“Estamos en una autopista hacia el infierno climático”, António Guterres

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198 naciones discuten las acciones para reducir gradualmente las emisiones de gases de efecto invernadero y lograr el objetivo del Acuerdo de París de mantener el calentamiento del planeta en 1,5 °C. Foto Unión Europea

Así lo dijo el secretario general de Naciones Unidas en la apertura de la Cumbre de Implementación Climática en Sharm el- Sheikh, Egipto, donde pidió un pacto por la solidaridad climática. No obstante, el Norte Global y sus intereses, principales responsables del cambio climático, son un obstáculo para que la humanidad emprenda los cambios necesarios para su supervivencia y bienestar

Sergio Salazar 

La 27 Conferencia de las Partes (COP por sus siglas en inglés) de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, CMNUCC, que está en desarrollo desde el 7 hasta el 18 de noviembre en Egipto, ha ido avanzado para consolidarse como otra COP de trámite, como gran parte de las anteriores.

Más allá de la tan mediatizada contradicción por el uso del agua en la sede de la COP27, la ciudad egipcia de Sharm el-Sheikh, tan importante cita llama la atención porque se da en un país caracterizado por violar sistemáticamente los derechos humanos, con casos dramáticos como la población LGTBI. Además, de por ser un país que ha mostrado no tener voluntad política por reducir su dependencia de los combustibles fósiles.

El contexto de la COP27 

La COP es el máximo organismo de toma de decisiones de la CMNUCC. Todos los Estados firmantes de la Convención (actualmente 197) están representados en la COP y el objeto de este encuentro es examinar la aplicación de la Convención y de cualquier otro instrumento jurídico que la COP adopte (e.g. Protocolo de Kioto, enmienda de Doha, Acuerdo de París).

Para ello, la COP analiza las comunicaciones nacionales y los inventarios de emisiones de gases de efecto invernadero presentados por las Partes, y a partir de allí, evalúa los efectos de las medidas adoptadas y los progresos realizados en la consecución del objetivo último de la Convención: prevenir la interferencia humana «peligrosa» en el sistema climático planetario.

La historia de las decisiones en las COP viene de finales del siglo pasado. De la Cumbre de la Tierra de Río de Janeiro de 1992 se derivó la mencionada CMNUCC, la cual en 1995 realizó la primera Conferencia de las Partes y abrió paso al primer instrumento jurídico: el Protocolo de Kioto de 1997.

Dicho acuerdo, que no fue firmado por Estados Unidos, entró en vigor en 2005 y estableció objetivos vinculantes de reducción de las emisiones de Gases de Efecto Invernadero, GEI, para los principales países emisores: países industrializados y la Unión Europea, para un primer período de verificación (2008-2012) extendido a un segundo (2013-2020) tras la prórroga del mandato con la Enmienda de Doha en 2012 (en la COP18).

En el camino, tres de los principales emisores de GEI abandonaron sus compromisos. Canadá abandonó el Protocolo en 2011 para evitar el pago de las multas por su incumplimiento en la reducción de emisiones de GEI y Rusia y Japón que no asumieron nuevos objetivos para el segundo período.

No es casual que la Enmienda entró en vigor el mismo día que finalizó el segundo período de compromiso. Un auténtico golpe de realismo de la falta de voluntad política global para resolver un problema que amenaza con nuestra propia existencia, así como la existencia misma del sistema económico imperante, inmerso en recurrentes y cada vez más profundas crisis. La denominada crisis climática es una expresión más de dichas crisis.

Grupos de expertos

Las siguientes sesiones de la COP (mediadas por los intereses económicos, principalmente del sector hidrocarburos) transcurrieron sin mayor relevancia a pesar de tenerse mayores evidencias científicas sobre los efectos del cambio climático en el ámbito mundial.

Solo hasta la COP21 se llegó a avanzar con un instrumento más ambicioso, el Acuerdo de París de 2015, el cual entró a regir desde noviembre de 2016 tras la ratificación del mínimo de partes que representan el 55% de emisiones de GEI. La aplicabilidad del acuerdo empezó tras la finalización del Protocolo de Kioto (a partir de enero de 2021).

Este segundo hito de la CMNUCC trazó tres objetivos generales: “mantener el aumento de la temperatura media mundial muy por debajo de 2 °C sobre los niveles preindustriales”, intentando, “limitar el aumento a 1,5 °C, lo que reducirá considerablemente los riesgos y los efectos del cambio climático”; “Aumentar la capacidad de adaptación a los efectos adversos del cambio climático y promover la resiliencia al clima y un desarrollo con bajas emisiones de gases de efecto invernadero, de un modo que no comprometa la producción de alimentos”; y alinear o compatibilizar los “flujos financieros” para el logro de lo anterior.

En tal sentido, la COP27 se presentaba como el escenario natural para avanzar en los acuerdos necesarios para la implementación efectiva del Acuerdo de París. Se escribe en pasado, porque todo indica que pocos acuerdos saldrán de la reunión.

De cara a la COP27, se han avanzado las bases del sexto informe del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC por sus siglas en inglés). Dichos informes, constan de tres insumos producidos por grupos de trabajo: Ciencia (Grupo I), Impactos (Grupo II) y Mitigación (Grupo III).

Los informes filtrados

Activistas climáticos protestan contra la financiación de los combustibles fósiles, durante la COP27. Foto UN News/Laura Quiñones

Dadas las fuertes presiones políticas por las conclusiones que fueron de los grupos de trabajo para el sexto informe, borradores iniciales fueron filtrados (ver “Los Informes Filtrados del IPCC”, Monthly Review, 01/01/2022) como una forma de protestar por la presión ejercida para modificar las contundentes conclusiones, como señalar que la noción de progreso del crecimiento ilimitado es un paradigma a erradicar para poder avanzar eficazmente en el objetivo de la reducción de emisiones de GEI, y señalar por tanto, que es necesario el replanteamiento del modelo de sociedad, pasando necesariamente por un decrecimiento (ver análisis en artículo “El IPCC advierte de que el capitalismo es insostenible” de 22/08/2021, Contexto 275 – CTXT), es decir, la necesidad de reducir la producción y el consumo y definir objetivos más allá del crecimiento económico considerando el bienestar y la justicia social y ambiental.

En definitiva, un replanteamiento del sistema económico, como bien se ha insistido por algunos mandatarios en sus discursos de la COP 27 como el presidente de Colombia, quien en su ya famosa propuesta de decálogo se recoge: “El mercado no es el mecanismo principal para superar la crisis climática. Es el mercado y la acumulación de capital quien la produjo y no serán jamás su remedio”.

Aspectos clave de la COP27

Uno de los compromisos del Acuerdo de París es la toma de decisiones para mantener los umbrales de 1.5 y 2 grados centígrados de calentamiento global en las próximas décadas, para estar en niveles menos peligrosos para la vida de la humanidad.

Dado que no se ha dado una inmediata reducción a larga escala en las emisiones de GEI, será imposible no cruzar dichos umbrales. Las evidencias así nos lo hacen saber. Por ejemplo, la Organización Meteorológica Mundial, OMM, en su boletín sobre los GEI (OMM, octubre de 2022), explica que en 2021 se dio la subida interanual de metano (uno de los principales GEI) más alta de los registros sistemáticos que se vienen tomando desde hace  casi 40 años, indicando que puede ser debido a “procesos tanto biológicos como provocados por las actividades humanas”.

Igualmente, la OMM confirmó que el último aumento interanual 2020-2021 de los niveles de dióxido de carbono – CO2 fue superior a la tasa media de incremento anual de la última década, y que en 2022 sus estaciones siguen registrando incrementos en los niveles de C02 en la atmósfera.

Según el mismo organismo, en un adelanto para la COP27 del estado del clima mundial en 2022, ha señalado que “los últimos ocho años van camino de ser los ocho años más cálidos de los que se tiene constancia” y, “en este año, olas de calor extremas, sequías e inundaciones devastadoras han afectado a millones de personas y han ocasionado pérdidas valoradas en miles de millones”.

Lo anterior deja ver que no se están cumpliendo las obligaciones/compromisos de reducción de GEI por parte de los países con mayores emisiones. Justamente, parte de esos países no enviaron delegaciones de peso político a la COP27 (China, Rusia, India) o no estuvieron en las reuniones de jefes de Estado (Estados Unidos).

Aumentan las emisiones de GEI

Igualmente, en la anterior COP (la de Glasgow), todos los países acordaron revisar y reforzar sus compromisos, sin embargo, solo 24 naciones presentaron planes actualizados a la ONU, según nota de prensa de la misma ONU (ver “Los países son incapaces de doblegar la curva de las emisiones: el CO2 y el metano marcan un récord histórico”, Noticias ONU, 26/10/2022).

La cuestión es que, si se sobrepasan esos umbrales marcados por el Acuerdo de París -todo indica que incluso llegaremos a 2100 rozando un aumento promedio cerca a los 3 °C-, se tendrán más olas de calor, prolongación de las estaciones y períodos cálidos y acortamiento de los fríos, cambios en los vientos, las precipitaciones, la nieve, los niveles del mar en las áreas costeras, y en los que la tolerancia humana y de los cultivos a esas temperaturas puede ser crítica.

Como lo anunciaba una de las frases más llamativas del filtrado borrador de Resumen para Responsables Políticos del Grupo de Trabajo II: “La vida en la Tierra puede recuperarse de un cambio climático importante evolucionando hacia nuevas especies y creando nuevos ecosistemas. La humanidad no”.

Compromisos incumplidos

Ante catástrofes climáticas y destrucción, varios países terminan pidiendo dinero prestado al Fondo Monetario Internacional y al Banco Mundial, de esa manera no pueden desarrollarse. Foto Parvez Ahmad Rony, UNICEF

Otro aspecto relevante de la COP27 es la revisión del compromiso de los países más ricos de aportar 100 mil millones de dólares anuales, para invertirlos en adaptación en los países más pobres que sufren las consecuencias del cambio climático con mayor severidad. Tal compromiso se ha incumplido sistemáticamente y ha sido un tema que de manera directa o indirecta los países ricos han hecho saber que tal financiación debe venir de la mano privada.

Lo anterior puede convertirse en otro mecanismo perverso de sometimiento de los países que lo necesitan al sector financiero, así como un lavado de responsabilidades de los principales países causantes de la crisis climática. Es un escalón más del control de capital financiero especulativo para incorporar los recursos naturales dentro de instrumentos de deuda (como ya lo está avanzando también con los bosques, el agua, el aire).

Ya lo denunciaba el conocido académico Bellamy Foster en una entrevista reciente (“La solución capitalista para “salvar el planeta”: convertir la naturaleza en instrumentos financieros y venderlos”, Rebelion.org, 02/02/2022), en la COP26 se avanzó en iniciativas, que bajo la sombrilla del cumplimiento del Acuerdo de París, preparan el peligroso camino para que los servicios ecosistémicos sean otra forma de valor de cambio y entren al mercado financiero: la Alianza Financiera de Glasgow para las cero emisiones netas o el plan para hacer que funcione con eficacia el comercio de carbono. De fondo está la apropiación, vía deuda, de los servicios que nos provee la naturaleza, que según cifras del académico, están por el orden de los cuatro billones de dólares estimados en el último siglo.

El poder de los combustibles

Otra cuestión clave en las negociaciones es el compromiso en la reducción a los subsidios a los combustibles fósiles, justo en un contexto de crisis energética y guerra geopolítica. No por nada, como lo denunciaba la ONG Global Witness en una publicación realizada en la BBC de Londres con el título “COP27: Fuerte aumento de los delegados de la industria de los combustibles fósiles en la cumbre del clima”, cuyo número estiman creció un 25% en comparación con la COP26, los cuales están repartidos entre grupos comerciales, pero también en las delegaciones nacionales, ONGs y organismos internacionales. Mientras tanto, dicho sector se está “renovando” con nuevas tecnologías supuestamente limpias como la denominada “captura y almacenamiento de carbón” (CCS por sus siglas en inglés) la cual se coló en la reciente norma más ambiciosa en transición energética aprobada en Estados Unidos para el uso de energías limpias (“Inflation Reduction Act”, 16/08/2022”).

Dicha técnica captura el C02 que emiten las plantas de gas natural y las inyectan en explotaciones para extraer petróleo adicional que de no hacerlo se quedaría atrapado en el subsuelo, es decir, se siguen produciendo emisiones de GEI que de otra forma no se producirían. Lo peor es que se disfrazan de producción limpia y capturan dinero público (ver análisis de Charles Harvey y Kurt House en “Cada dólar gastado en esta tecnología climática es un desperdicio”, The New York Times, 16/08/2022).

Las contradicciones y las resistencias

Muchos de los efectos del cambio climático se experimentan con fenómenos hidrológicos, como las tormentas de mayor intensidad. Foto Frédéric Couzinier

Se ha repetido dentro y fuera de la COP27 que la acción frente al cambio climático es “ahora o nunca”. De hecho, en el discurso inaugural, Antonio Guterres, secretario general de la ONU, advirtió que la humanidad se enfrenta a la disyuntiva de “cooperar” ante el cambio climático o “morir”.

Hay que destacar que estados miembros han brillado por su coherencia en el discurso y por su llamado a la acción con propuestas concretas viables. Es el caso de Colombia con el nuevo gobierno del Cambio en cabeza de Gustavo Petro y Francia Márquez, quien presentó un decálogo que es una hoja de ruta básica y de mínimos que con voluntad política se pueden cumplir.

En dicho decálogo se recogen aspectos como la movilización social global para enfrentar la crisis climática,  la crítica al sistema capitalista y al modelo de mercado cuyos mecanismos no contribuyen a frenar la crisis, sino que la agravan; una búsqueda de una planificación global, multilateral y con sentido público para avanzar a una economía libre de los combustibles fósiles; la obediencia de los organismos financieros multilaterales a las decisiones de la COP y no a la inversa; la eliminación de la financiación por parte de estos a las economías basadas en combustibles fósiles; así como cambiar el enfoque de pago de deuda de los países por inversión en adaptación al cambio climático.

Queda poco tiempo

En los últimos años se ha producido un crecimiento exponencial de movimientos sociales a nivel planetario que revelan las desigualdades e injusticias sociales provocadas por el actual sistema económico y su modelo de progreso.

Ejemplo de ello han sido los movimientos contra el racismo en Estados Unidos, la violencia machista, las violaciones de la Iglesia, los movimientos juveniles o de científicos frente al cambio climático, las acciones de movimientos ecologistas, el movimiento No a la Guerra, las protestas de indígenas, campesinos y agricultores en diferentes partes del mundo.

Ello ha llevado a cambios en gobiernos como el caso de Colombia o Brasil. Si en estos países se pudo contra sus maquinarias mafiosas y de guerra, ¿por qué no en otros rincones? El futuro está en nuestras manos para que cambiemos los gobiernos proclives a las economías basadas en los combustibles fósiles por gobiernos con nuevos modelos basados en la justicia social y ambiental.

Así se cambiará la correlación de fuerzas en la COP del clima, y se avanzará a cambios efectivos a nivel planetario. Ese cambio debe ser ya. Si no cambiamos el actual estado de cosas, nos queda poco tiempo para mantener ciertos niveles de bienestar para la humanidad en el futuro. La respuesta está en nosotros, en la movilización social por los cambios políticos y económicos profundos.