Petro y el odio a los pobres

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Juan David Aguilar Ariza

La otra noche hablaba con una persona que, aunque no es mi amigo, respeto mucho y entre tantas cosas, palabras más, palabras menos, me dijo lo siguiente: «Petro es el mejor candidato, preparado, es brillante, tiene a Colombia en la cabeza, reconoce las raíces de los problemas de este país, su programa de gobierno es magnífico, pero, no sé, hay algo que no me cuadra. Votaré por otro…”

Seguramente no dejaría de ser una anécdota, a no ser que esta perorata no fuera una constante en un sector de la población colombiana. Incluso, he escuchado algunos cristianos decir, al referirse al candidato del Pacto Histórico: «no me da paz».

¿Qué es entonces lo que mueve y sustenta estas afirmaciones? ¿Qué esconde esa sentencia que abandona lo racional y se incrusta en un campo emocional que fácilmente se escapa de cualquier análisis?

Imaginemos un Petro hípster, imaginemos un Petro que se viste “bien”, imaginemos un Petro que viene de clase alta, blanquito, de ojos príncipe. ¿Cambiaría el efecto que produce en un sector de la población que le tiene miedo? Porque para muchos —no todos, por supuesto—, Petro encarna su fobia: aporofobia (aunque la palabra correcta es penetofobia, pero esta discusión la dejaremos para después), miedo a la pobreza, aversión a lo pobre.

Muchos de los electores—no todos, gracias a los dioses, a Zeús, a Thor, a Ra—, han crecido con un imaginario de las elecciones más parecido a un concurso de popularidad, un reality show, un reinado de belleza, en el que el individuo es elegido por sus atributos externos, mas no por su capacidad intelectual, preparación y experiencia. Muchos de los electores —no todos, gracias al progreso, al esoterismo, a la fuerza Yedi—, creen que cuando se elige un individuo para que “gane” (¿gane? Esto no es un partido de fútbol) debe contar con carisma. Sí, el mismo carisma que decían que tenía Duque quien con sus chaquetas inflables, sus cabecitas, su rasgueo colegial de la guitarra les trajo su paz a los más de diez millones de votantes, sin importar que días después llevaría al país al caos, a la pobreza, a la miseria, a la guerra, como si nos recordara que supuestamente este país está condenado a la violencia.

Sí, muchos de sus votantes sintieron paz, les cuadró las vibras, les hizo sentir que su voto era el correcto. ¿Cómo es posible que les trajera paz una persona que desde hace mucho tiempo atrás sabíamos era el menos indicado para ocupar el cargo de la presidencia?

Pero Petro, apoyado por Thomas Piketty, Žižek, y tantos otros más no generó la paz suficiente, no logró configurar las emociones atrofiadas de los que dejan de pensar por abrirle paso a ese odio que habita en los colombianos. ¿Será que esa paz y ese no sé qué está sustentado en esa idea mal sana de elegir por nuestra experiencia en la que prima esa idea del bacán, del buena gente, y no la del humano serio pero con inteligencia y preparación?

Algunos electores —no todos, gracias al I Ching, al Lama, al Dalai—  buscan en los candidatos una reencarnación de sus sueños; es decir, creen que el postulante a la presidencia debe representar sus ideales. Por eso, buscan alguien que se vea bien, que se vista bien, que sea cool, que venga de arriba, y si no viene de arriba por lo menos que niegue con todas sus formas esa pobreza y ese estilo de los barrios populares, del trabajador que no gana lo suficiente para comprarse un Gucci, un Stradivarius, un padre de familia que se despreocupa de sus sacos de lana por buscar el bienestar de sus hijos y que a diario se sube a Transmilenio. ¿Para el elector tradicional que prima con mayor fuerza la forma de vestir o los libros leídos por los candidatos? ¿Se busca inteligencia o carisma? ¿Se busca el lugar de nuestros sueños?

Porque en una sociedad estratificada se lucha a muerte por cambiar de estrato, por subir, por ascender. Nadie sueña con vivir eternamente en su barrio, a menos que sea uno de estrato 4, 5 o 6; una gran mayoría no quiere soñar con el más mínimo contacto con esas estéticas populares, quieren vivir en un video de reguetón.

Entonces, un candidato así, es el apocalipsis de sus sueños y de su arribismo. Odian, en el fondo, todo lo que tenga que ver con lo popular, con las comunidades marginadas, con el campo. Los mismos pobres han terminado por odiarse a sí mismos. Muchos —no todos, gracias a las nuevas tecnologías, al más allá del metaverso, al zodiaco— quieren abandonar el campo, quieren un carro de gama alta; no quieren vestirse con marcas de imitación producidas en China; no quieren vivir en la periferia.

Petro no representa el lugar de sus sueños. No representa esa vacía estética del progreso. Petro es un hombre serio, en el mejor sentido de la palabra. No estamos en un concurso de belleza, no estamos eligiendo el personero del colegio.

Petro, en verdad,  no amenaza ese sector de la sociedad que odia a los pobres, la amenaza son ellos mismos que en su infinito afán de odiar están dispuestos a dejar que sigan matando a los líderes sociales, que los jóvenes no tengan acceso a la educación superior; prefieren que Colombia siga igual con tal de que los centros comerciales sigan ofreciendo ese ideal de progreso, de esos cientos de centros comerciales que ofrecen, no productos, sino ideales para comprar: es mejor estar bien vestido que ser inteligente, es mejor estar en buena onda a interesarse por los campesinos. Colombia, el país donde prima la apariencia. Colombia, el centro comercial más grande de Latinoamérica.

Claro, ¿y la clase alta? ¿No será ella la encargada de sembrar este clasismo en el que los roles de los ciudadanos deben estar bien perfilados y nadie puede escapar de ellos? Los Ferragamo no son para Petro, dicen ellos, porque no le pertenecen, porque los pobres no pueden vestirse así. El clasismo de siglos de colonialismo en que los españoles vinieron a odiar, porque realmente querían regresar a sus tierras europeas cargados de oro como los primeros traquetos de la historia.

A la clase alta les gusta los pobres, pero en sus trabajos determinados, estipulados. Les gusta el ñero que les trabaja en el jardín y lo llaman con diminutivos. Les gusta las empleadas y las “ayudan” regalándole lo que les sobra. Pero, nunca les permitirán que asuman cargos de importancia. Odia a los pobres, a no ser que sean para beneficencia, para la foto. Los pobres de lejitos. Resignados y calladitos, calladitas. Nunca les permitirán que estén por encima de ellos.

También hay que hablar del levantado, del que cambió de estrato, del que “realizó la movilidad social”. Este ser es el que más odio destila y está dispuesto a salir a la calle. ¡Nos están dañando la ciudad! Gritaban cuando pasaron las marchas, ¿se les olvidó el sur? ¿creen que la ciudad es el centro, el norte? El sur siempre ha estado en ruinas y quién se preocupa. No les dañaron la ciudad, les “dañaron” su ciudad donde han decidido negar la periferia. Ñeros sí, pero en sus barrios.

La mayor pobreza es invisible y consiste en la incapacidad para leer correctamente la realidad del país, una realidad que necesita un cambio; la mayor pobreza está en quien prefiere la apariencia a solidarizarse con los que asesinan en el campo por defender sus territorios, por liderar procesos de transformación, por ser líderes en un país donde el liderazgo está condenado a la desaparición porque solo quieren cuerpos sin cabeza; la mayor pobreza está en las personas que quieren ser de bien y dispararles a los indígenas; la pobreza, en un país como Colombia, pasa por la corrupción que deja sin recursos a las escuelas y a los otros, los que no aparecen en el mundo del espectáculo.

Ha llegado la hora en que dejemos a un lado el sentimiento de hinchas, la apariencia, nuestra aporofobia y nos decidamos por la mejor opción que reconoce cualquier razonamiento. Creyendo que la paz solo vendrá de la decisión correcta de nuestro intelecto, porque la paz no puede ser un emocionalismo, la verdadera paz se construye a partir de la reflexión. Ha llegado el momento de votar por Petro, por el Pacto Histórico, por la construcción de la paz y la reconciliación de este pueblo que no está condenado a la pobreza, mucho menos a sus dirigentes.