miércoles, julio 24, 2024
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Bogotá: libre de Satanás y de Maracucho

Guillermo Linero Montes

La semana pasada dieron captura ─en Colombia y los Estados Unidos─ a dos delincuentes de alta peligrosidad, pertenecientes a la denominada banda de Los Satanás. En San Antonio, Texas, fue retenido alias Pedrito o alias Maracucho ─Luis Segundo Pirela Pirela─ que estaba encargado de la administración de esta banda criminal a partir de la detención en Ecuador, de alias Satanás ─José Manuel Vera Zurbarán─ su líder, quien fuera extraditado a Colombia donde se encuentra preso en la cárcel La Tramacúa, en Valledupar, y desde donde al parecer sigue dirigiendo a Los Satanás.

Alias El Maracucho se había traslado al país del norte con el objetivo de ampliar sus acciones delincuenciales, como ya venían haciéndolo al extender su campo de acciones criminales desde su país de origen, Venezuela, hasta países como Chile, Ecuador, Bolivia y Colombia. El otro delincuente, detenido en Bello, Antioquia, de nombre John Uzcátegui Rondón, y conocido con el alias de Goyo, se encargaba de las extorsiones y ejecutaba, en calidad de jefe de sicarios, los asesinatos de quienes desobedecían las amenazas de la temible organización.

La banda Los Satanás era tan poderosa en Bogotá que se había tomado el dominio del microtráfico, las extorsiones y la trata de blancas en las localidades de Kennedy, Bosa, Ciudad Bolívar y Suba; y lo hacía con tanta sevicia y carencia de humanidad, que algunos comerciantes y tenderos, no pocos, prefirieron cerrar sus puertas antes que sometérseles. No obstante, la mayor parte de los extorsionados se ha plegado a sus exigencias monetarias.

Esta banda de Los Satanás era, o es, una célula de la banda del crimen organizado denominada “Tren de Aragua”, igualmente proveniente de Venezuela, y a la cual, creámoslo o no, las autoridades colombianas le han propinado fuertes golpes y, día tras día, como parece que comienza a ocurrirle a Los Satanás ─terminarán desarticuladas por completo.

Quienes residimos desde hace muchos años en Bogotá, sabemos que en términos de inseguridad la capital ha llegado a disputarse ─recuerden la década de los ochenta─ el primer puesto entre las ciudades más peligrosas del mundo. Aunque ya no es así, apenas ahora, en diciembre del 2023, la Fiscalía General de la Nación precisó haber impactado a más de 500 bandas criminales en Bogotá, refiriéndose, sin lugar a dudas, más que a las “bandas criminales organizadas” a los “grupos criminales” conformados por muy pocas personas y carentes de vínculos que les aseguren su indemnidad.

Por el contrario, las “bandas criminales organizadas” no sólo están conformadas por muchas personas, sino además guardan nexos con policías corruptos y con otras bandas dedicadas a tareas específicas como el sicariato. En consecuencia, se relacionan también con poderosos traficantes de armas y de drogas, e incluso se asocian con grupos terroristas que dicen tener como bandera una causa política o ideológica.

Las bandas criminales organizadas, al menos las conocidas públicamente en Bogotá, son muy pocas. La mayor parte de esa cantidad anunciada por la fiscalía son “grupos criminales” que sucumben antes de constituirse en grandes bandas criminales. Las grandes bandas criminales resuenan a causa de las vendettas entre ellas y por las recias barbaridades de sus procedimientos; pero, sobre todo, porque retan a las autoridades con la intención de mostrarles su poder armado, a veces equivalente y casi siempre superior al suyo.

Estas bandas de alta peligrosidad, por estar dedicadas al microtráfico de drogas, a la extorsión de comerciantes y al fleteo ─acciones delincuenciales que exigen porte de armas─, están indefectiblemente ligadas al sicariato. Este factor violento las hace muy difíciles de combatir, al igual que las actividades económicas ilegales puestas estas son una suerte de “Lámpara de Aladino”: con el microtráfico obtienen más ganancias que un banquero y con la extorsión tantas como si fueran una oficina de cobro del Estado.

Además de ello, estas bandas son también las más terroríficas: sus métodos trascienden la simple amenaza extorsiva y consiguen trasmitir pánico a sus víctimas con la práctica de la torturas, las desapariciones y los asesinatos de personas, haciendo uso publicitario del horror con actos bastante crueles, denominados por ellas mismas “venganzas ejemplarizantes”.

Las bandas criminales, estas fuertes a las cuales me refiero, al tener como fuente principal el microtráfico, es decir, el consumo de drogas, se mueven en las zonas más pobladas de la ciudad, por cuanto allí los jóvenes y las jóvenes sin oportunidades laborales, como también las familias víctimas del pago diario, son fácilmente instrumentalizadas y reclutadas para la venta de drogas, para la extorsión, para el trabajo sexual y para el sicariato.

En Bogotá, no es anormal enterarse de la aparición de nuevas bandas criminales, como tampoco es extraño que la policía las desarticule; y tampoco es anormal que estas bandas hayan sido fundadas y estén dirigidas por personas extranjeras, como hoy lo divulgan las páginas de noticias, y se hable de ellas como si fueran las causantes de nuestros vicios consuetudinarios. Sí, claro que “el Tren de Aragua”, claro que “Los Satanás” y también “Los Maracuchos”, son de origen venezolano; pero también debemos reconocer las otras cantidad de bandas que son muy nacionales: como la banda de “Los Boyacos”, la de “Los Pereiranos” y la banda de “Los Paisas”, que han actuado recurrentemente en Bogotá con las mismas prácticas atroces de las conformadas por hermanos venezolanos.

Que hayan capturado a estos delincuentes ─al Maracucho y a Goyo─ es una buena noticia para Bogotá, pero no debemos olvidar que son más de quinientos los grupos criminales existentes en la capital y que sólo la educación y el trabajo decente funcionan para que esos jóvenes ─ocupados en ocios negativos por no contar con el respaldo del Estado─ se dediquen a estudios y oficios, científicos, intelectuales o artísticos.

En tal suerte, si bien debemos aplaudir el desmonte de la banda criminal Los Satanás, hay que lamentar la falta de mecanismos gubernamentales para sacar adelante a los jóvenes dándoles oportunidades de “hacer” que los contaminen de lo sano, de las buenas costumbres, y si esto no ocurre así, entonces seguiremos viendo a las bandas criminales reproducirse como atroces fractales.

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