sábado, junio 15, 2024
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Entre la variabilidad y el cambio climático

Ante la posibilidad del regreso del Fenómeno del Niño. ¿Estamos preparados para fenómenos hidroclimáticos cada vez más extremos?

Sergio Salazar
@seansaga

A finales de abril, el Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales, Ideam, reportó en su boletín mensual No. 177 sobre el Fenómeno El Niño-Oscilación del Sur (ENOS), que el Fenómeno La Niña finalizó en enero pasado, tras lo que la Organización Meteorológica Mundial, OMM, ha denominado el “primer episodio triple de La Niña en el siglo XXI”.

Dicho episodio inició en septiembre de 2020, bastante inusual ya que solo han ocurrido tres desde mitad del siglo pasado, parece ser una señal más de las posibles afectaciones del cambio climático en fenómenos naturales de variabilidad climática como el ENOS. Un fenómeno que normalmente se prolonga por unos cuantos trimestres, y que se presenta en media de dos a tres veces por década, es probable que sea más intenso y prolongado (e incluso más frecuente) como lo hemos vivido con el Fenómeno de la Niña que ha pasado.

En el mismo boletín del Ideam se menciona que desde febrero existen condiciones “neutrales” de la temperatura del océano Pacífico en la zona ecuatorial, y que por tanto las variaciones climáticas del país serán las que estamos acostumbrados a presenciar durante el año climático.

¿Llegaron las sequias?

Tras el inusual y prolongado episodio extremo, la calma será de apenas unos meses ya que las probabilidades de desarrollo de un Fenómeno de El Niño cada vez son más altas. Es una situación que suele ocurrir tras un episodio intenso del ENOS en alguna de sus dos fases: fría, La Niña, o cálida, El Niño, tras la finalización de una fase solo se dan unos pocos para dar paso a la fase contraria.

Las predicciones climáticas de la Oficina Nacional de Administración Oceánica y Atmosférica de los Estados Unidos, NOAA –por sus siglas en inglés–, señalan en su reporte de mayo que los siguientes dos meses son una transición hacía El Niño, el cual tiene una probabilidad de persistencia por encima del 90% desde julio hasta diciembre de 2023 en el hemisferio Norte.

Con un poco de menos probabilidad, pero con la misma contundencia, las predicciones del Instituto Internacional de Investigación sobre el Clima y la Sociedad, IRI, indican que El Niño tiene una probabilidad de desarrollo que se mantiene por encima del 80% para el resto del año. Es decir, que ya por el mes de agosto estaríamos empezando a percibir los efectos del fenómeno de El Niño en Colombia el cual persistiría como mínimo hasta fin de 2023.

Los titulares de apenas hace unos meses relacionados con inundaciones rápidamente ya se empiezan a cambiar por el de sequías.

¿Y qué son El Niño y La Niña?

Recordemos que Colombia, por su localización geográfica, tiene una marcada influencia en su climatología por varios fenómenos. Por un lado, las variaciones interanuales (mensuales) de lluvia se deben fundamentalmente al paso por nuestro territorio de la denominada Zona de Convergencia Intertropical, Zcit, dejando dos períodos de lluvia y dos de ausencia de esta.

En las regiones con menor influencia de la Zcit (fuera de la zona andina), se da en general un período largo de lluvias y otro seco. Por otro lado, las variaciones interanuales (menos de una década) se deben en gran medida a fenómenos macroclimáticos como el ENOS.

Eso existe desde hace millones de años, según documentan estudios científicos paleoclimáticos en la región (ver por ejemplo estudio de Baker y Fritz de 2015 que traducido el título sería Naturaleza y causas de la variación climática cuaternaria de la América del Sur tropical); aunque hay otros fenómenos de variabilidad climática que también afectan el territorio colombiano, el ENOS es con el cual estamos más familiarizados por sus efectos sociales.

En la parte final de los reportes del ENOS del IRI se menciona que gracias a los datos históricos se tienen las siguientes tendencias en la actualidad para El Niño y La Niña: tienden a desarrollarse durante el periodo abril-junio, alcanzando su máxima intensidad entre octubre y febrero; suelen persistir entre nueve y doce meses, aunque ocasionalmente persisten hasta dos años (como lo que acabamos de observar con La Niña); suelen repetirse cada dos a siete años.

Retos políticos y sociales

Como lo mencionábamos en diciembre de 2022 cuando se declaró la “Situación de Desastre de Carácter Nacional” (ver ¿Por qué el desastre cada temporada invernal? en www.semanariovoz.com), la pérdida de memoria colectiva cada vez que ocurre un evento hidrometeorológico o hidroclimatológico extremo debe combatirse con voluntad política y decisiones que vayan a la raíz del problema, así como una visión social de la apuesta por la transformación territorial a largo plazo.

La institucionalidad del Sistema Nacional Ambiental tiene el reto de implementar sus principales instrumentos para una adecuada planificación territorial y adaptación a las variaciones y el cambio climático. Por un lado, el Ideam, como organismo científico con tares primordiales en la observación y conocimiento del clima y la hidrología del país, requiere un mayor fortalecimiento en su funcionamiento con más presupuesto y más personal de planta para atender los múltiples procesos de generación de información para la toma de decisiones (redes de monitoreo, proyectos de investigación, informes, etc.).

Por su parte, las Corporaciones Autónomas y de Desarrollo Sostenible deben avanzar a marcha forzada en implementación de los Planes de Ordenación y Manejo de Cuencas Hidrográficas, Pomca, y los Planes de Ordenamiento del Recurso Hídrico, Porh, dos instrumentos centrales que tienen incorporado en sus diagnósticos y visión de futuro los posibles efectos de la variabilidad y el cambio climático. Estos contribuyen a la planificación territorial en torno el agua; su desconocimiento va en detrimento de los avances que en dicha materia se tienen hasta la fecha gracias a la visión de la gestión integral del recurso hídrico y de sus servicios ecosistémicos.

Para facilitar la gobernabilidad (y combatir la corrupción) dichas autoridades debieran reagruparse por límites biogeográficos (macrocuencas, por ejemplo) y no depender de su traslape con los limites departamentales. En línea con lo anterior, las políticas agrarias (en perspectiva con lo firmado en el Acuerdo de Paz) debieran fortalecer la pequeña producción agroalimentaria con base agroecológica y considerando su planificación con base en los Pomca y Porh.

Los grandes latifundios, grandes consumidores de agua, con riqueza para pocas manos deben dejar de ser la norma. Igualmente, la política de vivienda no puede seguir siendo la de permitir el crecimiento urbano externalizando sus problemas a las zonas rurales e incluso remotas (un ejemplo es la construcción de presas y trasvases de lugares remotos pueden generar un beneficio a la ciudad, pero a su vez serias repercusiones ambientales y sociales allí donde se construyen).

La disponibilidad de agua en calidad y calidad, y la ocupación de territorios seguros y con baja afectación ecosistémica, son parte de los principales condicionantes en el ordenamiento territorial local que no deben saltarse (como suele ser desgraciadamente una de las practicas comunes en los municipios y ciudades).

Movimiento social

Finalmente, el acompañamiento de tales políticas requiere de un movimiento social vital que refleje los conflictos territoriales y a su vez sus potencialidades de desarrollo desde una visión del bien común.

Eso solo será posible si mantenemos el control social sobre el gobierno del cambio, apostando por su mantenimiento en el futuro e insistiendo en la transformación del territorio desde lo local, que es más efectivo y expedito en el tiempo.

Así seremos territorios más resilientes frente a las problemáticas climáticas y ambientales, pero también hacía la construcción de un futuro común más sustentable.

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