Del cinismo y odio, al cambio de lo que se considera posible

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Encuentro entre el expresidente Álvaro Uribe y el presidente electo Gustavo Petro

Julián González

Suele celebrarse, dentro de los partidarios de la izquierda, como el triunfo finalmente alcanzado luego de múltiples esfuerzos de activismo político, esos momentos de efervescencia popular, de espontánea adhesión multitudinaria, ese momento en que se moviliza -imparable- un sujeto colectivo reclamando masivamente en contra de los agravios. Protestas, manifestaciones, estallidos sociales, parecen encarnar, en el ideario de izquierdas, el último bastión de la lucha social.

Sin embargo, aunque es innegable el papel constitutivo de este quiebre para una posible transformación, habría que preguntarnos si no es, precisamente, el proceso inmediatamente posterior, con todas sus dificultades prácticas, obstáculos específicos y medidas políticas concretas (a menudo impopulares), las que constituyen la auténtica transformación de la sustancia vital por la que abogan en realidad los partidarios de izquierda.

Esto divide, en muchos casos, afectos por, por ejemplo, el Che y Castro, o, incluso, Lenin y Stalin. Aunque los primeros abrieron la posibilidad real de la revolución con su empuje movilizador, fueron los últimos los que realmente se responsabilizaron por lo que había que hacer. Incluso, se podría decir que lo que tienen en común un auténtico partidario de izquierda y un conservador político es el hecho de que ambos rechazan lo que sería posible denominar «la irresponsabilidad» liberal (abogar por grandes proyectos de solidaridad, libertad, etc., pero evadirse cuando hay que pagar el precio por ellos en la forma de medidas políticas concretas y a menudo complejas y polémicas).

Sin duda, el logro histórico alcanzado con la elección de Gustavo Petro como presidente de Colombia no se puede más que aplaudir, sin embargo, el verdadero reto comienza ahora. Las élites políticas y económicas, como han demostrado a lo largo de la historia del país, no permitirán (por ningún motivo) que se les reduzcan sus privilegios (tal como lo advirtió Sarmiento Angulo hace unos días), o se les obstaculicen los mecanismos que históricamente les han servido para concentrar sus riquezas.

La contrarrevolución se activa

Colombia presenta una triple complejidad en este aspecto. Para el mantenimiento perenne de la plutocracia reinante que tiene origen a partir del mismo grito de independencia, se han articulado prácticas legales, semi-legales, y directamente ilegales (en el que se debe sumar, desde luego, el uso explicito y fatal de la violencia por parte de ejércitos privados y/o paramilitares).

Las estrategias de golpe blando[1](que han resultado tan útiles desestabilizando gobiernos democratizadores de izquierda en toda la región), ya han comenzado a operar sin siquiera haberse posesionado el presidente electo: Conscientes de lo peligroso que resultaría para sus intereses (los de las élites), si las masas empobrecidas (sobre todo las de clases medias) advierten, o mejor, desfetichizan, lo evidente: que es posible mejorar las condiciones de posibilidad de las mayorías procurando una real y efectiva democratización reduciendo y limitando las obscenas e inmorales fortunas de los muy muy ricos, consecuencia lógica del capitalismo neoliberal.

Además, desde luego, el populismo de derecha (que como mencionamos en otro momento, se desprende con facilidad de su ropaje de defensor moral cuando está en riesgo la hegemonía del individualismo egoísta liberal) no desaprovechará oportunidad para movilizar a sus seguidores mediante su fundamento constitutivo: miedo y odio; incluso si esto los lleva a celebrar su propia desgracia junto con la del país.

Con todo, Petro, frente a esta difícil elección estratégica, consecuentemente ha optado por una acción revolucionaria: ha desarrollado todo un programa de acercamiento y diálogo con los más destacados y acérrimos representantes de la oposición a sus propuestas, o mejor, a lo que representa su gobierno (ya que es claro que estas -las propuestas- poco importan cuando el desacuerdo es fundamentalmente ideológico, o incluso, de odio irracional, tendencia paradigmática en el contemporáneo capitalismo pospolítico). Él mismo ha marcado la pauta con la “insólita” (para muchos, inimaginable) reunión con Álvaro Uribe para discutir el futuro del país, impulsando un pacto, justamente, en favor de un objetivo común.

El acto político propiamente dicho

Aquí encontramos la brecha que separa al acto político propiamente dicho respecto de “la administración de las cuestiones sociales”, lo cual no sale del marco de las relaciones sociopolíticas existentes (la polarización ideológica que predomina en el país). El acto de “intervención” política, propiamente dicho, no es solo algo que da resultado dentro del marco de las relaciones existentes, sino algo que cambia el marco mismo que determina el funcionamiento de las cosas.

Hasta este momento, los gobiernos de derecha han sido figuras que predican la resignación cínica, conformistas que consideran la mera existencia del orden dado como argumento a su favor y se burlan de la izquierda por sus planteos “utópicos”, que necesariamente llevan a la catástrofe. Por ello, ni en temas del conflicto armado, ni en temas de política económica, ni mucho menos, en lo que respecta al dominante espectro de las posiciones ideológicas de los ciudadanos osarían hacer política, propiamente dicha.

El tema de la corrupción, por ejemplo, para la derecha es una cuestión de la que simplemente no nos podremos librar jamás. La derecha acepta tácticamente que cierto grado de corrupción es inevitable, dado que, en últimas, “por naturaleza” todos luchan es por sus intereses particulares. Cuando la izquierda apuesta a luchar contra ella, y se propone eliminarla, la derecha los acusa de hipócritas y populistas, ya que, según su comprensión liberal capitalista de la naturaleza humana, siendo “realistas”, para la gran mayoría los principios y los valores siempre están en un segundo nivel cuando se enfrentan contra el interés utilitario de cada quien.

En los términos de la conocida definición de la Política como «el arte de lo posible»: la política auténtica es, entonces, exactamente lo contrario, es decir, “el arte de lo imposible”, ya que cambia los parámetros mismos de lo que se considera «posible» en la constelación existente. En este sentido, incluso la visita de Nixon a China y el posterior restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre ese país y los Estados Unidos fue una especie de acto político, en cuanto modificó realmente los parámetros de lo que se consideraba «posible» (o «factible») en el dominio de las relaciones internacionales: sí, se puede hacer lo impensable, y conversar normalmente con el enemigo fundamental.

Del mismo modo, Petro ha apostado a lo imposible, y este gesto político es en sí mismo revolucionario. En dos sentidos: primero, frustrando el sistema (la ideología dominante), al suspender el círculo de la venganza o el castigo destinados a reestablecer la balanza de la justicia propio de la política del “enemigo”. Y, segundo, sacando a la luz el obsceno reverso perverso del discurso dominante mediante su sobreidentificación con su discurso público oficial.

Los dos sentidos en que Petro frustra el sistema con su iniciativa de reconciliación nacional:

  1. De la externalización política del “enemigo”, a la reestructuración de las condiciones de posibilidad

En lugar del “ojo por ojo” en el que han insistido todos los gobiernos de derecha que reclaman un castigo innegociable a las guerrillas, y se oponen a un proceso de paz dado que sus demandas de venganza/justicia no serían satisfechas, Petro ha optado por la ética cristiana de “presentar la otra mejilla”. No se trata, por supuesto, de un masoquismo estúpido, ni de la humilde aceptación de la propia humillación, sino del empeño por interrumpir la lógica circular del restablecimiento del equilibrio de la justicia.

Esto es aplicable en los dos clásicos escenarios de disputa ideológico-política: el Estado y la sociedad civil (O, en términos del filósofo Louis Althusser, en los Aparatos Ideológicos del Estado y la Ideología espontánea). En los escenarios públicos de representación política, los referentes ideológicos de la derecha neoliberal ya han fijado su “iracunda” oposición; y, en redes y medios de comunicación, también se ha manifestado vibrante el desafío irreflexivo de los objetores neoconservadores (supuestos conservadores morales que en realidad son radicales individualistas liberales).

Pensemos en los más “soberbios” opositores al gobierno entrante, que se han pronunciado con beligerancia anunciando – odio irracional mediante – que prefieren “el exilio o que lo fusilen antes que reunirse con Petro”, como dijo el abogado Abelardo de la Espriella[2] representante paradigmático de la contradicción conservadurismo moral/neoliberalismo. Está claro que, para ellos, su oposición no tiene ninguna base racional ni programática, su oposición es propiamente “soberbia”, en el sentido preciso de altivez y arrogancia, o en términos psicoanalíticos, resentimiento. Ya que, como bien sabe cualquier analista, el espectáculo de desdén e insolencia sólo es un gesto de impotencia, una pose que intenta desesperadamente encubrir las profundas dudas que se tiene sobre las propias convicciones, y la fascinación y perturbación que genera el modo privilegiado con que el Otro (la izquierda) orienta sus objetivos con sus principios (solidaridad, igualdad, libertad, etc.).

El punto crucial de esta concepción, es que, cuando la mencionada dimensión política de lo imposible es excluida del horizonte democrático, retorna con odio como nuevas formas de racismo (racismo ideológico/político como el que se experimenta en Colombia -fundamento movilizador del populismo de derecha); este “racismo posmoderno” surge como la consecuencia final de la suspensión pospolítica de lo político, la transformación del Estado en un mero agente de policía al servicio de las necesidades de las fuerzas del mercado y su contra punto burocrático liberal “tolerante”.

Cuando Petro le apuesta, entonces, a la reconciliación de los agentes concretos en conflicto, en procura de confrontar las contradicciones inherentes al sistema dominante, pone de manifiesto la comprensión propiamente dialéctica del modo en que lo que parecen obstáculos empíricos externos que impiden la plena realización del proyecto de país (al conflicto armado, la guerrilla, el paramilitarismo…), son en realidad inherentes al mismo proyecto. Es decir, no basta con superar el conflicto armado, ni el odio irracional de los polos en contienda, pues son las condiciones estructurales que funcionan como fundamento del desarrollo integral del país las que constituyen el telón de fondo para la emergencia de estos conflictos.

Rechazando, así, la versión que nos gustaría llamar antipolítica: el intento de despolitizar el conflicto reformulándolo como una guerra entre «nosotros» y «ellos»; nuestro “enemigo” (deshumanizado bajo significantes como el de “terroristas”), sin ninguna base común para el conflicto simbólico, debe ser aniquilado, para Petro, por el contrario, los agentes concretos que encarnan las desigualdades políticas y económicas son individuos contingentes (Uribe, Sarmiento, etc.), por lo que tiene poco sentido atacar sus personas particulares, importa combatir, más bien, la lógica que sostiene estas condiciones estructurales y permite la emergencia arbitraria de estos individuos (desvirtuando, en extensión, el alegato populista de la derecha que acusa a la izquierda de “odio a los ricos”).

  1. Del cinismo pragmático realista de la derecha neoliberal, a la sobreidentificación con los valores democráticos de su discurso público oficial

Aunque existe un consenso público sobre ciertos valores democráticos innegociables: el respeto a la vida, el derecho a la salud, a la educación, al trabajo, a los servicios públicos… se es plenamente consciente de la distancia cínica que predomina con respecto a ellos cuando interfieren con la lógica pseudo natural del mercado.

Recordemos la abierta declaración que dio el expresidente estadounidense Donald Trump durante su gobierno, con respecto al derecho que tenía Estados Unidos de apropiarse de los recursos naturales de los países “liberados” como un modo de que ellos paguen por el servicio prestado. O, más cercano a nosotros, las afirmaciones de la senadora uribista Paloma Valencia, según las cuales, no debe considerarse una práctica inadecuada, inmoral, o ilegal, ofrecer los subsidios a los más ricos.

Con una franqueza cautivadora, se “admite todo” sin que este pleno reconocimiento de los propios intereses particulares impida en absoluto continuar detrás de ellos. La posición del cinismo es la de la sabiduría popular; el cínico paradigmático, con un mesurado tono confidencial, dice en privado: “¿Pero no te das cuenta? Ésa es la realidad [del dinero, del poder, del sexo…], todos esos elevados principios y valores son simples frases vacías que no cuentan para nada”.

Este cinismo, sin embargo, no es una posición directa de inmoralidad, es, antes bien, la moralidad puesta al servicio de la inmoralidad: el modelo de la sabiduría cínica es concebir la probidad, la integridad, como una forma suprema de deshonestidad, y la moral como una forma suprema de libertinaje, la verdad como la forma más efectiva de mentira (Todo a lo que se acusa a la izquierda cuando emprende un proyecto solidario contrario al presupuesto de egoísmo individualista del proyecto liberal capitalista).

Este cinismo es, por lo tanto, una especie de «negación de la negación» pervertida de la ideología oficial: confrontada con el enriquecimiento ilegal, con el robo, la reacción cínica consiste en decir que el enriquecimiento legal es mucho más efectivo y, además, está protegido por la ley. Como Bertolt Brecht dice en su Opera de tres centavos: «¿qué es el robo a un banco comparado con la fundación de un nuevo banco?».

En este sentido, por ejemplo, el eslogan del gobierno de Duque fue “El futuro es de todos”: se aceptaba públicamente que las políticas de gobierno estaban dirigidas a mejorar y/o conservar los privilegios de los que gozaban de ellos, dado que, siendo fieles al mito de “la economía del goteo”, si se benefician ellos se acabaría beneficiando también al resto, debido a que son ellos los inversores que impulsarían la economía, argumento que, en los hechos, se desmintió a todas luces.

Debido a esto, Duque tuvo que mentir descaradamente durante todo su gobierno, al país y en el exterior. Infló cifras, engañó con promesas incumplidas a poblaciones y gremios, ignoró informes completos de preocupantes datos, pero, sin embargo, aún frente al evidente desastre, con sangre fría salió nuevamente a presentar frente al público los supuestos logros de su gobierno, apoyado en el presupuesto ideológico según el cual, de cualquier forma, apostarle al capitalismo, aunque nos vaya mal, nos previene del desastre totalitario que acarrearía “cualquier otra alternativa”.

Por esto es por lo que la propaganda enemiga contra la política emancipatoria radical es cínica por definición; no en la simple acepción de no creer sus propias palabras, sino a un nivel mucho más básico: es cínica en la medida en que cree sus propias palabras, desde el momento en que su mensaje es una resignada convicción de que el mundo en que vivimos, incluso aunque no sea el mejor de todos los mundos posibles, es el menos malo, de modo que cualquier cambio radical sólo empeorará las cosas.

Se siente tentado uno a considerar una patología psíquica en la posición de Duque: pareciera como si hubiera llegado al grado de creerse él mismo sus embustes, que, en completa negación, es incapaz de responsabilizarse por su parte en la agudización de los antagonismos (confirmando, así, la perspectiva clínica de que un fetichista no puede ser socavado mediante la interpretación del “significado” de su fetiche; los fetichistas se sienten satisfechos con sus fetiches, no experimentan ninguna necesidad de librarse de ellos).

Paradójicamente, ese recurso a los “hechos brutos” propio del realismo pragmático del neoliberalismo conservador de derechas, es inoperante frente al misticismo de su propia narrativa… Pensemos en el mito trillado sobre la corrupción burocrática de los gobiernos que estatalizan cuestiones fundamentales como la salud, la educación, y los servicios públicos. Según la mirada del neoliberal de derechas, esto es un foco de corrupción inevitable, sin embargo, siendo estrictos, ¿no es, justamente, el interés privado explícito de un “negociante”, en búsqueda de lograr los más altos dividendos, un presupuesto práctico mucho más problemático a la hora de concederle la prestación de un servicio fundamental, que la de un político que realiza sus labores (aunque sea de manera pública y formal, en el marco del deber ser), en virtud de su vocación social?

Aún, aunque el político utilice su discurso de solidaridad y cooperación como una simple fachada para encubrir su interés individual egoísta (tal como lo concibe el realismo cínico), se puede, en nombre de ese discurso público oficial, exigir, cuestionar, litigar sus acciones, cuestión que no es posible con el empresario o negociante inmiscuido en cuestiones públicas, dado que él simplemente está haciendo justamente lo que se supone debe hacer un competidor en el mercado: sacando la mayor ganancia y minimizando los costos.

En pocas palabras, mientras el discurso dominante de la derecha acusa a un “enemigo externo” concreto (Farc, ELN, EPL, las guerrillas en general) de ser las culpables de la desastrosa realidad en la que vive la gran mayoría de la población del país (como si antes de ellas hubiera reinado un equilibrio orgánico ininterrumpido), la auténtica izquierda, no replica el gesto descargando la responsabilidad en agentes concretos contingentes y temporales (los ricos, los poderosos…), por el contrario, le apuesta es a superar las condiciones que posibilitan estas contradicciones, incluso pidiendo el apoyo de estos agentes, forzándolos a identificarse honestamente con su discurso público oficial (el eslogan del gobierno de Duque fue “un futuro para todos”) para que se sumen al cambio.

En resumen…

Si aceptamos, entonces, que, en el marco de la posmoderna política del capitalismo tardío, aquella que afirma haber dejado atrás las pasiones políticas “inmaduras” (la lucha de clases y otros antagonismos pasados de moda) para dar paso a un universo post-ideológico pragmático maduro, de administración racional y consensos negociados; a un universo libre de impulsos utópicos, el cinismo realista emerge como el modelo predominante de hacer política, apostarle a la sobreidentificación con el discurso público oficial del gobierno Duque, por ejemplo: “un futuro para todos”, resulta ser la única manera efectiva, no solo de sacar a la luz las contradicciones del modelo dominante, sino, de manera más radical, de hacer lo imposible.

[1] La expresión ha sido atribuida al politólogo estadounidense Gene Sharp quien. Se denomina golpe de Estado blando, golpe suave, golpe encubierto o golpe no tradicional al uso de un conjunto de técnicas no frontales y principalmente no violentas de carácter conspirativo, con el fin de desestabilizar a un gobierno y causar su caída, sin que parezca que ha sido consecuencia de la acción de otro poder.

[2] https://www.publimetro.co/noticias/2022/07/09/abelardo-de-la-espriella-prefiere-el-exilio-o-que-lo-fusilen-antes-que-reunirse-con-petro/?utm_medium=Social&utm_source=Facebook&fbclid=IwAR1Fyv8_4UOq6D0Dth9LrikoW3cXx2aJxb8VwZ5yYqTnmA_Rx3LqGyldEKw#Echobox=1657328857-1