Morir en el Mediterráneo

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Redada a refugiados en Europa.

Las 400 muertes provocadas por el hundimiento de una barcaza, cercana a la isla de Lampedusa, es un drama que hoy se repite de manera permanente. Las grandes potencias no ofrecen una solución al problema de los refugiados. La ONU calcula que 1.500 de ellos mueren anualmente en el mundo

Redada a refugiados en Europa.
Redada a refugiados en Europa.

Ricardo Arenales

La desgarradora escena en la que, el pasado 3 de octubre, unidades de la Armada italiana rescataban de aguas del Mar Mediterráneo centenares de cuerpos de mujeres, ancianos y niños que iban en endebles barcazas, huyendo de la guerra, el hambre y la pobreza, hacia el sueño europeo, ha vuelto a repetirse, sin que hasta ahora los gobiernos de las potencias occidentales tomen medidas radicales para dar un tratamiento humanitario al problema de los refugiados.

En la primera semana de octubre, frente a la isla de Lampedusa, en aguas italianas, una nave de frágil construcción, que además iba con sobrecupo, naufragó y murieron alrededor de 400 personas, todas ellas inmigrantes africanos, que huían de la guerra, la miseria y la exclusión social. Suponían que pisando suelo europeo iban a paliar de alguna manera su crítica situación y al menos un precario empleo podrían alcanzar.

La prensa occidental se ocupó de la noticia, pero tras las primeras lágrimas, las cosas volvieron a su estado anterior. Sólo que el libreto ha venido repitiéndose.

El sábado 12 del mismo mes, otro naufragio dejó al menos 50 muertos y 150 refugiados más debieron ser rescatados de las aguas del Mediterráneo. Una semana antes, otro naufragio se había registrado en aguas territoriales de la isla de Malta.

Contra palestinos

Más recientemente, el 23 de octubre, una embarcación con 200 refugiados palestinos, que huían de la guerra en Siria, fue atacada y hundida por grupos paramilitares libios, que actúan por cuenta de Israel. En el hecho murieron 33 refugiados.

En este caso es necesario destacar que en territorio sirio viven hoy al menos 400 mil refugiados palestinos. El campamento más grande que los agrupa es el de Yarmuk, donde viven, sin agua, sin salud y en precarias condiciones, unos 150 mil palestinos que han huido de las persecuciones israelíes y de la guerra. Pero ahora con el conflicto sirio, el campamento ha sido escenario de enfrentamientos con los grupos rebeldes. Esto obliga a los refugiados a refugiarse en otros países.

Desde 1948, con el surgimiento del estado israelí, y como parte de una estrategia sionista, el 80 por ciento de la población palestina ha sido expulsada de su territorio. Hoy se calcula, según datos de organismos humanitarios internacionales, que seis millones de palestinos viven en la diáspora.

Fenómeno global

Lampedusa y Palestina no son los únicos nombres que originan noticias de tragedias de refugiados. La prensa no menciona a los que mueren intentando cruzar las fronteras del norte de Europa, por la vía de los Balcanes, Serbia y Bulgaria, cuyas víctimas son objeto de deportaciones, encarcelamientos y persecuciones de toda índole.

Ni siquiera bajo regímenes ‘socialistas’ los inmigrantes están a salvo. Hace poco se conoció la noticia de la expulsión de territorio francés, por disposición del alto gobierno, de una joven estudiante de origen gitano, deportada a territorio de Kosovo. Y a las puertas del Kremlin, en Moscú, se incrementan las redadas contra inmigrantes, en medio de grandes expresiones de xenofobia por parte de grupos de extrema derecha.

El senado alemán dispuso recientemente imponer controles y persecución policial contra cerca de 350 refugiados, que por la vía de Lampedusa ingresaron a Italia y luego recibieron visa de este país para trasladarse a otro vecino. Las autoridades alemanas han exhortado, en forma irregular, a estos refugiados a que se identifiquen ‘voluntariamente’, so pena de ser deportados a Italia. En todo caso, un número indeterminado de ellos ya ha sido privado de la libertad.

Europa no es el único escenario de escenas de odio y discriminación contra ciudadanos extranjeros, negros, gitanos, y de otras nacionalidades, todos provenientes de países en vías de desarrollo, que antes fueron objeto del más feroz colonialismo por parte de Occidente.

En Estados Unidos

Hoy poco se dice de los centenares de centroamericanos que mueren cada año, intentando cruzar la frontera norte mexicana para ingresar a los Estados Unidos. Al norte, sede de la mejor democracia del mundo, del paraíso capitalista, el tratamiento que reciben los refugiados es militar, destacando tropas, muros electrificados, milicias paramilitares y francotiradores para “cazar” como animales a los cientos de inmigrantes latinoamericanos que pretenden ingresar al país.

Hace unas pocas semanas, sectores democráticos de los Estados Unidos promovieron movilizaciones diversas, reclamando una reforma migratoria que comience por entregarle papeles de residentes a 11 millones de ciudadanos ya ingresados, acceso a la salud para sus familias y educación para sus hijos.

La inmigración ilegal ha sido un fenómeno universal, incrementado en las últimas décadas por la globalización de la economía. La humanidad misma ha sido migrante por naturaleza. Hasta en los textos bíblicos se habla de la expulsión de Adán y Eva, a quienes, por cierto, pudiéramos calificar como precursores del desplazamiento forzado.

Mano de obra barata

Estas migraciones milenarias han estado asociadas a la guerra, a los problemas del cambio climático, al hambre, a las persecuciones políticas, a los genocidios y exterminios. La revolución industrial aceleró de manera vertiginosa la creación de un ejército de mano de obra barata y los imperios occidentales crecieron y se lucraron de la inmigración.

Consolidadas sus economías, los países occidentales, en vez de agradecer el aporte del trabajo de millones de ciudadanos extranjeros, de brindarles vivienda, salud, empleo, prefirieron el camino de la criminalización y la xenofobia.

Los inmigrantes en la casi totalidad de países, no tienen acceso a los servicios básicos del Estado, lo que implica, por cierto, que no representan una carga inmediata para los gobiernos, como se dice por parte de los medios de comunicación. El problema viene con las segundas generaciones que demandan educación para los hijos, salud, protección a los ancianos.

Acudir a las vías violentas, a la represión y la cárcel, es lo que el teólogo costarricense Franz Hinkelammert, ha denominado un “genocidio estructural”. Es hora de que las Naciones Unidas y otros organismos humanitarios multilaterales, demanden de los gobiernos de los países desarrollados una política migratoria sensata, que consulte con las reales dimensiones de este fenómeno.