Palabra itinerante: Deuda de honor

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Foto: Marcha Patriótica Independencia via photopin cc

Jaime Cedano Roldán

Es increíble que alguien se atreva a decir que el Estado colombiano no tiene ninguna deuda con las víctimas del genocidio de la Unión Patriótica. Estas afirmaciones son una afrenta a la memoria de miles de hombres y mujeres de paz que sacrificaron su vida soñando con una Colombia diferente a la violenta e inequitativa que forjaron los partidos tradicionales y las élites del poder.

Foto: Marcha Patriótica Independencia via photopin cc
Foto: Marcha Patriótica Independencia via photopin cc

No pueden aceptarse silenciosamente tales afirmaciones. Esconden un secreto gozo por los crímenes cometidos. Son palabras cargadas de odio y de miseria y persisten en cubrir de impunidad a los victimarios.

El reciente pleno de la Unión Patriótica ha mostrado, en cambio, una gran madurez y responsabilidad. Igual es la actitud del Partido Comunista. Reclaman con firmeza pero con serenidad verdad, justicia y reparación y ofrecen su legado como contribución a la paz. No podía ser de otra forma. Es la mejor manera de honrar la memoria de los y las mártires.

Afortunadamente las voces intransigentes y los detractores de nuestra historia más reciente están siendo barridos y silenciados por un país que ha entendido que la paz reclama de la movilización más amplia, plural y generosa y mostrado en las calles que efectivamente somos más. Nunca como hasta este 9 de abril se habían juntado tantas voces, tantas manos y tantas rebeldías. El país y el mundo tienen ahora mucha más claridad de quienes están por los caminos de la paz y quienes por los caminos de la guerra. Los llamados a la no concurrencia a la movilización han sido estruendosamente ignorados.

Pero construir la paz requiere reconstruir la memoria y enfrentar de una vez y para siempre la verdad. Y en esa historia y en esa verdad lo sucedido con la Unión Patriótica es una deuda de honor. Y quizás lo de menos es la personería jurídica aunque es un primer paso. Lo más importante es rescatar la dignidad de las víctimas y no permitir que sobre ellas se teja la más mínima duda. O alguien podrá decir que prohombres como Jaime Pardo Leal, Bernardo Jaramillo, Manuel Cepeda, José Antequera, Leonardo Posada, Pedro Nel Jiménez y tantos y tantas más, fueron lo más antagónico posible a tenebrosas personas amigas de la violencia y el terror.

Podrá alguien desconocer que fueron guerreros de la palabra y de los sueños que aceptaron, incluso con increíble resignación, el destino trágico de inmolarse en el holocausto de la violencia desatada. Las víctimas no están poseídas de “memoria vengativa”, otro reciente esperpento. Tienen derecho a la memoria reivindicativa, dignificante. Cuando se logre concretar la paz, cuando las confrontaciones armadas sean cosa del pasado y cuando, como dice Carlos Castro Saavedra “en lugar de sangre por el campo corran caballos, flores sobre el agua” entonces será la hora de honrar a las víctimas, entre ellas a las de la UP.