Gabo y la izquierda

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Un hombre de pensamiento avanzado, de ideas progresistas y de izquierda, luchador por la paz en Colombia. Defendió la Revolución Cubana y abogó por la justicia social en el planeta, sin dejar de codearse con mandatarios de las más disímiles posiciones ideológicas.

Carlos A. Lozano Guillén

La muerte de Gabriel García Márquez fue noticia de primera plana en el mundo. Los titulares de la prensa escrita en todos los países, los noticieros de radio y televisión y las redes sociales, le han dedicado separatas especiales, páginas y páginas, horas y horas, caracteres y caracteres, a la vida y a la obra del colombiano más prominente y del mejor escritor de la lengua castellana, traducido por lo menos a 40 idiomas. Nadie había llegado con su obra literaria a tantos países como el genio macondiano de Gabriel García Márquez, nuestro Gabo, admirado y amado en Colombia, México y tantos países, así como leído con agrado en el planeta.

Gabriel García Márquez, Gabo para sus amigos y para la gente del común, fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura, en 1982, en el cénit de su gloria como el más extraordinario escritor de lengua castellana después de Cervantes, según algunos entendidos, aunque no fue el fin de su prolija obra, porque el maestro escribió hasta cuando su salud y su fuerza vital se lo permitieron.

Gabo fue una personalidad y celebridad mundial. Un hombre de pensamiento avanzado, de ideas progresistas y de izquierda, luchador por la paz en Colombia. Esta condición humana, en el Macondo del realismo mágico que salió de su genial pluma literaria, le permitió ciertas licencias, como mantener sus posiciones de izquierda para defender la Revolución Cubana y abogar por la justicia social en el planeta, como para codearse con mandatarios de las más disímiles posiciones ideológicas.

Igual fue amigo de Fidel Castro y Omar Torrijos, que de Bill Clinton y Álvaro Uribe Vélez, relaciones que escandalizaban a la derecha, en el caso de las dos primeras, y a la izquierda en el de las dos últimas. Aunque nunca sin ceder un ápice en la amistad con Fidel Castro y el aprecio por la Revolución Cubana o en la prédica por la igualdad, la democracia y las mejores condiciones de vida para los más necesitados. Su discurso en Estocolmo cuando recibió el Nobel fue una pieza sociológica de infinito valor humano. Una crítica a la desigualdad y a la explotación de los poderosos a los más débiles.

El boom latinoamericano

Fue uno de los fundadores del boom latinoamericano de la novela social, de compromiso con las causas democráticas. Surgió al calor de la Revolución Cubana y del auge de la lucha revolucionaria en América Latina. Se puede decir que García Márquez nunca se arrepintió, como otros escritores, de haber estado en esa causa, que nunca abandonó. Su obra cumbre Cien años de soledad estuvo inmersa en ese compromiso social de la literatura, sin ser un pasquín o un metarrelato sin contenido.

En Colombia contribuyó entre las décadas de los años 70 y 80 a la fundación del Comité por la Libertad de los Presos Políticos, del Comité Permanente por la Defensa de los Derechos Humanos, del Movimiento Firmes, de la Revista Alternativa y fue promotor de la unidad de la izquierda.

En 1981 tuvo que salir al exilio desde Bogotá, acogido a la hospitalidad de México, país donde tenía residencia, cuando fue informado de que por orden del presidente Julio César Turbay Ayala y del ministro de Guerra, general Luis Carlos Camacho Leyva, sería conducido en calidad de detenido a las caballerizas de Usaquén, como ya había ocurrido con el poeta nacional Luis Vidales, Premio Lenin de la Paz. Días antes el gobierno de Turbay había roto las relaciones diplomáticas con Cuba.

Dos frases del escritor reflejan cómo reivindicaba su condición de revolucionario y justificaba sus relaciones con el poder: “No hay ninguna contradicción entre ser rico y ser revolucionario, siempre que sea sincero como revolucionario y no se sea sincero como rico”. Y la otra: “Siento una gran fascinación por el poder. No es una fascinación secreta”.

Lo cierto es que la personalidad de Gabriel García Márquez fue la de un escritor comprometido con la causa democrática y popular. Esta posición nunca se la perdonó el Establecimiento, que salió a justificar la intentona represiva de Turbay Ayala. Gabo se pronunció molesto por la posición de algunos medios de comunicación, en especial de El Tiempo. Los mismos que ahora le dedican sábanas y sábanas de elogios, pero soslayando su faceta revolucionaria. Su relación con Fidel la despachan con el titular de que era “Una amistad intelectual”.

Gabo y los comunistas

Gabriel García Márquez nunca hizo un pronunciamiento anticomunista. Es más, fue amigo de los comunistas y tenía especial aprecio por Gilberto Vieira y varios de sus dirigentes. No fueron tormentosas, como quieren decir algunos analistas, picados por el bicho del anticomunismo. Por supuesto que hubo diferencias. En alguna entrevista, Gabo reconoció que había militado por corto tiempo en una célula comunista de la cual se retiró porque allí no se hacía nada importante.

Quizás, en el Partido Comunista no se entendió bien que la independencia de García Márquez y su condición de personalidad democrática le permitía dar sus propias opiniones, en ocasiones no coincidentes. Aunque, en 1982, la dirección nacional del Partido Comunista Colombiano postuló su nombre en un abanico de precandidatos de la izquierda. Gabo rechazó con gratitud el gesto de los camaradas.

Dos anécdotas demuestran los desencuentros. En alguna oportunidad, Gabo elogió al Movimiento al Socialismo, grupo divisionista del Partido Comunista de Venezuela, encabezado por Pompeyo Márquez y Teodoro Petkoff, personajes que terminaron haciéndole el mandado a la derecha del vecino país. Gabo incluyó en el elogio una declaración sobre la izquierda colombiana y dijo: “en mi país no he encontrado dónde sentarme”. A lo cual le respondió con ironía el maestro José Arizala, a la sazón dirigente comunista: “¿Dónde se sentará mañana García Márquez?”.

La otra, más reciente, tuvo que ver con un artículo en el semanario VOZ del autor de esta nota donde reconocía la genialidad literaria de Gabo, pero sus frecuentes equivocaciones en política. El artículo le fue enviado por el poeta José Luis Díaz-Granados. Días después, con un amigo común, me hizo llegar una amistosa reprimenda.

Amigo de los comunistas

Gabriel García Márquez fue amigo de los comunistas, como lo fue también el padre Camilo Torres. Nunca se prestaron para atacar al partido. En 1983 fui testigo de una conversación de García Márquez con Gilberto Vieira, antes de una reunión del Comité Preparatorio del Encuentro Latinoamericano en Homenaje a Simón Bolívar y por la Unidad Popular, convocado por distintas organizaciones en Bogotá.

El escritor, ya famoso, le dijo al camarada Vieira: “Gilberto, el partido tiene experiencia en la unidad popular, debe ayudar para que esta oportunidad no fracase”. Al tiempo advertía que “el sectarismo del MOIR –ausente de la reunión- es obstáculo para la unidad”. Estuvo entusiasmado, como también el camarada Vieira, en el proceso de paz de La Uribe en el gobierno de Belisario Betancur.

En julio de 1976 lo vi por primera vez, en el aeropuerto de México. Yo estaba acompañado de Daniel Álvarez, ex subdirector del diario cubano Juventud Rebelde. Los tres íbamos para La Habana. Eran los tiempos de preparación del 11 Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes, en la capital cubana, en 1978. El escritor era el presidente honorario del Comité Colombiano y estaba bastante animado con la responsabilidad. Nos fuimos conversando, bebimos champaña que pidió Gabo y tequila que pedí yo. Fueron varios, así que llegamos a La Habana más prendidos que un reverbero.

Me contó que la JUCO le había solicitado una cita para cuando estuviera en Bogotá y expresó el deseo de colaborar y trabajar para que la delegación colombiana pudiera llegar al Festival. Ya en la Habana, se despidió muy alegre y cordial, y cuando descendía la escalerilla del avión, acompañado del comandante Piñeiro, quien lo fue a esperar, me dijo: “Dile a los pendejos de la JUCO que no necesitan de cita especial para hablar conmigo”.

La otra fue en abril de 1979 cuando llegué a Panamá, procedente de La Paz, Bolivia. En el aeropuerto de Tocumen fui detenido porque figuraba en una lista enviada por el gobierno de Colombia (Turbay Ayala) en que yo aparecía como agitador del comunismo internacional. En Panamá gobernaba Omar Torrijos. Yo llegaba a un mitin de solidaridad con Nicaragua en el que también estaría García Márquez.

Me llevaron a un cuartel militar. Como pude le hice llegar una nota a un dirigente de la juventud del Partido del Pueblo de Panamá, quien contactó a Gabo. Este llamó a Torrijos y en minutos recobré la libertad. Lo celebramos en medio de bromas en un hotel cinco estrellas donde fui alojado por orden del general y por gestión de su entrañable amigo, Gabriel García Márquez.