domingo, abril 6, 2025
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Un nadaísta en el Chocó

“…No sé si te pido demasiado, pero es que, a pesar de tu fama mundial, no dejo de verte como el compañero de mosaico de bachilleres, reprobados en química, pero laureados en nauseas existencialistas y en los corrosivos sueños corruptos del Arte…” Carta de Gonzalo Arango a Fernando Botero

gonzalo arango

Armando Orozco Tovar

No era bajito pudiendo tener de estatura un metro setenta y cinco… No era robusto pero sí bastante delgado. Prestaba una inusual atención a las personas, que en Quibdó, capital del Chocó, le hablaban en aquel año 64 del siglo anterior en que fue invitado por el arquitecto René Orozco Echeverry, presidente en ese momento de la Cámara Junior y antiguo condiscípulo en el Liceo de la Universidad de Antioquia.

Gonzalo Arango nació en Andes (Antioquia) y contaba 33 años cuando después de un viaje en el DC3, que lo trajo sobre la selva, y los inmensos ríos a la ciudad a orillas del Atrato, se accidentó… Teniendo que aterrizar forzosamente en otra parte para arribar al aeropuerto quibdoseño un día después de su partida de Medellín…

El nadaísta llegó sano y salvo a: “La ciudad que se inclina sobre el ancho lomo de un gran león adormecido y manso,” como dice el poema: “Al Atrato”, del famoso y desconocido poeta Carlos Mazo. Del malogrado desplazamiento le salió a Gonzalo Arango, una de sus buenas crónicas, que pensaba convertir en novela: “Chocó: amor en blanco y negro”.

Esa vez lo conocí de cerca al vaticinador, puesto que yo ese año estaba allá viviendo… Según recuerdo, el poeta paisa quería ser un nuevo crucificado manifestándolo con su prédica mesiánica. Era el fundador de su movimiento creado con otros en el 58 en la capital paisa. Ciudad a la que años después le cantó: “Medellín a solas contigo”, donde denuncia el espíritu mezquino y sin escrúpulos de los comerciantes e industriales antioqueños, enemigos de la poesía y de los poetas.

Gonzalo inicialmente definió al nadaísmo como: “La revolución de la belleza”, y sus fundadores y seguidores se constituyeron pronto en grupo, uniéndose a otros de Cali, capital del Valle del Cauca, un año antes del triunfo revolucionario cubano, el cual los hizo gritar como buenos anarquistas, cuando en enero del 59 llegó el cambio a la isla caribeña: “Amamos la revolución, aunque nos mate o nos ponga a trabajar”.

En sus posteriores manifiestos, el “Monje” planteó la necesidad de la demolición del andamiaje ético-estético de la sociedad colombiana, destruyendo las viejas costumbres líricas, políticas y religiosas, pertenecientes a una de las naciones más conservadoras y retrógradas del continente… Que hasta hoy poco cambia, demostrado por situaciones como las del Torquemada-Procurador, un oscuro y retardatario personaje medieval.

En aquel tiempo los nadaístas aterrorizaban con sus ademanes, gestos y escritos, a la pacata sociedad colombiana… Pero muchas damas aristocráticas y ricas estuvieron de acuerdo con sus aquelarres infantiles, felices de que las sacaran de su tedio hogareño y de los salones de té donde jugaban a las cartas, para no tener que suicidarse a las seis de la tarde de aburrimiento, como escribe Gabo.

Muchas de ellas quedaron para siempre atrapadas con el encantamiento del poeta-profeta, en su encantadora labia, su clavel sin marchitarse en el ojal, y su aire de demonio y ángel inocente: Trucos “atrapa sueños”, para tanta mujer extraviada en el spleen ideal de la malparidez kafkiana de Medallo y la Sultana del Valle.

Por aquellos tiempos las aldeas colombianas eran pequeños poblados, que de repente se fueron transformaron en grandes metrópolis como ocurrió con Bogotá, por la llegada de cientos de desplazados de la violencia liberal-conservadora (capital agrario y financiero) que se peleaban desde tiempos inmemoriales las fértiles tierras y tesoros del inmenso territorio nacional.

Y también por la modernizadora presencia de los nadaístas, vanguardistas amantes de Breton, Nietzsche, Rimbaud. Ellos eran sus frenéticos lectores, nocturnos, que lo hacían como si rezaran a santos satánicos… Como buenos antioqueños, de día se confesaban convirtiéndose en oficiantes católicos, y también en oficinistas de los siniestros cubículos del Estado, que aborrecían manifestándolo en sus producciones.

En los días de estadía del poeta nadaísta en la capital chocoana, hizo amistad con muchas personas importantes y del pueblo, acogiéndolo con gran afecto y admiración, como Blas María, el viejo juglar, y la poeta y escritora Teresa Martínez de Varela (1913), la primera novelista afrocolombiana, que igualmente escribiera una biografía de Diego Luis Córdoba, el importante dirigente negro… También lo hizo con artículos relacionados con el folclor chocoano. Teresita fue la madre del músico y compositor Jairo Varela, fallecido recientemente y creador del famoso Grupo Niche.

Gonzalo Arango cumple este año 38 años de haber perecido en un accidente de tránsito de viaje a Villa de Leyva (Boyacá). Igual fue el destino de otros poetas y escritores como Eduardo Cote Lamus, Jorge Gaitán Durán, Marta Traba, María de las Estrellas, y hace poco el periodista Fernando Garavito, durante un extraño y sospechoso accidente en una carretera de EEUU… Él es sin duda el mayor intelectual colombiano, por sus serias investigaciones y escritos antiuribistas.

Días antes, Gonzalo Arango le solicitó en una carta al maestro Fernando Botero, su también condiscípulo en el Liceo Antioqueño, le obsequiara una pintura para venderla y poder pagarse los pasajes a Londres con su mujer Angelita, que vive hoy siempre recordándolo en Guatavita…

Es una misiva donde se queja dolorosamente de su situación económica y del país… En ella el poeta le dice al artista: “Prefiero irme a aguantar frío a la capital inglesa, que marchar al Chocó a sembrar chontaduros”.

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