Elecciones en Estados Unidos: ¿Hillary mejor que Trump?

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Mirando en detalle la agenda de cada candidato, la conclusión podría ser otra. Empezando porque hay cuestiones “de interés nacional”, para las que no hay discrepancias entre los dos candidatos ni entre las colectividades políticas que representan.

Hilary Clinton y Donald Trump

Alberto Acevedo

Con el triunfo de la candidata demócrata Hillary Clinton, en las primarias de Nueva Jersey, Nuevo México, Montana, Dakota del Sur y California, celebradas el pasado 7 de junio, la aspirante presidencial aseguró su nominación para ocupar la silla oval de la Casa Blanca, a partir de las elecciones del próximo 6 de noviembre en Estados Unidos.

De esta manera, Hillary Clinton alcanzó el número de delegados suficiente para conseguir la nominación de su partido, el demócrata, a las elecciones presidenciales de fin de año. Ahora alista baterías para enfrentarse en solitario con el aspirante republicano, el ultraconservador Donald Trump.

Descontado que para los comicios de noviembre la contienda estará entre la demócrata Hillary Clinton y el republicano Donald Trump, los observadores de la política latinoamericana comienzan a preguntarse, cuál de los dos conviene más a los intereses de los países al sur de Texas.

Una mirada simplista, califica a Trump como el más odioso por su discurso racista, xenófobo y ultranacionalista. Sin embargo, mirando en detalle la agenda de cada candidato, la conclusión podría ser otra. Empezando porque hay cuestiones “de interés nacional”, para las que no hay discrepancias entre los dos candidatos ni entre las colectividades políticas que representan. Por ejemplo, frente a la crisis medio ambiental, la carrera armamentista, la defensa del arsenal nuclear de su país, la cuestión palestina, por solo citar algunos casos. Pero también frente a Venezuela, Cuba y en general los gobiernos progresistas de la región, se podría adelantar que las diferencias se reducen a matices.

En el caso concreto del pensamiento de la muy segura nominada a la presidencia por el partido demócrata, vale la pena remitirse a su historial político. Y encontramos entonces un prontuario de criminalidad.

Durante la presidencia de su esposo, Bill Clinton, con el apoyo de su mujer diseñó el Plan Colombia, que anegó en sangre a este país suramericano. Hace poco, la señora Clinton reivindicó esa política intervencionista. Incluso reconoció que el Plan Colombia había conseguido objetivos no declarados; tal vez se refiera al paramilitarismo, a la guerra sucia o a los genocidios contra la población indígena y campesina.

En 2009, en calidad de Secretaria de Estado, apoyó el golpe de Estado contra el presidente constitucional de Honduras, Manuel Zelaya. Nunca negó su involucramiento en esa aventura golpista pese a que se desató en esa nación una ola de violencia y violaciones a los derechos humanos, que aún hoy, tienen expresión en una cadena de asesinatos de líderes sociales, como el de la dirigente indígena Berta Cáceres.

Respondiendo a críticos que le hablaban de la existencia de bandas criminales de carteles del narcotráfico, al amparo de los gobiernos golpistas que el Departamento de Estado aupó, la señora Clinton manifestó, en entrevista para Democracy Now: “Tenemos que hacer un plan Colombia para Centroamérica”.

Transnacional de derecha

Después vinieron, bajo los gobiernos de su partido, una serie de ‘golpes blandos’ en América Latina: en Paraguay, contra Fernando Lugo; en Argentina, contra los Kirchner; en Brasil, contra Dilma Rousseff. Y algunas intentonas frustradas, como en Bolivia contra Evo Morales; en Ecuador contra Rafael Correa; todo el proceso golpista en Venezuela y las conspiraciones por desarticular procesos de integración regional, que se expresan en Unasur y la Celac.

En 2015, el Departamento de Estado desclasificó documentos secretos que indican que la ex secretaria de Estado fue coautora de una reforma energética en México, que resultó lesiva a los intereses de esa nación y en contra de su petrolera Pemex, con claras ventajas a favor de empresas transnacionales como la Exxon Mobil, la Chevron y la British Petroleum.

Por el carácter radical del discurso de Trump, que se ha ganado numerosos enemigos, un eventual gobierno suyo tendría importantes contrapesos. No así un gobierno de la señora Clinton. Los gobiernos golpistas de América Latina ganarían legitimidad y credibilidad “democrática”. Hillary es la pieza clave que necesitan los sectores de derecha emergentes en el continente, que apuntarían a un consenso continental de la burguesía financiera, para retrotraer los procesos progresistas.