de poblaciones racializadas. Por su parte, Bolsonaro salió victorioso en el Distrito Federal y en 12 Estados del sur, centro-oeste y la mayoría del sudeste, zonas más ricas y con mayor vocación agroindustrial, con el 43,20% de los votos.

Luiz Inácio Lula da Silva en campaña. Foto Juan Sebastián Zapata

La sorpresa en estos comicios fue que el candidato de extrema-derecha logró sacar más puntos de ventaja de los que reflejaban las encuestas, lo que se explica en parte por el “voto oculto”, un fenómeno donde por temor o vergüenza, las personas optan por mentir en público sobre su real intención de voto.

Nada está escrito y la tarea ahora es intentar atraer a los indecisos y convencer a los electores de Ciro Gómez –centroizquieda del Partido Democrático Laborista y exaliado de Lula–, que obtuvo 3,04% de la votación y a los de Simone Tebet del Movimiento Social Brasileño de centroderecha, con un 4,16% de votos, quienes se estarían debatiendo entre lo que consideran un “mal menor”, o caricaturizando un poco, entre el “antidemócrata” y el “corrupto”. El gran desafío para Lula, será entonces, convencer a aquellos que aún le miran con recelo después del impacto mediático del lawfare en su contra.

La incertidumbre continua y la tensión se prolongará un mes más, pero de confirmarse las encuestas, Luis Ignacio Lula da Silva y Geraldo Alckmin estarán al frente del ejecutivo.