Manuel Antonio Velandia Mora
Uno de los efectos de la COVID-19 fue que, en vez de pensar en nosotres/ᴔs mismos/æs, convirtió a las demás personas en enemigas. Casi nos sucede algo igual con el monkey pox y ahora, con su discurso homofóbico y sidafóbico, estamos en la mira de la predica policial y la aplicación del biopoder como “ejercicio sobre los cuerpos de los individuos”. (Historia de la sexualidad, La inquietud de sí, Siglo XXI, México, 2012)
Debimos aprenderlo de la historia del sida, recordad aquello de “grupos DE riesgo”, algo muy diferente a “riesgo”, algo muy distinto a “grupos CON riesgo”: las 4 H: homosexuales, hookers —trabajadoras o trabajadores sexuales—, hemofílicos y heroin users —heroinómanos—. Pero la historia que se desconoce se repite, el General nos ha puesto en la mira social como “grupo DE riesgo”.
Frente al sida la salida que buscaron los estados fue el control sobre el cuerpo y la sexualidad: un ejercicio de biopolítica; mantener una cierta idea de inmunidad nos pone en contradicción con el logro que significa asumirnos como cuerpo político: lo que más nos afecta del aislamiento genito-afectivo es que las identidades sexuales (la identidad de género, la no identidad de género como auto reconocimiento o el género fluido, el género queer; la identidad corporal, lo transcuerpo; la identidad de orientación sexual o asumirse pansexual o asexuado) pueden ser desarticuladas.
Las biopolíticas permiten categorizar a los cuerpos para después moldearlos y encuadrarlos en los estándares de los socialmente aceptado. Estas biopolíticas se enfocan en dos aspectos: la medicalización de los cuerpos y la estigmatización de los infectados. Al sida inicialmente se le denomino se le denominaba “cáncer gay” o “peste rosa”, la traducción al lenguaje cotidiano de GRID (Inmunodeficiencia Relacionada con los Gay).
¿Es la biopolítica sobre los cuerpos de las personas LGTBI y de las diversidades de géneros y cuerpos, una política del Estado colombiano?
El cuerpo territorio propio se ha vuelto una afrenta, una especie de terrorismo al que se restringe y excluye la sociedad heteronormativa, cisgénero, binaria, judeocristiana. El confinamiento y la inmovilización son un ejercicio más del biopoder. Este peligroso discurso es el trasfondo de las palabras del General Henry Sanabria, director de la Policía de Colombia, una recalcitrante muestra de la sidafobia y la LGTBfobia que puede convertirse, si no nos movemos como sujetos políticos que hacemos valer nuestros derechos humanos y sexuales, en discurso oficial de dicha entidad.
Peligrosamente, el hecho de que el Estado no reaccione con relación a las palabras del General, puede entenderse como mecanismo biopolítico y de biopoder para la subordinación de los cuerpos, algo que realmente no es así. Recientemente la Comisión accidental LGTBIQ del Congreso se manifestó al respecto, como puede leerse en la imagen que acompaña este texto.
Detrás del mensaje policivo hay una idea de persecución que desea ponernos en la incertidumbre de la decisión sobre qué es más importante, si la conciencia de sí la vivencia del propio cuerpo o la responsabilidad social del heterocuidado. No hay tal incertidumbre, hay un ejercicio autónomo de biopoder, de la conciencia de sí y de la conciencia del otro, de la/e otræ y de lo otro y de los territorios cuerpo y relacional.
La biopolítica nos ubica de frente en la autoprotección como conciencia de sí, del aislamiento, de la no vincularidad afectiva o genital, que no pueden ser ejercicio de voluntariedad, esta significaría sacrificar otras vidas, en beneficio de la idea de la propia soberanía, como lo afirma Paul B. Preciado.
Biopolítica y salud
El individuo pasa a tomar un rol central cuando el Estado delega la responsabilidad sobre el propio cuerpo. En Colombia, por ejemplo, las personas tienen derecho a la PrEP, la terapia preexposición, ésta se recomienda a aquellas personas que por alguna condición se pueden ver expuestas frecuentemente a la infección, ejemplo de ello puede ser: si no usas de manera constante el preservativo, si tienes relaciones sexuales con personas que se encuentran expuestas al VIH, tienes relaciones sexuales con personas que consumen drogas inyectables o tu consumes drogas inyectables y compartes el material de inyección, tienes relaciones sexuales sin preservativo con una persona VIH positiva que no recibe tratamiento o no es indetectable , entre otras.
Los conocimientos y la evidencia en las que se soporta la ciencia médica le permiten ejercer poder sobre el cuerpo. En el caso de la infección con el VIH (virus de inmunodeficiencia humana), las pruebas que lo detectan cumplen la función práctica de observar y clasificar a los individuos bajo la norma persona infectada/no infectada. La atención interdisciplinar por parte del equipo de salud y el uso de pruebas de laboratorio son instrumentos que pretenden evidenciar la anormalidad para luego encaminarla hacia lo establecido como normal.
El saber es otra forma de poder, un ejemplo de lo que para Foucault son las dos caras de la misma moneda: saber-poder (Foucault, 1978). Un ciudadano demandó en Colombia ante la Corte Constitucional el artículo 370 del Código Penal, que penalizaba a quien vive con el VIH o con el virus de la Hepatitis B por infectar a otra persona (delito de propagación de epidemias pública), o donar sangre, semen, órganos o componentes anatómicos teniendo conocimiento de su estado serológico. La Corte consideró que el artículo 370 del Código Penal era inexequible, por violar el principio de igualdad y al libre desarrollo de la personalidad que prevén, respectivamente, los artículos 13 y 16 de la Constitución Política. Las leyes que penalizan la posibilidad de infectar con el VIH o con el virus de la Hepatitis B refuerzan la biopolítica estatal e incrementan los entornos de violencia y marginación.
El cuidado de sí
El saber y el poder también pueden ser de quién ha sido diagnosticado con VIH y no solamente del equipo de salud. Saber y autocuidado deberían ir de la mano. Es ahí cuando el autocuidado se relaciona con la experiencia de la espiritualidad del sujeto, con el “cuidado de si” (Foucault); como afirman marco A. Jiménez & Ana María Valle Vázquez, de una práctica y pragmática de la espiritualidad del sujeto. La práctica entendida como ejercicio y la pragmática como experiencia: el ejercicio como conjunto de actividades que permiten tener condición de existencia, corporal y anímica; y la experiencia como aquello que nos transforma, que nos coloca en un lugar radicalmente distinto. Al respecto puede profundizar en Biopolítica y Biopoder – Reflexiones Marginales
Acercase a sí mismo/æ, generar una cultura del autocuidado conlleva un proceso de autorreflexión y toma de conciencia, para tomar las riendas de la propia salud, sexualidad, relacionamiento y prevenir situaciones de malestar prolongado y sintomatología, de quien es afectado por cualquier proceso infeccioso y/o enfermedad.
Repolitizar la sidofobia
Es hora de retomar la lucha política que pretende ponerle punto final a las sanciones morales por las cuales se desaprueban los estilos de vida de las personas de los sectores LGTBI y de las diversidades de los géneros y los cuerpos, y de quienes viven con VIH-sida; su legitimación “legaliza” los crímenes y discursos de odio que victimizan. Como afirma Ismael José González-Guzmán, repolitizar moralmente el castigo es replantear la lógica punitiva, puritana y biomédica que impide re-conocer realmente la historia sexual de quienes viven con VIH-sida, pues, mientras se ignore el mundo socio-sexual de estas personas, no debería recaer toda la responsabilidad del estado de salud sobre ellas.