El agua y la tierra son elementos naturales esenciales para la subsistencia de las comunidades que históricamente han habitado alrededor de los ríos, ciénagas, caños y quebradas. Una historia de pescadoras artesanales
Ana Milena Velandia Camacho
@miilecam
Yuvelis Natalia Morales Blanco y Yuli Andrea Velásquez Briceño son activistas ambientales, cuidadoras del agua y la biodiversidad del río Magdalena. Dos mujeres descendientes de pescadores artesanales, herederas de saberes ancestrales y naturales de sus familias. Para ellas, en sus palabras, el agua lo es todo, pues les permite conservar la conexión entre lo que son, su historia y su legado.
“El agua, el río mismo, es un pilar fundamental para nuestra vida, compone nuestro ser y hace parte de la cultura ribereña, es, por mucho, lo que nos permite ser nosotras, hijas del río, guardianas de historias y cuidadoras de la vida. Pero las empresas ven toda esta agua y la toman sin permiso, hacen de la vida un bien comercial e intentan desnaturalizar la conexión ancestral entre los pescadores y las aguas de ríos y ciénagas”, manifiesta Yuvelis.
La región del Magdalena Medio es un territorio en el que la economía gira alrededor de la explotación intensiva de la naturaleza, pues esta se convierte en un bien o recurso en el que los extractivismos pasan a ser un modelo económico basado en la depredación masiva de los ecosistemas, generalmente destinados a la exportación, con enfoque en la utilización intensiva de materias primas como minerales, petróleo, gas, madera, agua y carbón.
La disputa por el elemento común: el agua
La imposición de este modelo ha ocasionado que el tejido social y cultural se degrade y que el agua sea un elemento en disputa. “Nosotras empezamos a ver que las empresas se acercan a nuestras orillas, quieren sus pozos y sus minas cerca al agua, y entonces me pregunto en medio de un escenario tan complejo como el que el extractivismo fósil, minero y forestal, estén desplazando y exterminando la naturaleza, la cultura y a las comunidades.
»¿Hasta cuándo el velo del ‘desarrollo’ ocultará la perversidad detrás de cada proyecto extractivos? Yo creo que hay que dar esa discusión, porque, al final, se ha dejado de hablar de lo fundamental, de la vida en medio de tanto asesinato”, comenta Yuvelis.
Es, precisamente, el desplazamiento de las comunidades uno de los impactos socioambientales del extractivismo, que se suma a la degradación continua de la naturaleza, en especial del agua. “Las ciénegas, los ríos y los caños se conectan, eso es como unas arterias que se conectan todas y la una tiene que ver con la otra. La construcción de nuevas plantas o estaciones petroleras en las orillas de estas arterias de agua, ha generado la contaminación de nuestra fuente de subsistencia: el agua”, manifiesta Yuli Velásquez.
Esta contaminación altera el flujo del sistema íctico, desplaza la fauna de sus corredores biológicos y pone en peligro especies nativas. En el caso particular de Barrancabermeja, la industria petrolera ha dejado una estela de impactos ambientales, derivados de malas prácticas de disposición de aguas residuales que utilizan en sus procesos petroquímicos.
“Todos esos residuos tóxicos descargan en la ciénaga Miramar, pasa a caño Rosario y este los descarga al caño San Silvestre. Este último conecta con la ciénega de El Llanito, río Sogamoso y río Magdalena. Todo lo que sale por caño Rosario, en últimas, llega a todas las fuentes hídricas, aguas abajo.
»Esto afecta también la pesca porque ese es el corredor por donde nosotros llegamos a la ciénaga El Llanito o al río Sogamoso, al río Magdalena, a realizar nuestras faenas”, comenta Yuli Velásquez.

El impacto diferenciado del extractivismo
La constitución del modelo extractivista ha transformado las concepciones del ser mujer. Las relaciones sociales tienden a ser vistas desde otras formas e interpretadas como “servicio”. “La industria de hidrocarburos en la región tiende a un desbalance laboral, en el que las mujeres vemos la presencia masiva de foráneos que trabajan en la empresa, hombres contratistas, y una presencia marcada de activos de la fuerza pública.
»Todo esto encierra la realidad masculinizada delante y detrás del petróleo, en el que las mujeres de las comunidades terminan ejerciendo ‘servidumbres’, son víctimas de trata e hipersexualización de parte de hombres que llegan y se van con cada locación”, manifiesta Yuvelis Morales.
De acuerdo con esta masculinización de ciertas labores y oficios, el extractivismo se ha valido para perpetuar la desigualdad. Las mujeres en la pesca artesanal cumplen unos roles importantes para los diferentes eslabones de esta actividad.
La imposición de estas industrias trae consigo misma la reconfiguración de las relaciones sociales, manteniendo un estereotipo heredado de la misma mercantilización de los recursos naturales. “Entonces aparecen las insinuaciones, los comentarios ‘mujer usted porque pesca, mejor salgamos’ o ‘mujer que hace usted oliendo ahí a pescado’”, manifiesta Yuli Velásquez.
Tanto Yuvelis Morales como Yuli Velásquez han emprendido a lo largo de sus vidas, el ejercicio de reivindicar lo propio, lo común: el agua.
Yuvelis lo hace desde su activismo ambiental y defensa del territorio en Puerto Wilches, Santander, un espacio geográfico marcado por el modelo de economía extractivista, derivado del monocultivo de palma de aceite y la explotación de hidrocarburos. Y en el que hoy sigue latente la realidad de ser el primer lugar donde se realizaron los pilotos de fracking, una técnica de extracción que consiste en perforar y fracturar pozos horizontales en el subsuelo e inyectar, a alta presión, una mezcla de agua, arena y productos químicos.
Yuli, por su parte, lo realiza desde la defensa de la pesca artesanal y la subsistencia de los pescadores y pescadoras, a través del monitoreo constante de las afectaciones que los pescadores artesanales han divisado en el desarrollo de sus faenas de pesca.