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“El liderazgo nace con uno y por una historia de vida”

Una serie de vivencias personales reflejan algunos de los problemas que desde hace décadas agobian al campo colombiano, especialmente a las mujeres. Pero que también muestran la necesidad de la organización para resistir, defender la vida y el territorio y proponer cambios de fondo

Juan Carlos Hurtado Fonseca
@aurelianolatino

El 23 de octubre de 2011, cuando se transportaba en su camioneta del Corregimiento del Palo a Caloto con su madre y sus dos hijos, la lideresa campesina Orgeni Viera Bentancourth fue víctima de un atentado contra su vida.

Cuatro motos con dos hombres cada una aparecieron en el camino, se le acercaron “a la camioneta y le dieron nueve balazos. Yo trabajaba como técnico administrativo de la Secretaría de Desarrollo Social y ayudaba a los campesinos, a las comunidades afro e indígenas. Me sentía culpable de que le iban a hacer daño a mi familia. Todo fue por haber liderado la oposición a la minería en la zona de reserva. Es que el río Palo tiene mucha riqueza, querían hacer un embalse y la asamblea decidió que en esa zona no hubiera explotación. Por eso me habían mandado a matar”, explica la dirigente de la Federación Nacional Sindical Unitaria Agropecuaria, Fensuagro.

Tuvo que salir de la región por unos meses, tiempo en el que reflexionó sobre su quehacer: “Me cuestionaba ‘por qué Dios mío si yo no le hago nada malo a la gente’. No entendía la dimensión de lo que hacía”. Regresó al territorio para seguir defendiendo la vida y luchando por los derechos del campesinado.

La de Orgeni no dista de la vida de miles de campesinas que en diferentes latitudes de la Colombia rural deben enfrentar adversidades para sacar a sus familias adelante y cultivar sus parcelas, en medio del olvido estatal y la violencia que desde hace décadas los desplaza o los asesina para quedarse con sus tierras.

Una niñez feliz 

Orgeni Viera Bentancourth nació en 1976 en el municipio de Caloto al norte del departamento de Cauca, más exactamente en la vereda Valles Hondos en la finca de sus abuelos, donde su abuela materna era una reconocida partera.

Ante la ausencia de médicos en el sector y la dificultad de ir a un municipio por el estado de las vías, su madre acudió a su casa materna para el nacimiento de su hija.

Sus primeros recuerdos de vida son en la finca de su abuelo, con esos amaneceres fríos que los adultos calentaban con un café con panela, comiendo guayabas recogidas del árbol con sus primos, los chachafrutos, los caballos, ayudar en las huertas, ordeñar y tomar la espuma de la leche en hojas de guayaba, el trapiche.

Por algunos años fue así, hasta que sus padres tuvieron que desplazarse al casco urbano de Palobajo para que ella pudiera estudiar, cuando tenía seis años de edad.

Esa niñez color rosa terminó al iniciar sus años de secundaria, justo cuando su papá resolvió radicarse en Norte de Santander, entre otros objetivos para que ella tuviera una mejor educación. Pero también huyendo de la violencia que crecía en el norte del Cauca: “Desde Simón Bolívar esas tierras han sido un escenario de sangre”, comenta Orgeni.

El señor Viera había decidido desplazarse con su familia porque había visto a los hombres que en medio de una pelea mataron a su cuñado de 18 años. “Ya cuando uno crece y entiende el panorama sabe que a la gente la mataban por las tierras, para quedarse con ellas. Una de las maneras de desplazar a las familias que tenían buenas tierras era esa: o la vendía, o empezaban a buscarle pelea a los hijos, o los mataban”, dice la lideresa de Fensuagro al referirse a esa catástrofe que recorrió los rincones del país rural.

El primer desplazamiento

En 1989, cuatro años después de estar en Norte de Santander, su papá es asesinado. Orgeni cree que por paramilitares. Ella estudiaba en Cúcuta en un colegio de los padres Carmelitas donde fue de las mejores del departamento, pero por las nuevas condiciones, en medio del dolor su mamá decide regresarse.

En el retorno al Cauca encontraron que el socio de su padre se había robado lo que administraba. Sin recursos, su madre inició a trabajar ayudando a sembrar y coger café, haciendo lencería, muñecos de peluche y montando un pequeño almacén. Así, como lo hacen miles de campesinas, sola se echó la responsabilidad de la familia.

Con nostalgia, Orgeni evoca que la finca de sus abuelos era autosostenible. Sueña con que muchos campesinos y campesinas puedan volver a tener las posibilidades de contar con un terruño, que produzca lo necesario para el sostenimiento.

Sabe que “la gente del campo ha cambiado la cultura de sembrar, no siembran como mi abuelo, sin químicos, sin contaminantes, sin pollos criados en solo 45 días, sin alimentación no sana por el afán de que se den rápido las cosas para ir a venderlas. Así contaminaron la tierra, con químicos”.

Sin embargo, entiende que ya no hay las mismas oportunidades de antes y que el desarrollo económico sin atención a la ruralidad ha hecho que las familias ya no estén unidas: “También es por la falta de oportunidades, pero la concepción de familia ha cambiado, hasta la tecnología ha influido”.

Su liderazgo inició en la escuela gracias a sus capacidades académicas. En algunas oportunidades los profesores la dejaban encargada del curso. A los cinco años, su padre le enseñó a leer en páginas de periódicos y de él también recuerda una premisa que ha convertido en un principio rector de su existencia: “Hay que compartir con la gente lo que uno tiene, jamás darle de lo que a uno le sobra”. Fundamento que sumado a su experiencia y conocimiento le ayudaron a iniciar su vida como lideresa. Tal vez por todo eso, en la junta de acción comunal la llamaban para que ayudara a organizar actividades para jóvenes y niños.

Otro intento de paz

Por esos años el M-19 se movía en esas tierras y se hablaba de la posibilidad de la paz. Los de la junta de acción comunal le decían que eso era algo muy bueno porque no volverían a haber combates en esas veredas.

No obstante, aun con el cumplimiento de esa guerrilla la paz no llegó: “Luego de que el Eme entregara las armas, llegó al Palo un grupo armado buscando a los jóvenes para matarlos. Mi tío estaba en una discoteca con la novia, no se alcanzó a volar y lo mataron y lo quemaron. Mucho después entendí que era gente que quería ganarse ese territorio. Mataron a seis personas. Muchos se salvaron porque se botaron al río. Mi abuela casi se vuelve loca, fue algo muy duro para todos. Ahí me prometí que teníamos que organizarnos para que no nos mataran, para que respetaran nuestros derechos como campesinos”.

Por escenas como esta que se repiten en todo el país, la asamblea de mujeres realizada en el contexto del congreso nacional de Fensuagro, entre otras cosas concluyó: “Se debe cumplir a cabalidad el acuerdo de paz. La entrega de tierra para quienes no han tenido, como para quienes han sido desplazadas/os por este contexto de conflicto”.

La organización, fundamental

Otra situación que marcó la vida de Orgeni fue ver cómo los indígenas y las comunidades afro rechazaban la presencia de campesinos en lo que ellos consideraban sus territorios. No entendía por qué, hasta que un día en 1994 pudo hablar con un dirigente de la Unión Patriótica, don Ricaurte Castro, quien le explicó lo que sucedía con esas comunidades y la violencia que se tomaba con más fuerza esos territorios. Dejaba a su hija de año y medio con su mamá o alguien más y se “escapaba” a reunirse con el líder campesino.

“Él empezó a explicarme lo de la Ley 160 de 1994, las luchas de los jóvenes para que se cambiara la Constitución, pero que en esta los campesinos no habíamos quedado reconocidos, las luchas agrarias y muchas otras cosas referentes al campesinado. Fueron muchas horas de diálogo. Yo lo escuchaba atentamente. También le preguntaba por qué nos mataban, por qué mataban a la gente buena”.

Ella insistió en que le dijeran qué se podía hacer para que la respetaran como campesina, que no fuera señalada por las otras comunidades por no pertenecer a ellas. La respuesta de don Ricaurte fue que debían declararse Zonas de Reserva Campesina, ZRC.

Inicialmente se habló con las juntas de acción comunal pero no hicieron eco de la idea, afirmaban que era mejor meterse en el censo de los indígenas. Solo años después, por allá en el 99, estas juntas y líderes campesinos iniciaron a hablar con seriedad de la necesidad de las Zonas.

Orgeni era tan inquieta que se movía en diferentes espacios. Organizó un grupo de jóvenes e integró uno de mujeres, que también ayudaron a pelear por las ZRC. No obstante, nunca abandonó su misión de dar a entender y pelear “porque a la gente del pueblo no la podían matar”. Una lucha por la defensa de la vida que mantiene en la actualidad.

Don Ricaurte la invitaba a hablarle al campesinado de las veredas donde la gente había manifestado no querer ser resguardo indígena, para preguntarles si querían ser Zona de Reserva. “Yo era muy joven. Iba y hablaba con la gente pero apenas tenía un panorama del problema. No comprendía toda la dimensión de lo que eso significaba”.

La masacre del Palo

Los procesos se adelantaban lentamente, aunque tuvieron un retroceso con la llegada de los paramilitares. “En 2001 fue la noche negra. El 23 de febrero a la madrugada entraron al Palo. Fue horrible. Mataron a seis personas, entre ellos a dos primos que eran los más buenos. Uno era el dueño del asadero y el otro tenía una carnicería. Luego de eso el Palo se convirtió en un pueblo fantasma, solo quedaron como nueve familias. Se había ido el 98 por ciento de la gente. Vendieron las cosas y se fueron a aguantar hambre afuera. Ese día también mataron a don Ricaurte. No llegaron con lista, llegaron tumbando las puertas, la gente se volaba por donde podía”.

La muerte del dirigente político de la Unión Patriótica fue uno de los golpes más duros que Orgeni ha recibido. Dice que era un hombre muy sabio que supo orientarla para que se instruyera y se convirtiera en la reconocida lideresa que es.

La masacre no la amilanó para seguir defendiendo el territorio, el derecho a permanecer en él y a declarar las ZRC. Aparecieron nuevos liderazgos y en 2002 en Caloto se organizan como Zona de Reserva, aunque sin el reconocimiento del Estado, pero con una figura jurídica como Asociación de Trabajadores de la Zona de Reserva Campesina, con participación de pobladores de zonas rurales de Caloto, Miranda y Corinto, y filial de Fensuagro. Tres organizaciones, una por cada municipio.

“Desde allí la bandera de nosotros ha sido Fensuagro. Siempre defender la línea agraria y la lucha, participar en los paros. Hemos tenido muertos, líderes amenazados por defender la vida, el territorio, la territorialidad, la gobernabilidad y el medio ambiente”.

Decidieron participar en elecciones y apoyar a un candidato a la Alcaldía con el compromiso de que los apoyara en su objetivo de conformar la Zona Campesina. Les cumplió y los legitimó, aunque el Gobierno de Uribe les negó ese derecho.

Fensuagro feminista

Es necesario que el ejercicio de democratización de la tierra se haga también para las mujeres, porque una campesina sin tierra no es campesina. Así lo declaró la asamblea de mujeres. Foto Cortesía Fensuagro

Ahora, como organización acordaron apoyar al actual gobierno por “ser alternativo y progresista”, y esperan que le dé el reconocimiento al campesinado como sujeto de derechos, acabar el conflicto armado en el territorio o la paz total, una reforma agraria, la legalización de las Zonas de Reserva Campesina. Es decir, que se materialice la agenda campesina.

“Esperamos, en el marco del nuevo gobierno, la implementación de la Reforma Agraria Integral y los acuerdos, por supuesto desde la movilización. Así como la reforma tributaria. Es imprescindible que se implemente la ley de ZRC como propuesta para democratizar la tierra. Necesitamos que las demandas de las mujeres campesinas y rurales se hagan realidad”, como lo dice una de las conclusiones de las mujeres de Fensuagro.

La dirigente expresa que no será fácil negociar lo relacionado a los cultivos de uso ilícito para que en los territorios exista otra realidad, una favorable a la paz.

Orgeni es abogada y cursa una maestría en Administración Pública, y ha hecho otros estudios técnicos que le han entregado más elementos para seguir construyendo y fortaleciendo a la organización, que también cuenta con una amplia agenda feminista.

Así lo explicó la asamblea de mujeres: “El feminismo Campesino y popular está en contrarrestar las políticas de muerte, la hegemonía del poder, el imperialismo, el racismo y el capitalismo. Es saber que es la lucha de clase. Y como lucha de clase, las mujeres estamos para seguir construyendo poder popular desde la transformación, desde las prácticas ancestrales, desde el cuidado de la familia”.

Y de manera más ambiciosa, la Federación tiene en la mira a las estructuras sociales y reclama mayor compromiso y participación por parte de los hombres: “Estamos en contra de cualquier manifestación violenta contra hombres y mujeres. Queremos que en Fensuagro, tengamos la capacidad de entender que este capitalismo y patriarcado invisible está en toda la estructura cultural, política, económica, los hombres tienen privilegios que no tenemos las mujeres. Privilegios que no tenemos solo por nacer y ser mujeres. Queremos que los compañeros tengan la capacidad política de entender que tienen privilegios solo por ser hombres. Privilegios que los llevan a maltratar o ser capaz de asesinar a una mujer ‘por no vivir conmigo’. El feminismo no es solo por las mujeres, sino que queremos que los hombres de Fensuagro sean feministas. Que Fensuagro en su totalidad sea feminista”.

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