Editorial
El pasado 26 de septiembre vimos circular todo tipo de información mentirosa, desde las esperadas falacias sobre las reformas tributaria y política, hasta afirmaciones absurdas, como la versión que Petro va a dividir Antioquia en tres departamentos o que los médicos cubanos están haciendo hechicería y santería a la ciudadanía colombiana.
Pueden sonar muy estúpidos, pero estos engaños son coherentes con la campaña de propaganda uribista, que pretendía apelar a las emociones más primitivas de la gente para movilizarla contra Petro. Esta fórmula les rindió frutos hace algunos años durante el Plebiscito por la paz, y hoy vuelven a utilizarla con los mismos propósitos: mantener engañado al pueblo para seguir explotándolo y continuar enriqueciéndose a costa de la miseria popular.
Durante la jornada del lunes anterior el uribismo no buscaba plantearle en las calles un pulso político al gobierno. Lo que necesitaban afanosamente eran titulares para la prensa con el fin de desviar la atención del público sobre los sucesos que estaban ocurriendo en la frontera colombo-venezolana.
Allí no solo se estaban retomando las relaciones entre ambos países luego de varios años de ruptura, sino que, además, este evento diplomático marcó el fracaso de la sumisa política exterior que Duque le impuso al país los últimos cuatro años, en su condición de peón sumiso al servicio de Estados Unidos para tratar de derrocar al Gobierno Bolivariano de Venezuela e imponer a políticos venezolanos al servicio del imperialismo norteamericano.
La diplomacia colombiana no se ha distinguido precisamente por su actitud soberana. En los últimos años la situación pareció empeorar, en la medida que nuestro país se tornó en el puntal de la agresión estadounidense contra los gobiernos populares que surgieron en la región al despuntar el siglo XXI.
Uribe puso el territorio colombiano al servicio del Comando Sur de los Estados Unidos entregándole siete bases militares, y además nuestra política exterior durante su gobierno jugó un rol disociador en América Latina. Luego, el presidente Santos buscó una integración más orgánica con los intereses geoestratégicos norteamericanos al iniciar el proceso de asociación de nuestras fuerzas armadas a la OTAN.
Duque heredó jubiloso la obra de sus antecesores, empeoró el talante entreguista y elevó el nivel de agresividad contra el vecindario, pues prestó al país para toda la infame campaña de desestabilización de Venezuela. Volcó toda la diplomacia para apoyar al payaso y desvergonzado sirviente de los Estados Unidos, Juan Guaidó. Quien acolitó el saqueo del patrimonio venezolano a manos de los pillos que se proclamaban opositores; además, tomó parte en todas las maniobras de agresión contra sus connacionales y contra su patria.
Juan Guaidó e Iván Duque se aliaron y desde territorio colombiano urdieron una invasión a Venezuela, simulando llevar ayuda humanitaria a ese pueblo. La situación fue tan peligrosa que, si no hubiera sido por la sensatez del presidente Nicolás Maduro, Trump hubiera invadido a Venezuela con la complicidad de Iván Duque.
Este con su obsecuencia absoluta a las imposiciones del gobernante estadounidense, además sacrificó la seguridad alimentaria, los puestos de trabajo de miles de nuestros compatriotas, la economía de cientos de miles pequeños y medianos empresarios de Cúcuta y otras regiones fronterizas al romper las relaciones diplomáticas con el Gobierno de Nicolás Maduro.
Con la reapertura del puente Simón Bolívar se da un paso acertado en el proceso que inició el Pacto Histórico desde el pasado 7 de agosto para reconstruir las relaciones con Venezuela. Esta labor no solo marca un viraje político frente a lo que había sido nuestra diplomacia duquista, sino que además muestra el esfuerzo del nuevo Gobierno por el bienestar de su ciudadanía.
El desastre de lo ocurrido en los últimos cuatro años no se ha dimensionado lo suficiente, tal vez porque muchas veces, debido al fuerte centralismo, nos cuesta entender las realidades de las regiones del país relativamente distante de Bogotá.
Las regiones fronterizas del nororiente colombiano serán las primeras beneficiadas tras lo ocurrido este 26 de septiembre, pues se calcula que tras la reapertura de los puentes colombo venezolanos el intercambio comercial podría ascender a más de 7.000 millones de dólares, y este estimulará el empleo tanto en Norte de Santander como en el estado de Táchira. Además, los graves problemas de seguridad propios de una zona fronteriza se podrán abordar de manera bilateral y con mayor eficacia.
Al retomar las relaciones diplomáticas con Venezuela, Petro no está haciendo una declaración política o ideológica hacia Maduro. Es un acto de responsabilidad principalmente con Colombia. La errónea forma en que se llevaban las relaciones con nuestro vecino amenazó nuestra paz, y además paralizó negocios y rompió familias.
Sin embargo, lo que ha venido haciendo la administración Petro en materia diplomática tiene un trasfondo de un gran valor: se comienza a dar el viraje hacia una política exterior que prioriza la diplomacia y el respeto a la soberanía y la autodeterminación de los pueblos y pone en primer lugar los intereses de Colombia y rescata la soberanía nacional hasta ahora entregada a las imposiciones estadounidense. Bienvenidas y larga vida a las fraternales relaciones colombo venezolanas.