Alan Turing: De antifascista a pervertido

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Alan Turing

Considerado el padre de la inteligencia artificial moderna, con sus conocimientos fue pieza clave en el desmantelamiento de la capacidad ofensiva de la Marina de Guerra nazi durante la Segunda Guerra Mundial

Alan Turing
Alan Turing

Ricardo Arenales

Alan Mathison Turing, nacido en Londres en 1912, y fallecido en la población británica de Wilmslow, en 1954, fue un notable lógico y matemático inglés, que definió el método teórico para decir si una máquina es capaz de pensar como un hombre. Lo hizo a través de un mecanismo que más tarde se conoció como el test de Turing.

Con sus estudios contribuyó a las matemáticas aplicadas y de alguna manera se le considera el padre de la inteligencia artificial. Escribió un artículo memorable sobre máquinas y pensamiento, y en 1975 se publicó en español un trabajo suyo denominado “¿Puede pensar una máquina?”. Entre sus aportes se cuenta el diseño de la “máquina universal de Turing”, que permitía definir los elementos constitutivos de una computadora a partir de un problema expresable en lenguaje natural, por medios computacionales.

Siendo ya un matemático afamado, el mundo se vio arrastrado por los avatares de la Segunda Guerra Mundial y sobre Inglaterra se alzó la amenaza de una invasión por parte de las tropas de Hitler. El gobierno británico llamó a Turing para que descifrara los elementos del lenguaje secreto que los alemanes usaban en las comunicaciones con sus submarinos, que se erigían como una barrera infranqueable para penetrar las fuerzas nazifascistas.

Se conocía como el ‘Código Enigma’, que finalmente fue descifrado por los avanzados conocimientos del matemático británico. Con este descubrimiento se evitaron mayores tragedias en la guerra. Turing hizo otros numerosos aportes y de hecho se colocó, en tiempos de guerra, al frente de la División de Inteligencia Militar de la Gran Bretaña.

En enero de 1952, el científico inició una relación sentimental con Arnold Murray, un joven obrero de 19 años de edad, de Manchester. Por la notoriedad del personaje, estos amores no pudieron permanecer en secreto. En un hecho aparentemente casual, unos meses después la casa de Turing apareció desvalijada, por lo que éste denunció el robo ante la policía. Los sabuesos iniciaron la investigación, y encontraron evidencias de una relación homosexual por parte del denunciante.

La sociedad británica, tradicionalista, clerical, pacata, puritana y estúpida, que no reconoce sus propios errores, que ha visto con frecuencia a los herederos de la Corona envueltos en todo tipo de escándalos, condenó a Turing por homosexualismo, lo macartizó y apartó de sus funciones. La policía consideró que “los homosexuales eran presa fácil del espionaje soviético”.

El perdonado

Se le montó un juicio amañado y fue condenado en 1952. Le pidieron que escogiera entre una pena de prisión, que representaba el derrumbe de su trabajo científico y de su prestigio -pese a que sus inclinaciones homosexuales eran suficientemente conocidas-, o someterse a una “castración química” para escarmiento social. Prefirió lo último. El 8 de junio de 1954 se suicidó en su laboratorio, ingiriendo una manzana con cianuro de potasio.

Sesenta años después del escarnio y del deliberado ocultamiento de su trabajo científico, Alan Turing ha sido rehabilitado. El pasado 24 de diciembre, la reina Isabel firmó una “Orden de gracia y misericordia”, que le concede el perdón a título póstumo. Por su parte, el ex primer ministro Gordon Brown declaró: “fue uno de esos personajes a los que les podemos atribuir una contribución única para cambiar el signo de la guerra”.

Turing, pues, ha sido perdonado. De antifascista meritorio pasó a pervertido, y ahora a héroe. Y a propósito, ¿qué perdona la arrogante aristocracia británica? ¿Después de haberlo obligado a la castración química y el ostracismo? ¿De qué quieren ‘limpiar’ su nombre?

La orden de la reina Isabel es insuficiente. Deberían, a propósito, perdonar a los miles de gays que tienen antecedentes penales, por ejemplo al célebre activista Peter Tatchell. En los países occidentales, cuna de la democracia, en el siglo XX, más de 50 mil hombres fueron condenados por tener relaciones homosexuales consentidas. La nobleza británica y las castas dominantes de los países industrializados son los que deberían pedir perdón por sus crímenes, su hipocresía y su doble moral. O si no, que lo diga la familia de la infanta Cristina, hoy sentada en el banquillo de los acusados ante una corte de Justicia, pese a su condición de heredera de la corona española.