“Podemos calzar al país”

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Arnulfo Peña, dueño de una famiempresa productora de calzado en Bogotá. Foto J.C.H.

Las marchas de miles de familias que viven de la fabricación de calzado pusieron al descubierto cómo otro sector productivo es golpeado por el mercado sin control estatal y el lavado de activos

Juan Carlos Hurtado F.

En la década de los noventa, Arnulfo Peña nunca se imaginó que esos años boyantes fueran a desaparecer a tal punto de estar al borde de la quiebra. Hoy como fabricante de zapatos en Bogotá, solo cuenta con cinco empleados de los 75 que llegó a tener en aquella época, cuando de manera artesanal semanalmente fabricaba 13 mil pares de zapatos de “buena calidad”.

Arnulfo Peña fue uno de los más de 20 mil zapateros que marcharon con sus familias, el pasado 6 de junio, por las calles de Bogotá, para exigir al gobierno nacional controles a la importación de zapatos de China a muy bajo costo. En ciudades como Medellín, Cúcuta y Bucaramanga, también se realizaron movilizaciones por el mismo motivo.

Mercado sin control

Para los pequeños empresarios de calzado, el problema se originó con la entrada de zapato chino sin el suficiente arancel que lo deja a un precio con el que no se puede competir. Pero también está el inconveniente del lavado de activos que favorece la entrada del producto a precios muy bajos.

“Dicen que para lavar activos compran allá por ahí a siete u ocho dólares y aquí llega por ahí a un dólar; pero con una misma factura ‘gemelean’ 15 o 20 containers más y entra toda esa mercancía. Ahí no tenemos qué hacer con esos precios. Son unas fuerzas oscuras grandes quienes manejan eso”, explica Arnulfo, uno de los organizadores del gremio.

Ese calzado es puesto en el mercado a 20 mil pesos en promedio el par, mientras que producir un par en Colombia cuesta 35 mil; incluyendo materiales y mano de obra.

También están los bajos impuestos de importación como dificultad para los productores internos. El costo del producto por par en China es de siete dólares en promedio y se cobran cinco dólares al ingresar al país. “Aun así es imposible competir con esos precios”, aseguraron los manifestantes.

La movilización convocó a más gente de la esperada. En Bogotá, fue respaldada por el alcalde mayor Gustavo Petro, quien expresó su intención de acompañarlos a una reunión con el gobierno nacional. Esta se concretó para los próximos días con el Ministerio de Comercio Interior, donde entre otras cosas exigirán que se aumente de cinco a 10 dólares el arancel por par de zapatos. También se pide que otras instancias controlen el mercado ilegal.

“Le pediremos al gobierno que se dé cuenta que alrededor de la hechura de un zapato son muchas las familias que logran su sustento. Le decimos también que no es cierto lo que dice Fenalco cuando afirma que hay que traer ese zapato porque aquí no somos capaces de calzar a Colombia. Solo en Bucaramanga se hacen 150 millones de pares de zapatos al año, aunque sus empresas están muy golpeadas y otras han desaparecido. Veamos que sí podemos calzar al país y exportar”, comentó Arnulfo, quien reconoce que la movilización no tuvo la suficiente organización por falta de una estructura en al ámbito nacional y de la ciudad, que logre cohesionarlos y coordinar las acciones.

Peligran famiempresas

Los productores de calzado colombianos, en su gran mayoría son pequeñas famiempresas, algunas legalizadas, muchas no. Estas han sido golpeadas paulatinamente con la entrada de zapato del país oriental, generando cierre de muchas y mayor desempleo. Los productores también aducen la falta de cultura de los colombianos para consumir “lo nuestro”.

En Bogotá son 7.000 famiempresas en promedio, cada una puede producir 1.500 pares semanales, de mejor calidad que el importado, se trabaja cuero mientras los chinos producen con sintéticos, que algunas veces causan infecciones.

Arnulfo seguirá trabajando en su fábrica del barrio Policarpa, ahora con su esposa, sus dos hijos, un hermano y cinco empleados, como normalmente están compuestas estas unidades de producción.

Al comparar su situación con la de hace años expresa: “Antes había satisfacción total porque todo el producto era vendido. Ahora estamos muy mal. Es muy difícil ver cómo muchas familias se quiebran. No tenemos la capacidad de exportar porque no tenemos el apoyo gubernamental para hacerlo, por el contrario nos ponen muchas trabas. Muy pocos lo hacen. Pero es más importante que nosotros mismos consumamos lo que producimos, no que otro venga a cubrir nuestro mercado con productos de menor calidad. Como vamos, es tanto el desempleo que llegará el momento en que no haya ni con qué comprar ese contrabando tan barato que traen”.