Experiencia de paz en El Salvador: “La confianza se gana día a día”

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Habla ex negociador de paz en El Salvador

Miguel Saénz. Foto C.L.
Miguel Saénz. Foto C.L.

Hernán Camacho

Fueron cinco fuerzas políticas las que dieron origen al Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional, FMLN, en diciembre de 1979: el Partido Comunista de El Salvador, las Fuerzas Populares de Liberación “Farabundo Martí”, el Ejército Revolucionario del Pueblo, la Resistencia Nacional y el Partido Revolucionario de los Trabajadores Centroamericanos. Las victorias militares y el desarrollo de los planes conjuntos llevaron a una intensificación del conflicto que desembocó en una mesa de conversaciones con el gobierno de El Salvador y la posterior firma de acuerdos de paz el 16 de enero de 1992, en Chapultepec, México. Seis décadas de dictadura militar terminaron con la firma del Acuerdo de Paz, del que fue principal actor Miguel Saénz, fundador del FMLN, miembro de la comisión de negociación de esa guerrilla y quien habló con VOZ y repasó la historia del proceso de paz en El Salvador.

– Las luchas sociales de El Salvador hicieron juntar fuerzas políticas para crear el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional. ¿Cómo fue ese proceso?

– Es una lucha desde 1932 y se retomó en 1980. Le dimos continuidad a la lucha que viene desde el siglo pasado. Pero llegó un momento que se cerraron todos los espacios políticos, de lucha electoral con fraudes evidentes; nosotros, la izquierda, ganamos las elecciones presidenciales dos veces y se presentaron fraudes; pero seguimos luchando en un movimiento de masas, hasta que llegamos a la conclusión de que no había otro camino que la lucha armada.

– ¿Cuándo arranca ese proceso revolucionario en armas?

– Esa decisión se toma dos años antes de lanzar nuestro movimiento armado porque había que hacer muchos preparativos, entre otros formar los combatientes de base, los mandos medios, formar comandantes y después preparar el aprovisionamiento del armamento que en principio era muy débil. Hasta que llega el 10 de enero del año 1980. Pero desde un primer momento teníamos claro que solo la lucha armada no iba a ser la única manera de lucha. Nosotros nos convencimos que esa lucha es solo el motor que dinamiza la política, porque si no se acompaña con el trabajo social y de masas no avanza el proceso revolucionario; y si a eso se suma la lucha política y diplomática internacional pues se hace un buen trabajo. Y esto último es muy importante en un proceso de paz pues recibimos un respaldo internacional. Mire le cuento, el país de donde recibimos mayor solidaridad fue paradójicamente del pueblo norteamericano durante el proceso de armas y luego de él.

– La lectura política de ese momento arrojó la importancia de la lucha política y armada. Eso los llevó a ser interlocutores en una mesa de paz en El Salvador

– Sí, en ese momento optamos por esas luchas sociales e internacionales de solidaridad, no se podía correr el riesgo de la unilateralidad de la lucha, porque ¿y las demás? Considerábamos que la lucha política era la que debía potenciar la lucha armada y nuestra lucha se potencializó con recursos de la solidaridad mundial, llegamos a tener seis mil hombres armados. Llegó un momento en que tuvimos misiles tierra-aire y eso fue en parte la dinámica que permitió se abriera la negociación, claro la guerra se gana en el terreno pero el apoyo aéreo y los bombardeos del gobierno fueron muy fuertes. Una lucha de parte y parte.

– Entremos a la negociación de paz en su país. ¿Cómo fue la experiencia del FMLN y el gobierno de El Salvador en esos primeros momentos de la negociación? ¿Cómo fue ganarse la confianza en la mesa?

– Es un punto muy importante. Yo recuerdo la primera reunión; éramos como dos grupos radicalmente opuestos que íbamos a mordernos a rabiar en la mesa, porque nos sentábamos los cinco del gobierno y los cinco nuestros frente a frente, además del equipo de apoyo de cada parte que en últimas eran los que se fijaban en pequeños detalles que a la larga fueron muy importantes para ganar confianza. Pero las relaciones no fueron fáciles pues no había confianza en la mesa y con toda razón, ¿cómo se construía una confianza si puertas a fuera se mataban los nuestros con los de ellos a balazos? Eso no es posible.

– ¿Es otro proceso ganarse la confianza?

– Por supuesto, la confianza es un proceso que se gana día a día, hay que irla construyendo con transparencias. Los primeros seis meses fueron los más difíciles, nosotros dormíamos en el mismo hotel que la comitiva gubernamental, totalmente separados los unos de los otros con su propia seguridad. Pero fuimos ganando confianza al punto que desayunábamos o almorzábamos juntos luego de largas sesiones de trabajo. La relación social ayudó a ganar mayor confianza el uno al otro. La confianza no es de declaraciones, es de hechos concretos.

– ¿Hubo enemigos de ese proceso de paz?

– De parte del gobierno hubo declaraciones públicas terribles donde se decía: negociación es traición. Y eso lo manejó la oligarquía que tenía la línea de la derrota militar, pero la ofensiva del año 1989 fue el toque de queda para la oligarquía. Y por parte de la izquierda también hubo enemigos que yo les digo “marxólogos” porque saben del marxismo, pero no lo aplican, han leído El Capital pero no lo han entendido, sectarios. Pero a nuestros hombres en las ciudades y en los círculos intelectuales les pedíamos que abrieran debates para entender la negociación y la paz. La derecha utilizó ese sectarismo para bombardear el proceso de paz.

– Llama la atención cómo usted ubica el sectarismo de izquierda como enemigo del proceso de paz en su país. ¿Cuál fue la fórmula para desprenderse de ese sectarismo?

– El sectarismo es un sarampión de la izquierda latinoamericana: o estás conmigo o estás contra mí. En los procesos de paz se llega incluso a puntos comunes entre organizaciones de izquierda que sirven para emprender una relación, porque si nos sentamos y empezamos a tratar las diferencias no avanzamos en el proceso de alianzas, luego se van resolviendo justamente esas diferencias.

Nosotros nos sentamos con organizaciones sindicales que odiaban a muerte el movimiento armado pero se sumaron al final. Fue una política de alianzas incluso para después del proceso, allá se decía “ese viene de la democracia cristiana”, “ese viene del monte” y les decíamos: ¿tú crees que solos derrotamos a la oligarquía, o hacemos la revolución o ganamos las elecciones? Y en el futuro nos dieron la razón pues vimos cómo sacábamos al gobierno por la alianza entre la izquierda.

– La sociedad civil ¿cómo participó en el proceso de su país?

– A la sociedad hay que darle lugar en la mesa y un lugar importante. Les decíamos en su momento: ustedes los trabajadores, el sindicato de una empresa deben participar en la paz y se les explicaba que para mejorar las condiciones sociales que los acompañaba debían apoyar el proceso y la negociación que estaba en nuestras manos. Pero no solo basta decirle a la gente que son parte del proceso, la gente no es tonta, es importante entregarle una participación real. Organizamos reuniones de la sociedad civil con nosotros y con el gobierno pero el FMLN intentaba de muchas maneras tener bastantes encuentros con la sociedad civil para notificarles los avances del proceso y las trabas de la negociación. Y la población sintió que se le tomaba en cuenta en los acuerdos de la mesa.

– Algún mensaje al proceso de paz en Colombia.

– Tengo la percepción que falta mucho trabajo para vincular al pueblo en la paz, sé que eso no es fácil.