“Esto no es como Irak o Afganistán”

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Soldado ruso en la región del Donbass. Foto Sputnik

El cubrimiento del conflicto en Ucrania muestra la cara más amarga de la guerra: xenofobia, mentiras de ambos bandos y cientos de víctimas

Pablo Arciniegas

“Con todo respeto, esto no es como Irak o Afganistán (…) Ucrania es un lugar relativamente civilizado”, estas fueron las palabras de Charlie D’Agata, un corresponsal senior de la CBS News, que estaba cubriendo en directo la primera semana del ingreso de tropas rusas a Ucrania. Aunque eventualmente el periodista se ‘disculpó’ por este comentario, cuyas palabras él escogió con cuidado, como expresó en la transmisión, nos pone a pensar sobre la visión que Europa y Estados Unidos tienen de la guerra.

Porque la guerra, para la historia universal que ampliamente se enseña en bachillerato, la misma que escribe este bando de los que llaman ‘los vencedores’ y que repasan los medios occidentales, se terminó en 1945, con el fin del nazismo y la aniquilación de Hiroshima y Nagasaki. Desde entonces lo que ha transcurrido es un periodo de Pax Romana, con unos brotes de conflictos aquí y allá, que llevan a la humanidad al borde del colapso, pero que a la final parecen solucionarse por un milagro, como el de Stanislav Petrov, el oficial ruso que impidió un apocalipsis nuclear en 1983.

El caso es que a este escenario lo conocemos como Guerra Fría, y supuestamente también se acabó hace 30 años, con la caída del muro de Berlín musicalizada por la banda de rock The Scorpions, y el ‘fin del comunismo’. Pero, qué cosas, aquí estamos: año 2022 y, de nuevo Europa del Este es un tablero donde se juegan territorios, recursos y poder. Y donde, por supuesto, sobran las víctimas civiles y los miles de desplazados tocando las puertas de las fronteras.

Donbass, Medio Oriente y Colombia

Los motivos públicos de una guerra no son los verdaderos intereses que la detonan. En el Donbass fue la autodeterminación de esta región, que no se sentía parte de Ucrania sino de Rusia y la presión de grupos ultranacionalistas, lo que hizo que estallara el conflicto. Pero por debajo de la mesa también está una puja de Putin y la Unión Europea por el control del mercado de gas natural. Muy similar es lo que ha ocurrido en Medio Oriente, donde supuestamente la intervención estadounidense se hizo para defender la libertad, pero los verdaderos hilos los jala el petróleo, el control de bases en Asia y la heroína de Afganistán.

Colombia no es ajena a este escenario, la guerra, aquí, es la del narcotráfico y el despliegue militar es contra el eslabón más bajo de la cadena del producto: los cultivadores y consumidores. Millones de millones de dólares de los contribuyentes estadounidenses dilapidados en una causa sin remedio porque ni la DEA, ni el Estado colombiano, ni los carteles que han permeado la política, tienen la intención de terminar con este conflicto, cuya única salida es la despenalización, que no será viable para los grandes capitales hasta que lleguen a monopolizar la producción de coca y marihuana.

En ese sentido, y para sorpresa de D’Agata, sí, ‘esto’ (el conflicto en Ucrania), sí es como Irak y Afganistán y Colombia y el resto de lugares del mundo que se desangran, solo que ya no se trata de musulmanes y negros brincando las fronteras, sino de ucranianos, cristianos y blancos empujados por el miedo. Y a eso hay que sumarle que ahora las cadenas de televisión no son las únicas que transmiten desde el campo de batalla, sino que soldados y víctimas de lado y lado, nos muestran la cara cruda de la guerra desde Tik Tok.

Modern warfare

El hecho de que la tecnología y el internet nos permiten ver en tiempo real cómo llueven misiles sobre ciudades, es apenas un abrebocas de la guerra del futuro, o Modern warfare, término adaptado de los videojuegos. Además, en este escenario donde el comunismo, el último de los enemigos fue derrotado, es difícil crear una narrativa de héroes y villanos, porque a Putin precisamente no lo mueve un interés ideológico opuesto al que tienen los multimillonarios de Estados Unidos, salvo un nacionalismo de discurso que espera explotar en las próximas elecciones. Así que, realmente, la única ideología por la que hoy se está peleando es la del lucro propio y la acumulación de riquezas.

Aquí es cuando Zelensky, el presidente de Ucrania, queda ensanduchado porque mientras los medios lo proyectan en los cuarteles y trincheras, y lo llaman héroe ―a pesar de que eso es lo último que puede ser alguien en su cargo―, la otra guerra, la comercial, la que importa en la balanza del poder, se está dando en otro campo, el de las sanciones y la imagen, donde Estados Unidos y Europa activaron su poderosa arma de la cultura de la cancelación, vetando a científicos y artistas rusos, como si por el hecho de su nacionalidad estuvieran a favor del escenario armado.

Retomando lo de las sanciones, es una situación que rozaría lo ridículo, si no estuvieran tantos muertos de por medio. Porque pueden ponerle todas las barreras económicas que quieran a Putin, pero si le siguen comprando gas natural al precio que él disponga, va a ser muy complicado que la incursión armada se vaya a desfinanciar.

Sobre todo, si se tiene en cuenta que el 40% de este tipo de combustible que consume Europa viene de Rusia, como señaló el Commerzbank. Este hecho, que no es ningún misterio, impacta gravemente a Ucrania porque complica la entrada de tropas extranjeras dentro de su territorio. Mejor dicho, Zelensky cada día se queda más solo.

¿Para qué sirven las guerras?

El hecho de que la guerra hoy se dé en un escenario económico no implica que las tecnologías en armamento no sean un recurso. Los misiles nucleares se han hecho más efectivos y se demoran menos en llegar a su objetivo y borrar ciudades enteras, aunque también están los drones y las armas remotas, que desde hace años ya vienen haciendo el trabajo sucio en Medio Oriente, como sucedió con el atentado al general iraní Soleimani. Mejor dicho, la capacidad destructiva de la humanidad nunca estuvo antes tan bien demostrada.

Pero, ¿para qué?, ¿para qué sirven las guerras?, preguntaban sabiamente los Abuelos de la Nada mientras esperaban ‘Mil horas’. En la práctica vemos que lo primero que generan las guerras son víctimas inocentes, personas que no quieren tomar un fusil y a las que obligan a pelear por cosas tan abstractas como un ideal de nación. En ese mismo grupo encajan los miles de desplazados, internos o externos, que huyen del conflicto y que son el Frankenstein de países más poderosos que no han hecho más que explotar a naciones en desarrollo.

Ahora, ¿la guerra sirve para traernos la paz? Lo dudo, porque mientras haya vencedores y vencidos no hay manera de que un mundo sin conflictos se sostenga. La guerra, más bien, está al servicio de los gobiernos, no importa su ideología ―si es que la tienen―, para sembrar el pánico, y en ese sentido, el pánico y las crisis, son un medio para persuadir y forzar a las sociedades a dejarse gobernar por psicópatas, hablen ruso o inglés.

La guerra en Ucrania, además, nos ha demostrado que las tragedias se miden por su proximidad a Europa y Estados Unidos, y la empatía con los migrantes también depende de su color de piel como sugirió el corresponsal de CBS News. Ese es el fin de la guerra: la deshumanización en tiempo real y por streaming.

Lo complicado es que ese impulso destructivo parece acompañarnos perpetuamente, como Freud le había escrito a Einstein, en el ‘El porqué de la guerra’. Sin embargo, en ese mismo texto, el padre del psicoanálisis indica que la paz es un impulso también, y que seguirlo es apuntar hacia un horizonte más justo para los seres humanos. ¿Para qué sirve la paz?, entonces.