El Basilisco anticomunista de Laureano Gómez

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Laureano Gómez

Lo más destacable de la quimera anticomunista de Laureano fue que terminó convertido en un Basilisco que en 70 años de guerra ha devorado más de un millón de colombianos, expropiado millones de hectáreas de tierra a campesinos, y convertido la palabra “libertad” en una serie de dictaduras

Laureano Gómez
Laureano Gómez

Alberto Pinzón Sánchez

La estrategia “electoral” de Laureano Gómez, el caudillo falangista del Partido Conservador, tiene su origen en el triunfo del Partido Liberal en 1930, que insinuó algunos pequeños pasos hacia la separación entre la Iglesia y el Estado, unión establecida férreamente en un Concordato, durante el llamado por los historiadores oficiales “periodo de la Regeneración y la hegemonía conservadoras”, iniciado en 1886 por el ex liberal Rafael Núñez.

En 1939, concluida la guerra civil española y triunfante el nacionalcatolicismo de Franco, Laureano Gómez, azuzado por los sectores más ultramontanos del clero colombiano (caja de resonancia del clero español) y apoyado por la prensa del ruidoso, agresivo y fatuo grupo de los autodenominados “leopardos conservadores”, convirtió, para fines puramente electorales, aquellas insinuaciones laicas en Colombia en una “amenaza nacional contra nuestra santa y patriótica madre Iglesia”, parte inseparable del complot mundial adelantado después de finalizada la Primera Guerra Mundial y ocurrida la revolución bolchevique, por la masonería mundial, la ideología del liberalismo y el comunismo internacional, objetivos de la destrucción militar de Hitler.

Triada que en Colombia se constituyó en el ariete político ideológico violento del Partido Conservador contra las tímidas reformas iniciadas por el Partido Liberal, especialmente las reformas sobre la tenencia de la tierra promulgadas por López Pumarejo, quien después de tan tremenda ofensiva reaccionaria debió entregar el poder en 1945 al virrey norteamericano Lleras Camargo, para que profundizara en Colombia el encuadramiento “anticomunista occidental y cristiano” iniciado en el continente americano por el imperialismo anglosajón una vez concluida la Segunda Guerra Mundial con el Acta de Chapultepec firmada el 8 de marzo de 1945.

La lucha de clases y el proceso político colombiano que la reflejaba en aquellas fechas se precipitaron en Colombia con la división en el seno del Partido Liberal entre una fracción de izquierda representada por el dirigente popular J.E. Gaitán y la fracción oficialista de Gabriel Turbay, que en medio de una creciente violencia política le abrió paso, en 1946, al triunfo electoral del candidato conservador laureanista Ospina Pérez, seguido por la “conservatización chulavita” del aparato estatal que condujo, el 9 de abril de 1948, al magnicidio político de J.E. Gaitán y al llamado bogotazo, con su extensión posterior a todo el territorio de Colombia.

Ese fatídico día de la historia colombiana, Laureano Gómez, quien se encontraba plácidamente en su casa horneando pandeyucas (como suele suceder con estos personajes), ante la presencia de “la chusma gaitanista” salió huyendo apresuradamente de su casa para refugiarse, obviamente, en la España cañí de Franco, donde permaneció 14 meses perfeccionando en terreno, su nacionalcatolicismo o falangismo, hasta el 24 de junio de 1949, cuando ante una fanatizada manifestación conservadora que salió a recibirlo en el aeropuerto de Medellín, le dio vida al monstruoso Basilisco que durante los siguientes 65 años devoraría a los colombianos, así:

(…) “Nuestro Basilisco camina con pies de confusión y de ingenuidad, con piernas de atropello y de violencia, con un inmenso estomago oligárquico; con un pecho de ira, con brazos masónicos y con una pequeña, diminuta cabeza comunista, pero que es la cabeza. Este es el resultado de una elaboración mental. Es la deducción que se hace de la consideración de los últimos hechos del país, con el cuidado con el que un químico en un laboratorio seguirá la trayectoria de las reacciones para sacar la conclusión; así tenemos que el fenómeno mayor que ha ocurrido en los últimos tiempos, el 9 de abril, fue un fenómeno típicamente comunista, pero ejecutado por el Basilisco. La cabeza pequeña e imperceptible, lo dispuso, y el cuerpo lo llevó a cabo para vergüenza nacional.

Todos vosotros sabéis que el fenómeno actual del mundo es la sucesiva caída de unos países y otros tras el Telón de Acero. Ahora bien: esa caída se ha producido sin ninguna excepción en todos los casos, por el procedimiento del Basilisco: una aglomeración, el Frente Popular como se llamó en tiempo la confusión de las izquierdas donde la pequeña cabeza comunista no es perceptible, va adelantando con esos pasos tenebrosos con que está caminando en Colombia, hasta que llega el momento en que el telón cae definitivamente y las naciones unas tras otras sucumben en la más terrible destrucción.

Ahora bien: para los colombianos todos, pero muy particularmente para los conservadores, la vida sin libertad no vale la pena ser vivida. La libertad no es un hecho, la libertad no es un derecho siquiera. La libertad es una recompensa y solo la disfrutarán los que saben merecerla. Por eso con inmenso júbilo vengo a unirme a vosotros en la alegre, la decisiva, la enérgica y fuerte lucha de salvar la libertad amenazada en Colombia como nunca antes estuviera, para decirle al país y deciros a vosotros que la única solución que tiene la Patria es la solución conservadora, porque cualquiera otra que se vislumbre aún dentro de la perspectiva más remota, ocasionará indefectiblemente la ruina de la libertad y la muerte de la República”… [1. Henderson, James. Cuando Colombia se desangró. El Áncora Editores. Bogotá. 1984. Página 168.].

Así, la efectiva imaginación política y electoral del ingeniero Laureano Gómez convirtió la lagartija americana, que el biólogo Lineo clasificó en 1758 como Basiliscus basiliscus, en la monstruosa quimera de la mitología griega, mitad reptil mitad gallo que la mente mística del santo español Isidoro de Sevilla, en su miserable celda monacal, imaginaba nacido de un huevo de gallina empollado por un sapo que mataba con su mirada y su aliento pútrido; quimera afianzada en Colombia gracias a dos tradicionales leyendas que la ideología religiosa colonial española impuso sobre la ignorancia popular: la leyenda del “bujío negro” extraída del güio, boa, o anaconda (Eunectes marinus), serpiente gigantesca de olor cadavérico existente en las llanuras y selvas colombianas que devora íntegramente a sus presas, y la ingenua pero no menos terrorífica tradición del “coco” (arrurú mi niño) que devora a los niños que no se duermen por dedicarse al vicio solitario.

Pero lo más destacable de la quimera anticomunista de Laureano fue que en la realidad (actualmente en evidencia histórica) terminó, por un efecto de inversión en espejo, convertido en un Basilisco que en 70 años de guerra contrainsurgente y anticomunista ha devorado más de un millón de colombianos, expropiado millones de hectáreas de tierra a millones de campesinos, y convertido la tan citada palabra “libertad” en una serie de dictaduras: la de Mariano, de Laureano, de Rojas Pinilla, las dictaduras bipartidistas del Frente Nacional y siguientes de la Seguridad Nacional; dotado de una pequeña cabeza anticomunista o mano negra, dos patas poderosas sobre las que se asienta, una el partido anticomunista armado, o ejército colombiano sostenido por el gobierno de los EEUU, y otra, el bipartidismo liberal-conservador de la dictadura del Frente Nacional.

Un pecho resistente a todo viento adverso o aparato mediático de propaganda llamado cínicamente por ellos mismos “efecto teflón”. Dos alas membranosas que lo sostienen en equilibrio; una, la banca financiera transnacional, y la otra, el latifundismo premoderno. Una barriga o buche oligárquico (esto sí sigue igual a lo imaginado por L.G.) y finalmente una larga y lenta cola burocrática de yupis palaciegos al servicio de la junta administradora del Estado dirigida por el presidente de turno.

Esta es la sorprendente y real historia política colombiana sobre la ficción del Basilisco anticomunista, diseñado por el ingeniero y caudillo falangista y Conservador colombiano, Laureano Gómez.