El retorno tiene rostro de mujer

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: Muestra fotográfica de la Colectiva de Refugiadas, Exiliadas y Migradas en España, creada en la comunidad valenciana. Foto Atelier

Para quienes viven en el exilio, el nuevo momento político mueve emociones y deseos de todo tipo. Muchas de las desterradas no creían que un gobierno alternativo llegara a la Presidencia, o al menos, estando vivas. De forma cautelosa esperan el momento adecuado para el regreso

Yuli Torrez Guillén

Colombia ha sido un país reproductor de víctimas que han tenido que moverse de sus lugares de origen para proteger sus vidas. En el mundo, existimos mujeres colombianas refugiadas, exiliadas, asiladas que hemos sido arrancadas de la tierra para echar raíces en otras latitudes, muchas veces, sin querer estar allí, aunque tengan “todo” lo que necesitan, aunque puedan caminar “tranquilas” por las calles, sin el miedo a ser asesinadas por sus luchas políticas y sociales.

Cuando se habla de víctimas en el exilio, se tiende a pensar en varones que tuvieron que irse a causa de la persecución política, pero muy pocas veces se nombra a la mujer que acompaña a esos varones, a sus hijos e hijas para cuidar y proteger sus vidas. Esto, en caso de que las mujeres no hayan sido perseguidas, siendo que Colombia aporta una gran cuota de exiliadas por sus luchas sociales, políticas, sindicales, entre otras.

Responsabilidad familiar

Justamente el rol de cuidadoras que se les asigna a las mujeres otorga una responsabilidad hacia la familia que no se les exige a los varones. La antropóloga Donny Meertens, menciona que “(…) las mujeres colombianas, de hecho, sufren los efectos indirectos de la violencia política, por ser ellas encargadas de la supervivencia de la familia bajo cualquier circunstancia: como viudas, jefas de hogar, familiares de presos políticos o desaparecidos”.

Ahora bien, ¿Qué pasa con las mujeres que se encuentran en el exilio y desean volver a su terruño? En este sentido, es importante mencionar que, luego de que la familia, principalmente los hijos e hijas han crecido, nacido y habitado otro país, a las madres se les hace muy difícil volver, aunque quisieran.

Porque parece que el exilio se repitiera, vuelves a desterrarte de ese lugar que fue un refugio, un lugar para proteger a la familia, mezclado con el deseo del retorno, del encuentro, de la mirada nostálgica y ausente que siempre estuvo presente, y se encuentran con la negativa de esas personas que estuvieron al cuidado de esas mujeres y que deciden no volver a Colombia.

El retorno empieza a tomar fuerza, cuerpo y a convertirse en una decisión que invade la mente, el imaginario y está ahí latente, llena de esperanzas, es justamente ese rostro de mujer que pone el cuerpo, la mente, los hombros para cuidar y darle confianza a su familia de que todo estará bien, mientras su núcleo se encuentre unido.

Del exilio y las mujeres

Esta es otra forma de retenerlas, porque decidir volver, puede convertirse en el abandono de la familia, porque esos que antes dependían de las decisiones de su madre y padre, ahora son personas autónomas que pueden elegir quedarse en los países de acogida y nuevamente recae la responsabilidad sobre los hombros de esas mujeres exiliadas que desean el retorno.

Natalia Álzate hace una dedicatoria muy especial en su investigación denominada: Mujeres colombianas exiliadas. Seguimiento de procesos migratorios. Caminos de lucha, reconstrucción de nuevos proyectos de vida:

“Ellas salen con lo que llevan encima: la ropa y sus vidas. Con hijos e hijas en brazos se lanzan a la aventura de lo incierto, del sin rumbo, persiguiéndolas el miedo, pisándoles los talones las amenazas por el solo hecho de querer transformar este sistema sociopolítico devorador de lazos comunitarios que día a día hace desaparecer y en su lugar siembra individualismo, terror, angustia y destrucción.

“¿A dónde ir? Se preguntan ellas, ¿Dónde dormir y qué comer? En medio de estas preguntas aparece aquella mujer salvaje, la mujer poderosa, la que no se deja vencer. Aquella mujer que empieza desde la poca fuerza que le queda a pedir ayuda, respaldo, seguridad. Algunas mujeres solas o acompañadas sacan las garras y lo que haga falta. Entre los nervios y el miedo, se sobrevive, se salvaguarda la vida de sus otros, de su red, de lo que queda a la vista, de lo tangible.

“Abriéndose entre flashes de recuerdos, llegan a un lugar jamás visto, jamás escuchado, jamás pensado para vivir. Extrañas costumbres, climas, comidas, normas y ciudades empiezan a ver, vivir, a sentir quieran o no el precio de la lucha, que es el peso del sacrificio, de la apertura involuntaria.

“Guerreras desde siempre no se dejan de las adversidades del ahora, desde otras tierras caminan, recorren un camino del presente, un camino hacia delante. Solo miran atrás para narrar lo vivido porque saben que en el campo de guerra cuando se logra salir de allí hay que buscar otra estrategia, la estrategia de visibilizar, de construir redes de apoyo, de sanar, pero nunca, nunca dejar de luchar, de vivir, de respirar, dejar de amar, dejar de cuidar, de proteger y protegerse. Siguen presente mujeres de lucha, mujeres sabias, mujeres de raíces, de aquellos lugares que las vieron nacer”.

Se hace difícil no pensar en ese retorno, muchas veces romantizado por el deseo de respirar esos olores de los lugares recorridos, por el abrazo de la madre, de la hermana, de quienes nacieron y crecieron mientras estaban lejos y que hoy se ve como una posibilidad más cercana, aunque de forma cautelosa se mire de lejos, se piense y se espere el momento “adecuado” para el regreso.

Reunión de mujeres exiliadas y refugiadas. Foto cortesía

Emociones y sentires

El escritor uruguayo Eduardo Galeano mencionaba en una entrevista que, “muchas veces me pregunto -yo, que me fui- si no fue todavía más duro el exilio de adentro. Y me parece que eso, visto desde afuera, se perdía de vista. Como que había una tendencia nuestra -la de los exiliados, en general- a creer que el drama era aquél: irse sin poder volver. Yo me había ido del Uruguay y después de la Argentina, pero creo que fue peor el exilio de los que se quedaron adentro”.

Y es que el exilio y el retorno deben tomar fuerza de los sentires de quienes lo viven. No son definiciones escuetas, al contrario, engloban emociones que no pueden definirse, porque es ese domingo de invierno frío del sur; gris; sin café, sin los tuyos, sin el abrazo que contiene, sin el olor a la abuela y la nostalgia, te invade cada rincón de ese refugio que a veces parece una cárcel.

El retorno tiene rostro de mujer, de todas las mujeres que salieron perseguidas o acompañando a sus familias, cuidando y exponiendo más de lo que podían para que nada, ni nadie tocara a los suyos. A todas esas mujeres que viven en el exilio, el retorno, tiene tu rostro, tus ojos, tus deseos de volver.

Una deuda histórica

“El exilio afecta de manera diferenciada a la población más vulnerable, como las mujeres, niños y niñas, jóvenes, adultos mayores, indígenas y afrodescendientes exiliados, algunos de los cuales han permanecido fuera del país durante años o décadas. El Estado y la sociedad colombiana, en conjunto, tienen una deuda histórica en torno al reconocimiento de esta forma de violencia que ha estado presente desde la génesis misma del conflicto armado”, esto según relata el informe Exilio colombiano: huellas del conflicto armado más allá de las fronteras del Centro Nacional de Memoria Histórica.

El informe deja diez conclusiones y recomendaciones que van desde pistas para narrar el exilio en el marco del conflicto armado, hasta la forma en que el Estado y la población debe reconocer esta forma de violencia, pasando por la importancia de la memoria y de la expresión oral para reconstruir la historia y hacer resiliencia.