Cambio, transformación o revolución

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Fabiola Calvo Ocampo
@fabicalvoocampo

Llegó el momento de saber la capacidad del progresismo en Colombia para promover de verdad y con proyección de futuro un cambio en las estructuras arcaicas y feudales de este país, una transformación en la cultura, la educación y en la manera de relacionarnos sin discriminación, racismo. Esto se logra con una revolución en el pensamiento, en el sentir y en la acción.

No me refiero sólo a las estructuras de los tres poderes o de las instituciones de control que, por cierto, dejan sentir un olor putrefacto, no se trata solo de la envoltura sino de su componente, de quienes dan vida tanto con sus criterios, sentimientos y políticas como con su aplicación.

Es ese olor putrefacto de corrupción que hay que erradicar, es la tierra sin producción y en pocas manos que da ese aire rancio y nauseabundo de señores con derecho a pernada (algunos ya extraditados para que no cuenten la historia de quienes siguen en Colombia), es el capitalismo financiero salvaje, el capitalismo salvaje sin industria, los Tratados de Libre Comercio, gobiernos foráneos, los bancos y las multinacionales.

En cuatro años no se podrán sentar las estructuras liberales que no hizo el Partido Liberal en más de 200 años, pero sí es posible construir las bases de justicia para una sociedad que clama por sus necesidades básicas y que necesita una revolución cultural para que contribuya con una transformación real, duradera y que se sienta como propia.

Una revolución cultural implica un largo proceso de conversaciones, debates, acuerdos, acompañamiento de profesionales en psicología, terapeutas, de personas con profunda vida espiritual (diferente a vida religiosa), de condiciones materiales para el buen vivir. Una revolución cultural tiene unida la capacidad interna de cambio con un Estado social de derecho.

Una revolución cultural coloca en el centro de toda relación, actividad social, política, económica, la ética. La pone en cualquier circunstancia, para cualquier persona independiente del cargo, profesión u oficio que desempeñe.

Para ocupar un cargo dicen que existe la meritocracia. Es una palabra muy rimbombante para el uso que ha tenido. ¿Cumplen y consideran las actuales instituciones al elegir a un funcionario o funcionaria, la ética, la capacidad, el conocimiento y la experiencia? Si así fuese, no estaría la oficina del señor Francisco Barbosa, Fiscal General de la Nación, archivando casos que comprometen a sus amigos, sus amigas. La lista es larga.

Si así fuese ¿por qué en este gobierno que preside Iván Duque se perdieron 70 mil millones de pesos para que llegara internet a los establecimientos educativos más recónditos de Colombia? ¿Por qué la pérdida de miles de millones para la paz? ¿Por qué el Ministerio del Interior contrata con Telecafé como operador logístico en diferentes lugares del país?  Eso es vivir sabroso a costa de los dineros públicos, eso es ¿ética? El presidente que el 7 de agosto abandonará la Casa de Nariño, por fortuna, en sus declaraciones oculta o justifica. ¿Ética?

Es válido recordar que la sociedad que elige a sus gobernantes es responsable tanto de su voto como del control que debe hacer. Las organizaciones en general y todo ciudadano o ciudadana tiene el derecho y la responsabilidad de participar, hacer seguimiento, de exigir que se cumplan los programas en el Plan Nacional de Desarrollo y su ejecución.

Siguiendo con la propuesta de una revolución cultural, ya expuesta en otros artículos, urge acabar con la mentalidad mafiosa, el dinero fácil, la del todo vale, aplicable tanto para el Estado y gobierno que durante años ha tenido de diferentes formas la presencia de cárteles de la droga y el paramilitarismo, como para hombres y mujeres que han hecho suya esa economía y una específica y perversa forma de pensar y vivir.

No se puede ni es el deseo, creo yo, de construir un cielo o un nirvana sin conflictos, de volvernos todos amables con el abrazo de la paz, de homogeneizar la cotidianidad. Hagamos el esfuerzo para promover, cambiar, transformar de abajo hacia arriba y de arriba hacia abajo. Queremos derechos, una vida digna, queremos vivir sabroso, dice Francia Márquez y lo dicen en la región del Pacífico, sí, lo queremos. Mucha pedagogía, mucha pasión, mucho amor, convicción. ¡Ah! Y control a quienes dirigen los destinos del país.

Entonces… ¡A trabajar!