Columna libre: Oraciones y no arengas

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Rodrigo López Oviedo

En la frágil memoria de santistas, lafauristas, ponchoperreristas y demás comediantes del circo burgués terrateniente, que de cerca o de lejos dominan la política nacional, en esa frágil memoria no debe haber espacio para el recuerdo de una estrategia mil veces repetida por el presidente Santos: que los diálogos de La Habana se realizarán en medio de la guerra.

Tampoco hay memoria en esas cabecitas para la orden perentoria del mismo mandatario de triplicar la contundencia de las acciones contra la guerrilla hasta tanto los diálogos no culminen en acuerdos de paz.

Ni que decir que tampoco recuerden que, a pesar del cese unilateral decretado por las FARC, al cual se le dio inmenso cumplimiento según lo señaló la Corporación Arco Iris, estas continuaron recibiendo el asedio militar más intenso y la pérdida de algunos de sus hombres.

Estos señores igualmente olvidan que en una confrontación tan violenta como la nuestra solo caben dos alternativas para los vencidos: perder la vida o perder la libertad. Y que entre las dos pérdidas, la menos deseable es la de la vida. O si no, que le pregunten a los uniformados que habiendo estado cautivos hoy se hallan en libertad si a cambio del cautiverio sufrido hubieran preferido caer en combate.

Por eso no resulta extraño que tan amnésicos personajes resuelvan aprovechar la decisión de las guerrillas de continuar con la retención de uniformados para montar un nuevo escándalo y reiterarse en sus posturas de oposición al diálogo.

Los colombianos de bien estamos por el fin del conflicto, así no hayamos tenido que sufrirlo en nuestra carne. Este es un sentimiento nacido del dolor que nos producen las miles de familias que lo han padecido, ya porque han tenido que enterrar en medio de él a seres queridos, ya porque han visto a algunos de los suyos perder la preciada libertad, ya porque han sufrido la pérdida de sus bienes, o porque han tenido que salir desplazados de sus parcelas.

Los cuatro últimos uniformados que perdieron la vida hoy estarían gozando de ella si el Gobierno Nacional, en vez de haberlos enviado a rezar padrenuestros a las selvas del Putumayo, hubiera aceptado la propuesta guerrillera de cese bilateral de fuegos. Igual podríamos decir de los que en el otro bando también sacrificaron su existencia. Por todos ellos, por caridad cristiana, por humana solidaridad, por conveniencia nacional, por imagen internacional, el fin del conflicto es una necesidad imperiosa. Y mientras llegan los acuerdos que lo protocolicen, que venga el cese bilateral de fuegos.

Antes que arengas de guerra, lo que necesitamos es fervientes compromisos de paz.

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