Boris Johnson sale por la puerta trasera

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Boris Johnson

La caída del primer ministro británico es la culminación de la permanente presión sobre su liderazgo, salpicado por repetidos escándalos debido a sus mentiras y su desprecio a las normas

Ricardo Arenales

En su azarosa gestión como primer ministro del Reino Unido, Boris Johnson rompió varios récords históricos en esa nación. Uno, fue el mandatario más desprestigiado de las últimas décadas. En efecto, según la encuestadora Ipsos, el 69 por ciento de los ciudadanos tiene poca o ninguna confianza en el gobierno y quieren la renuncia del premier, mientras que el 76 por ciento desconfía del parlamento en su capacidad para solucionar los problemas que afectan la vida de la gente, y el 41 por ciento cree que la democracia no funciona.

El otro récord tiene que ver con el respaldo de la llamada clase política, y en particular del bloque parlamentario de su propio partido. En desarrollo de una moción de censura, que se presentó un mes antes del anuncio de su renuncia, Johnson logró sortear el veto parlamentario, se sobrepuso al juicio político al conseguir 211 votos parlamentarios de respaldo a su gestión. Pero 148 legisladores de su partido expresaron desconfianza hacia su gestión, lo que representa el 40 por ciento de la bancada de gobierno, que le dio la espalda.

El otro récord se produjo finalmente en cuestión de horas, tras conocerse el último escándalo en el gobierno del primer ministro. Para el día en que se conoció la decisión del mandatario de renunciar al cargo, 7 de julio, ya habían presentado renuncia no menos de 53 miembros de su gabinete y funcionarios del alto rango. Solamente ese día jueves presentaron su dimisión tres ministros del despacho. Son los índices más altos registrados hasta la fecha.

Fiestas y borracheras

La caída de Boris Johnson es la culminación de meses de presión sobre su liderazgo, salpicado por repetidos escándalos debido a sus mentiras a los ciudadanos y al parlamento y el temerario desprecio a las normas por parte del primer ministro.

La moción de censura a que fue sometido el mandatario tomó cuerpo después de que se conocieron los resultados de una investigación judicial que mostró detalles de las fiestas organizadas en la sede del ejecutivo en medio del confinamiento por la pandemia. Es lo que la prensa local ha denominado el ‘partygate’.

En esta seguidilla de escándalos, en los que cada día se conocían nuevos detalles y mentiras del primer ministro, el hecho que rebosó la copa fue la designación por Boris Johnson del legislador Chris Pincher como jefe de disciplina partidaria dentro de la bancada conservadora. Una especie de veedor que en las primeras horas siguientes a su designación tuvo que renunciar al revelarse detalles de que el funcionario asistió por esos días a un bar privado de Londres en el que, después de tomarse un buen número de copas, estuvo acosando sexualmente a dos hombres.

Vergüenza para la reina

Boris Johnson reconoció, en declaraciones a la BBC, que conocía de antemano la conducta sexual de su protegido, y sin embargo le hizo varios nombramientos y reconocimientos, por lo que pidió perdón al pueblo británico.

Laboristas y conservadores coinciden en que Johnson es individualmente deshonesto, arrogante y está por debajo del cargo, pero en ninguno de los dos bandos se interesan por examinar el contenido ideológico del rumbo de la nación y la profundidad de la crisis. Tan folclórico es el análisis que se hace, que recientemente un diario londinense expresó su preocupación porque la presencia de Boris Johnson en el cargo vaya a “avergonzar a la reina”.

Las preocupaciones de la gente distan de las que puedan incomodar a la reina. Doce años de gobiernos conservadores han traído una prolongada austeridad que socavó la calidad de vida de los británicos del pueblo y de los servicios públicos que reciben. La gente soportó una respuesta gubernamental al covid-19 que privilegió la libertad de los empresarios en detrimento de la vida y la libertad de millones de ciudadanos.

Crece el malestar social

Como consecuencia del fenómeno inflacionario global y el compromiso cada vez mayor de la actual administración con la política de guerra de la OTAN en Ucrania, el costo de la vida se disparó, volvieron las huelgas de trabajadores demandando garantías en el trabajo, estabilidad y salarios justos. Desde el palacio de gobierno se practicó un nacionalismo exacerbado contra miles de inmigrantes que buscan cobijo en ese país.

Mientras los salarios de los trabajadores permanecen congelados desde hace por lo menos una década, los aumentos en el precio de los combustibles amenazan con dejar a miles de ciudadanos imposibilitados para pagar los recibos de servicios, lo que amenaza con desatar el malestar social.

Como piedra en el zapato de la administración conservadora se interponen también el creciente nacionalismo del pueblo de Escocia, la llegada del partido independentista Sinn Féin a Irlanda del Norte y otras expresiones nacionalistas, que se precipitan por el funesto manejo que la administración conservadora dio al complejo asunto del brexit.

El líder laborista Keir Starmer, ante la actual coyuntura, ha pedido, no el relevo conservador en el gobierno sino convocar a elecciones generales para que se produzca un cambio “fundamental” en el gobierno, y no una simple mudanza cosmética. Al parecer, los laboristas parecen tener más claro el panorama de los cambios que requiere la Gran Bretaña.