Las guerras de Medellín (II): Los campaneros del microtráfico

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Según la fuerza pública y ONGs que desarrollan trabajo en estas comunidades, los niños campaneros pasan el día jugando pero están alerta para advertir a sus jefes sobre la presencia de extraños. Foto Juan Carlos Hurtado Fonseca.

Tráfico de estupefacientes a pequeña escala; desempleo; ausencia de programas educativos, de inversión social y de recreación; corrupción policial y paramilitarismo; son algunos factores que generan uno de los mayores problemas de violencia en la capital antioqueña

Según la fuerza pública y ONGs que desarrollan trabajo en estas comunidades, los niños campaneros pasan el día jugando pero están alerta para advertir a sus jefes sobre la presencia de extraños. Foto Juan Carlos Hurtado Fonseca.
Según la fuerza pública y ONGs que desarrollan trabajo en estas comunidades, los niños campaneros pasan el día jugando pero están alerta para advertir a sus jefes sobre la presencia de extraños. Foto Juan Carlos Hurtado Fonseca.

Juan Carlos Hurtado Fonseca

Para un transeúnte que de manera desprevenida camine por los barrios populares de Medellín, ver niños jugando microfútbol, a la lleva, ponchados o montando bicicleta, hace parte del paisaje urbano de cualquier ciudad tropical.

Lo trágico es saber que muchos de ellos están sirviendo de centinelas o campaneros de los combos que se disputan el control del microtráfico de estupefacientes. Y que varios de sus gritos y acciones corporales son señas para dar aviso a sus jefes de la presencia de desconocidos, la fuerza pública o integrantes de otras bandas que han cruzado las fronteras invisibles.

Las pequeñas guerras que libran los combos han creado unas fronteras imaginarias llamadas invisibles o de riesgo, que encierran y limitan la movilidad de jóvenes y niños en sus espacios barriales. Muchos optan por no salir del barrio, el sector o la cuadra, e integrarse a las bandas como opción de defensa ante agresiones de otros combos y como posibilidad de adquirir dinero.

Además, si un infante está de campanero o centinela en la noche o toda una tarde, es lógico que no pueda ir a estudiar. “Eso aumenta la deserción escolar; pues en los dos últimos años ha habido cinco mil jóvenes que desertaron de su estudio en la capital antioqueña”, asegura Juan Aristizábal, integrante de la Mesa de Derechos Humanos del Valle de Aburrá.

Fronteras de riesgo

Aunque es complejo establecer, algunas ONG aseguran que hay alrededor de 10 mil niños y 15 mil jóvenes integrando los combos. Muchas de estas organizaciones reductos de los paramilitares, son producto de jóvenes cooptados para participar en la falsa reinserción paramilitar del gobierno de Álvaro Uribe. Los engañaron asegurándoles que obtendrían beneficios. Actualmente son mercenarios de la guerra dispuestos al mejor postor.

Se dedican al microtráfico o comercio de marihuana y alcaloides, a baja escala o de manera individualizada. Al ser Medellín una metrópoli de alto consumo, el negocio es grande y los conflictos entre distribuidores por el control del mercado son cada vez más violentos. Se dice que se puede vender dos millones de pesos por mes en cada sector y existen alrededor de cuatro mil sectores. Eso sumado al negocio de las extorsiones a pequeños comerciantes y empresarios de transporte urbano, genera dinero constante para comprar armas.

“Muchas veces, la falta de dinero en el seno de sus hogares, la ausencia de oportunidades educativas y recreativas, empujan a los niños a integrar los combos con la complicidad de sus padres”, dice Juan Aristizabal, quien con su organización desarrolla programas artísticos y culturales en varios de estos barrios.

Pero también hay factores socioculturales que hacen que pertenecer a estas bandas sea atractivo. “Muchos niños ven el poder que da portar un arma, dinero o una moto. Esto genera un reclutamiento no forzado”.

“Estos grupos aunque tienen fisionomía de autodefensas o paramilitares, de proteger su territorio de otros combos: barrios, cuadras, sectores; no son autodefensas. También pelean por la monopolización del comercio, del tráfico y extorsión en un territorio, o sea las finanzas ilegales de un sector. Entonces, los combos quieren apoderarse de esto. Cada sector se arma y se defiende de otros. Obviamente son rezagos de los paramilitares”, explica Juan Aristizabal.

Las peleas entre grupos de paramilitares y narcotraficantes han sido un factor que acrecienta los enfrentamientos en los barrios. Los Urabeños han querido apoderarse de todo Medellín y se dice que para lograrlo hicieron alianzas con alias Sebastián. Los de Valenciano no querían perder sus territorios y se empezaron a defender.

“Ahí es cuando los jóvenes y los niños se ven inmiscuidos en el conflicto, ya que la violencia los afecta directamente y por cruzar las denominadas fronteras de riesgo. Esto genera temor, cuando se ven amenazados, intimidados, atacados por otros combos lo que hacen es vincularse a estos grupos para sentirse protegidos. Ahí podríamos estar hablando de algo que no es forzado. Pero también se ve el reclutamiento forzado cuando el joven se ve obligado a empezar a parchar con ellos, a ayudarles, a avisarles cuando viene la Policía u otro combo”, manifiesta Juan Aristizabal para exponer otros motivos por los que se accede a estos grupos.

Carrera delincuencial

El microtráfico ha permeado tanto a la sociedad -que por dinero o protección del barrio-, las madres de los niños permiten que sus hijos hagan parte de estas bandas. El conflicto reduce los espacios por los que se puede transitar sin trasgredir las fronteras, “Ellos de por sí empiezan a estar en un territorio muy reducido porque no pueden casi salir a otros barrios; las madres no quieren que salgan. Estos jóvenes o niños han tenido procesos defendiendo el barrio, la gente tiene aceptación con esto y así también van adquiriendo finanzas. Si van y le cobran la vacuna al combo van a ganar algo de plata. Las madres lo que hacen es dejar que los jóvenes hagan parte de esto, puede que sepan, puede que no sepan, de todas formas cuando la familia necesita dinero y el niño está ganándolo, pues qué más se va a hacer”.

Inicialmente los niños se acercan a la estructura y empiezan a ser “campaneros” o quienes avisan la presencia de personas extrañas en el barrio. Luego pasan a ser “carritos”, encargados de llevar y traer pequeños paquetes. Después pasan a ser “expendedores”, o a distribuir y vender la droga. Las organizaciones se aprovechan de ellos porque por su edad, si son capturados no tienen procesos de judicialización.
“Después hacen trabajos más grandes como redadas, cobro de vacunas en los comercios. Luego ya hacen parte más activa del combo, líderes; viene la moto, el arma, las mujeres lindas, y toman eso como referencia de vida”, anota Juan.

Complacencia oficial

Hay denuncias sobre una alta connivencia entre narcotráfico, microtráfico, combos y Policía. “Se han dado operaciones de la fuerza pública como la Mariscal o la Orión que han atacado a todo lo que haya inmerso en el combo y no se puede olvidar que éstos subyacen dentro de lo que es una cuadra, una comunidad. Entonces, por ejemplo van a capturar un delincuente y la comunidad lo protege. No hay aceptación, no hay credibilidad hacia la Policía, por el contario, esta institución tiene un gran desprestigio”, anota Juan Aristizábal.

“Son varios problemas: los vecinos son sus enemigos; en el colegio están sus enemigos; hay matoneo; no tienen ingresos económicos porque sus padres no tienen empleo; están intimidados ante lo cual solo el combo los defiende; están inmersos en drogas y ahí tiene sus dosis. La solución no es con mano dura. En Medellín se habla de inversión social y son puras obras sin proceso ni ellos se ven beneficiados. Se requiere empleo; estudio; propuestas académicas; estudiantiles; artísticas. Es decir, la prevención al reclutamiento se da con la vinculación en otras acciones”, concluye sobre las posibles soluciones al problema, Juan Aristizábal, de la Mesa de Derechos Humanos del Valle de Aburrá.