El líder socialista del Partido Laborista inglés asumió la dirección de uno de los dos partidos tradicionales de ese país. Su ascenso al cargo presupone un remezón político, que alienta a sectores antimilitaristas y luchadores contra el ajuste fiscal del modelo neoliberal del mercado

Jeremy Corbyn.
Jeremy Corbyn.

Alberto Acevedo

El pasado 12 de septiembre, concluyó en el Reino Unido un proceso interno de selección del nuevo líder del Partido Laborista, con la elección de Jeremy Corbyn, de amplia trayectoria parlamentaria, conocido por la honradez en sus posiciones políticas, pero sin un perfil que pudiera hacer pensar en que fuera el hombre que habría de colocarse a la cabeza de uno de los dos partidos tradicionales británicos, que ha compartido las mieles del poder en los últimos años.

La noticia de la elección de Corbyn, conmocionó de inmediato las estructuras políticas inglesas, que vivían un acomodamiento y una modorra de siglos, y sus detentadores no pensaron, ni por un momento, que fueran objeto de una verdadera erupción política. La cosa está en que Corbyn es el líder más izquierdista en toda la historia del laborismo inglés.

Se ha caracterizado como el parlamentario más antiimperialista y firme, en las filas de su partido, crítico acérrimo de las políticas de mercado neoliberales y de la participación en aventuras militares como las guerras de agresión en Vietnam, Afganistán, Yugoslavia, Irán o Las Malvinas, entre otras, en las que la Corona británica terminó de rehén de las políticas neocoloniales de Washington y la OTAN.

Pero en lo que coloquialmente se conoce como ‘un palo’, Corbyn se alzó con la mayor votación al interior del laborismo, con el 59.5 por ciento de los electores a su favor, muy lejos del segundo aspirante, que tuvo un registro del 19 por ciento y con una votación mayor, incluso a la de Tony Blair, que en su mejor momento obtuvo el 57 por ciento de los votos de su partido.

Este resultado contundente provocó de inmediato la ira de los sectores más retardatarios y conservadores de los dos partidos tradicionales. La andanada la inició el primer ministro David Cameron, que en forma descomedida dijo que ahora el partido laborista se ha convertido en “una amenaza” para la seguridad nacional del Reino Unido.

Macartismo

“El Partido Laborista representa ahora una amenaza para nuestra seguridad nacional, nuestra seguridad económica y la seguridad de nuestra familia”, dijo Cameron, en un tono que estimuló una reacción en cadena, liderada por los grandes medios de comunicación de su país que comenzaron una contra ofensiva para demoler a Corbyn y tratar de contener su avance político, que podría llevarlo a la jefatura del gobierno.

Hasta Israel se sumó al coro de la ultraderecha. Los principales medios de comunicación en Tel Aviv se declararon consternados por el triunfo de un “anti sionista”. Calificaron como una “sorpresa desagradable”, el hecho de que un admirador de Marx, amigo de Hezbolá y de Hamas, y “feroz opositor de Israel”, haya llegado a la dirección del laborismo. Es como si “el Partido Laborista de Israel estuviera dirigido por un palestino de Hezbolá”, indicó un medio de prensa israelí.

La postulación de Corbyn a la jefatura de su partido fue hecha por un reducido grupo de parlamentarios laboristas, que lo hicieron más como un gesto para congraciarse con el ala izquierdista y el sector sindical, y como muestra de un “pluralismo” que no pretendía ir más allá que eso. Corbyn, incluso no tenía el número suficiente de parlamentarios que lo respaldaran para avalar su candidatura y debió hacer lobby para cumplir ese requisito.

Retos

Sin embargo, en su campaña utilizó un discurso fresco en el que llamó a revertir el proceso de privatización de los ferrocarriles y de los servicios públicos esenciales. Sobre la marcha improvisó una plataforma que marca un compromiso con la agenda verde, de recuperar el transporte público, construir vivienda barata para jóvenes y personas de la tercera edad, desmontar los privilegios fiscales de los más ricos, redistribuir la riqueza, en un país que tiene la mayor concentración de capitales dentro de los socios de la OCDE.

La campaña de Corbyn no duró más de tres meses. Pero llegó al corazón de los jóvenes, de los ancianos, de sectores excluidos, marginados, pero ante todo, a las bases de su partido. Su cuenta en twitter tiene más de 62.000 seguidores. Su cuenta personal, alrededor de 136.000.

Ese fenómeno político alarmó a los sectores conservadores de la clase política británica. La prensa ha sido despiadada. La posibilidad de transformar las viejas costumbres de hacer política, son todavía una utopía. Con su nombramiento ya produjo un remezón y las cosas no volverán a ser iguales.

Su informalidad, hasta en la manera de vestirse y un discurso anti austeridad, fueron la clave de su éxito. Pero no tiene la experiencia suficiente para manejar la empresa que ahora está en sus manos. Tendrá que hacer una construcción colectiva para su proyecto, apoyarse en la fuerza del movimiento sindical, y desafiar la enorme maquinaria política de sus adversarios. En tales condiciones, la primera prueba del tiempo es saber si sobrevivirá su liderazgo.