Raíces urbano-rurales de un pueblo en marcha

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La Coordinación Agrominera del Noroccidente y el Magdalena Medio colombiano se prepara logística y políticamente para la Cumbre Nacional.

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La violencia que históricamente han vivido las comunidades campesinas a lo largo y ancho del país se ve reflejada en las comunas y los barrios de las ciudades. El crecimiento de estas ha sido proyectado con base en la mano de obra que ha sido desplazada por la fuerza desde el campo a la urbe. Allí, algunos, han asumido el rol de desplazados y, con subsidios o sin ellos, se han vuelto citadinos de segunda mano, viviendo de recuerdos.

Han llegado a las ciudades con la dignidad aporreada, la tristeza y la ira en los ojos. Han tenido que contemplar los mortales alcances de un proyecto que traspasa las fronteras, que es dirigido por políticas para el bienestar exterior, puesto en marcha en lo legal por quienes, representando ese interés, desde el gobierno han hecho uso de las fuerzas armadas del Estado para aterrorizarnos y en lo social, de la pobreza y la ignorancia para introducir la guerra en la sociedad.

Así mientras en los campos continuaban los éxodos, las ciudades empezaban a crecer por las manos de aquellos cuyos hijos ya no nacerían bajo el aire puro de la flora y la fauna sino entre la densidad del cemento y el esmog.

Tanto en la urbe como en el campo se encrudeció la guerra, se consolidaban proyectos productivos con base en la degradación de la sociedad misma y se solventó tanto la maquinaria legal en lo gubernamental como la mafiosa con los combos y los grupos paraestatales.

A su vez, propósitos organizativos de resistencia con alternativas de vida y objetivos de unidad prevalecieron en lugares donde las cámaras de los canales de televisión no llegaron más que para tergiversar hechos o hinchar situaciones al tono de la apología al terror. Allí donde, quienes amando la tierra y sus riquezas, la vida y el arte, la educación y la solidaridad asumieron con valentía ante múltiples necesidades y vulneraciones, el sembrar.

Rurales y urbanos se constituyeron articulaciones, se demostró capacidad tanto teórica como práctica para gobernarse y gobernar. Se han hecho múltiples propuestas para incurrir en las contiendas electorales y, ante la contundencia del constituyente primario, ha llegado la reacción genocida.

El ímpetu de los seres para transformar y transformarse nunca ha esperado autorización para actuar, mucho menos se ha quedado esperando el apoyo estatal para intentar solventar sus necesidades. En el campo y la ciudad la fuerza de los convites ha permitido alivianar las condiciones de habitad. La solidaridad ha llevado la academia más allá de los muros de la universidad.

En campos y ciudades diferentes formas de abordar la educación popular han sido caricias a ese sentimiento nostálgico, humilde, aguerrido y gratificante que nace en la sonrisa de quien comprende algo nuevo, en la seriedad del rostro de quien duda, en la mirada multicolor y esperanzadora de cada nueva generación.

El encuentro con el otro y la otra en espacios donde confluyen apuestas optimistas que fortalecen el paso de los caminantes ha tenido lugar en múltiples lugares: salones, aulas, casas, aceras, parques, jardines, mangas, cosas, ranchos, veredas, montañas, potreros, coliseos, avenidas, carreteras, autopistas, plazas…

Sucesos repetitivos como los de las más recientes reelecciones dan alta relevancia a las escuelas constituyentes por ejemplo, que son espacios donde se mezclan lo urbano y lo rural, se concibe la identidad y se le recuerda al constituyente primario que “un pueblo ignorante es instrumento ciego de su propia destrucción”. Las comunidades, tanto en lo urbano como en lo rural, desde sus dinámicas, han encontrado en el quehacer la razón de ser para lograr ser.

Por eso, hemos estado preparándonos teórico, práctico y logísticamente, porque es nuestro momento, porque es nuestra parte, porque continuaremos avanzando por los senderos de la unidad, en lo pronto haciendo parte de la constitución de la gran Cumbre Nacional Agraria, Étnica y Popular.