La estela de un comunista

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Gilberto Vieira interviene en acto de homenaje a Lenin. Foto archivo

Las ideas de Gilberto Vieira White, histórico secretario general del Partido Comunista, siguen vigentes en las fuerzas revolucionarias de Colombia. Durante toda su vida luchó por la emancipación de la clase obrera

Jefferson Corredor Uyaban (Jepes)

Nada más alejado de la imagen de un caudillo populista que la tranquilidad, amabilidad y discreción del que fue por 47 años el Secretario General del Partido Comunista Colombiano, Gilberto Vieira White, quien históricamente ha sido el dirigente clásico de la izquierda marxista en Colombia.

Murió a causa de un infarto un viernes 25 de febrero del año 2000, convencido de que en la ideología que conoció se encuentra el porvenir de la humanidad. Manifiesto que ratificó desde inicios de la década de los noventa, después de la caída del Muro de Berlín, cuando reafirmó su condición: “Comunista soy, me voy a morir comunista y el socialismo es el futuro del mundo”.

Esta declaración de principios no puede tomarse a la ligera. Es una muestra de su compromiso político e ideológico en un contexto marcado por el debilitamiento de la izquierda tradicional, ocasionado por el asedio imperialista durante la Guerra Fría, el desencanto de la derrota y el avance de la presión ideológica neoliberal en Latinoamérica. Razón por la que la historia de las ideas socialistas en Colombia está ligada indisolublemente a su nombre.

Su ortodoxia revolucionaria

Desde su adolescencia fue militante de la causa del proletariado. Inspirado en los rayos de la Revolución Rusa de 1917 ingresó al PCC en 1930. Desde un inicio se forjó en las luchas sindicales, destacándose como dirigente en la Central de Trabajadores Colombianos, CTG, pero también lideró diversas reivindicaciones campesinas en Viotá, Cundinamarca.

Es debido a su trayectoria que Vieira fue escogido como Secretario General en el V Congreso del PCC en 1947, evento que fue realizado en la ciudad de Bucaramanga, en medio de la persecución, hostigamientos, asesinatos y masacres perpetradas por parte de la burguesía nacional en contra de todas las expresiones políticas que hicieron frente al proyecto de nación impuesto por el partido conservador.

Un año después de asumir su responsabilidad se desencadenaron los acontecimientos del 9 de abril de 1948. Tras el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, a lo largo y ancho del país se llevaron a cabo diferentes levantamientos, sin embargo, todos fracasaron.

Ante este hecho y su desenlace llegó a la siguiente conclusión: “La primera y mayor enseñanza de los acontecimientos de abril es que el proletariado y el pueblo, por más grandes que sean sus energías revolucionarias, no podrán triunfar sin organización y sin un fuerte Partido Comunista experto y disciplinado, a la cabeza”. Lograr este cometido se convirtió en su principal objetivo a lo largo de su vida, pero también lo fue el consolidar la unidad entre las izquierdas en Colombia.

Más allá de la lucha armada

Su labor como secretario fue compleja y en ocasiones clandestina, durante la década del cincuenta el Partido entró en una etapa de semiclandestinidad, debido a la embestida violenta del gobierno, que tampoco habría de terminar con el golpe de Estado de Gustavo Rojas Pinilla (1953.1957), incluso bajo su mandato intentó realizar en contra de Vieira un consejo de guerra, declarando además ilegal al PCC.

Es también en este contexto en el que surge la lucha armada y se elabora al interior de la organización la orientación táctica que llamaron la combinación acertada de todas las formas de lucha de masas.

Esta construcción teórica era la aplicación de uno de los principios leninistas a la realidad colombiana. En palabras sencillas se refería a la combinación táctica y estratégica en la que no se excluye ninguna forma de lucha, sino que se trata de combinarlas todas adecuadamente.

En la década del sesenta cuando se presentó el debate al interior del Movimiento Comunista Internacional con la tendencia maoísta sobre cuál debería ser la vía para tomar el poder, si la pacífica o la armada, Vieira argumentó que, “reivindicamos como justa la lucha armada y estamos también en la vía que ustedes llaman pacífica, estamos en la acción de masas y tenemos aliados en el parlamento y aspiramos a acabar con el sistema paritario para tener plenos derechos políticos. Así entendíamos y entendemos la combinación de todas las formas de lucha”.

Forjador de la unidad

Él pensaba que la lucha armada era una creación del campesinado para defenderse de la violencia estatal, sin embargo, su trabajo fundamental consistió en orientar y fortalecer la lucha legal a través de los sindicatos y los cargos de elección popular.

Por eso constantemente en sus disertaciones públicas hizo énfasis sobre la importancia de lograr la unidad de la clase obrera, de tal forma que este se convirtió en el eje central del accionar del PCC durante el X Congreso, en el que se reconoció en líneas generales que la lucha por la unidad de acción del proletariado seguía siendo justa.

Vieira comprendió que debía orientar y fortalecer las tendencias unitarias tanto al interior, como al exterior del movimiento revolucionario colombiano, que ante la presión del militarismo creían en su mayoría sobre la necesidad de consolidar la unidad como la única salida y defensa ante la persecución y los crímenes políticos.

Por ello con la apertura legal contenida en la Reforma Constitucional de 1968 y el impulso decidido del Partido se establecieron las bases para trabajar tanto teórica como empíricamente en la búsqueda de la alianza entre el movimiento obrero, campesino, estudiantil y demás sectores de trabajadores no organizados.

De este esfuerzo surgió en 1972 la Unión Nacional de Oposición (UNO), como un movimiento político-electoral de articulación de sectores de izquierda y progresistas que compartían un plan con un contenido decididamente antiimperialista y democrático, luego en 1985 se consolidaría la Unión Patriótica; ambas víctimas de un genocidio político continuado y extendido cuyo responsable es el Estado colombiano.

El muro que nunca cayó

A la edad de 80 años y luego de dedicar la mitad de su vida a la Secretaria General, Gilberto Vieira White anunció que su periodo concluía en el XVI Congreso que se celebraría el 4 de agosto de 1991, a su lado se encontraban los también históricos miembros del Comité Ejecutivo Central: Álvaro Vásquez del Real y Manuel Cepeda Vargas. Delante suyo la tradicional bandera roja con el martillo y la hoz. Y detrás un afiche con los rostros de Teófilo Forero, José Antequera, Bernardo Jaramillo y Jacobo Arenas.

De esta manera se hizo a un lado para dar paso a las nuevas generaciones, no obstante, su responsabilidad militante siguió en pie. Razón tenía García Márquez en llamarlo el muro que nunca cayó, porque ni en las más duras controversias políticas abandonó sus convicciones, caracterizándose por siempre buscar una salida democrática al conflicto armado, motivo que lo llevó a cumplir un papel destacado en los diálogos con las guerrillas adelantados por los gobiernos de Belisario Betancourt, Virgilio Barco y César Gaviria.

Actualmente la lectura de sus obras y su ejemplo constituyen un elemento de gran utilidad para todos los militantes que anhelan cambios profundos en el país. Su trayectoria aporta lecciones para todos los que en este momento se encuentran en la brega revolucionaria.

22 años después de su fallecimiento, Vieira sigue representando lo que significa ser un comunista ejemplar, su existencia resume el paso de las ideas revolucionarias por Colombia. Su historia es la historia del Partido Comunista Colombiano y de las luchas por la emancipación de la clase obrera, por eso creyó hasta el momento del infarto fulminante que se lo llevó que el comunismo era, como dijo su amigo Pablo Neruda, el “camino hacia mañana”.