8 de marzo, una reflexión necesaria: Un horizonte de reivindicación

0

★ Emelda Morales Velásquez
Licenciada en ciencias sociales

Casi siempre, cuando no comprendemos las profundas implicaciones de los desarrollos históricos, solemos desconocer, desvirtuar o trivializar lo que significan las ganancias de las luchas de los pueblos, y dejamos que todo quede reducido al uso instrumental que le da el capitalismo a nuestra propia existencia, a nuestras reivindicaciones, a nuestra vida, es decir terminamos convertidos y convertidas –especialmente la lucha de las mujeres- en simples mercancías.

Protesta de mujeres 1

El 8 de marzo no ha escapado a este fenómeno. Es por ello que en muchas sociedades, pero especialmente en las latinoamericanas, por nuestro consabido cristianismo, se utiliza esta fecha histórica de reivindicación de las mujeres trabajadoras como una oportunidad de reafirmar condiciones de subordinación que históricamente se ha impuesto sobre las mujeres, una minoría de edad per se, la reafirmación para la validación femenina de una fragilidad funcional a los intereses patriarcales, y especialmente un carácter de sacrificio que se solicita a todas las mujeres para el éxito de los proyectos de los hombres.

Se usa entonces nuestra conmemoración para cubrir con velos de reconocimiento formal las demandas de las mujeres. Es así que vemos desfilar, cual procesión de fe a la virgen María, rosas, serenatas, poemas y discursos de hombres que siguen hablándole a hombres, algunos hablan de nuestra homogeneizada belleza –por cierto una belleza occidental-, al tiempo que ratifican que el lenguaje de reconocimiento a la existencia de lo femenino es una mera formalidad, que las mujeres ya son libres porque accedieron al voto, definen si se quieren casar o no y pueden leer, escribir y trabajar fuera de su hogar.

En algunas ocasiones parecieran enunciar que estas históricas conquistas de las mujeres son dádivas otorgadas por el mismo sistema patriarcal.

Por ello, cuando se avecina otro 8 de marzo, que las mujeres comprendemos como un momento para reflexionarnos, valorar el proceso de nuestras luchas y proyectar una sociedad que se estructure desde la posición crítica que hemos construido las mujeres sobre el poder, las formas de relacionamiento y nuestras propias ataduras, no podemos más que levantar un grito de reivindicación de nuestra historia, un llamado a la memoria, una búsqueda subversiva de nuestro propia configuración de mujeres

En este contexto, este 8 de marzo recordamos, reivindicamos y exaltamos mujeres que han logrado materializar giros en la historia, con sus vidas y las vidas de otras que la invisibilización logró marginar, expresan esta búsqueda de emancipación en cada tiempo, en cada proceso histórico de la humanidad, en unas sociedades que hemos deseado, pero por sobre todo hemos trabajado para cambiar.

Reivindicamos así a mujeres tan valiosas como Flora Tristán, Mary Wollstonecraft, Olimpia de Gouges, Clara Zetkin, Rosa Luxemburgo, Violeta Parra, y a los miles de rostros anónimos de las primeras mujeres en plantear y exigir la igualdad de géneros, cuando la condición de las mujeres era similar a la de los esclavos, cuando los pensadores y defensores de los “derechos universales de los hombres” nos veían como seres inferiores, por lo que nos destinaban a la servidumbre, labores domésticas y por supuesto a la satisfacción de los apetitos sexuales de los señores. “No hay otra alternativa para las mujeres que la de ser amas de casa o prostitutas” (Pierre-Joseph Proudhon, 1809-1864).

Queremos también recordar quiénes querían que fuéramos las mujeres en el naciente capitalismo industrial, un sistema que tuvo la astucia de incorporarnos al trabajo asalariado para aumentar su ganancia, con nuestra sobreexplotación –las mujeres ya sosteníamos la producción capitalista, y la reproducíamos con el trabajo no remunerado que mantenía estable la mano obrera-, fuimos obligadas a trabajar hasta 16 horas diarias, viviendo en las fábricas, bajo hacinamiento y entre ratas; enfermábamos y moríamos por falta de atención médica, prohibiéndose el ejercicio de la maternidad por lo que las mujeres ocultaban sus embarazos y parían entre cajas, y en muchos casos debían regalar o abandonar sus hijos.

En medio de este ambiente hostil para la mujer, en una sociedad que las desconocía y las subvaloraba, nuestras heroínas se atrevieron a decir, y sustentar con las mismas leyes hechas por los hombres, que su sistema era injusto al desconocer nuestros derechos, no solamente políticos sino humanos.

Colombia fue uno de los últimos países latinoamericano donde se le permitió votar a las mujeres (1957). Hasta esta época el Código Penal de 1887 nos asemejaba a interdictos mentales (locos), por lo que no heredábamos, ni siquiera podíamos escoger nuestras amistades.

La historia de la humanidad está preñada de innumerables vejaciones contra la mujer. Por eso el 8 de marzo, producto de nuestras luchas, no es un regalo de los hombres o de la sociedad patriarcal.

No, es nuestro propio reconocimiento, nuestra propia historia condensada en un día que nos ilumina cual faro en contra de la misoginia aún existente, enquistada en los imaginarios, en las formas de sentir y pensar responsable de los “14.630 feminicidios ocurridos entre el 2002 y el 2011”, en formas de sentir que además nos insensibilizan frente a la feminización de la pobreza, representada en el alto número de mujeres con trabajos informales, trabajo por fuera de las nóminas, la triple jornada, trabajos menos remunerados y las mujeres dedicadas a las labores domésticas que en años deambularán por las calles sin pensión ni seguridad social.

Aceptando como inexorable la negligencia de un Estado patriarcal que no se preocupa por garantizar los derechos históricamente conquistados, en aras de construir condiciones que posibiliten una transformación cultural donde se materialice la equidad de géneros, se rompan las violencias instauradas y generemos una paz sostenible.

Las mujeres comunistas, a propósito de este 8 de marzo, llamamos al conjunto de nuestro partido, a los simpatizantes y demócratas del país a fortalecer el compromiso político y militante con las causas de las mujeres, que no son otras que las tan anheladas condiciones materiales para la digna vida, una sociedad justa, el respeto y reconocimiento de la diversidad.