Mis padres

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Leonilde Mora y Teófilo Forero. Foto cortesía

Galia Forero Mora

Mi nombre es Galia Forero Mora y mis padres son Teófilo Forero Castro y Leonilde Mora de Forero. Mis padres se casaron el 5 de mayo de 1963 y desde ese día sus destinos se fundieron en uno solo. La vida política y familiar de mi padre se encontraba ineludiblemente vinculada a la vida política y familiar de mi madre. Ellos compartieron sus alegrías, sus derrotas, sus expectativas y sus esperanzas en una Colombia diferente, incluso habrían de compartir el día en que fueron asesinados por agentes del Estado, ese día que cambió mi vida para siempre.

Por esta razón, en esta carta no me referiré a la biografía de mi padre y su relevancia en la organización de una verdadera alternativa política encarnada en el PCC y la UP, la cual, ante el temor de las élites dominantes, fue perseguida, asesinada y exterminada por fuerzas del orden estatal y para estatal del país. Después de más de 30 homenajes en el aniversario de la masacre en donde murieron mis padres, de la gran cantidad de notas biográficas -unas ajustadas a la verdad, otras no-, del nombre de la columna de las FARC que recrudeció la estigmatización a mi familia, de la persecución del Estado colombiano, me queda únicamente dibujar una imagen menos conocida de ellos, una imagen que yo tuve el privilegio de vivir como hija, como Teofilita (esta era la manera cariñosa de mi papá para referirse a mi).

Hasta el día de hoy, no ha sido fácil reconstruir una historia, en donde yo pueda resumir o explicar cómo fueron mis padres, cómo fue su relación y activismo siempre al lado de los movimientos sociales. Todo lo que yo viví a su lado se encuentra en mi memoria, en mis pensamientos, en mis innumerables recuerdos, felices, chistosos, tristes y dolorosos, así como en la memoria de las personas que fueron verdaderamente cercanas a ellos. Sin embargo, en la búsqueda de alguna forma de transmitir la historia de sus abuelos a mis hijas, me he remitido a las diversas cartas que mis padres me enviaron cuando me vi forzada a vivir en la Unión Soviética dos años antes de su asesinato. A través de estas cartas, mis hijas han podido conocer a sus abuelos más allá de los eventos políticos en que hemos participado y son un lugar habitual de reconocimiento de su legado.

Igualmente, estas cartas son testimonios tanto personales/familiares como históricos, con las cuales es posible entender el prototipo de vida comunista: atender a las tareas de la coyuntura del momento político y, simultáneamente, sostener a una familia, mantener un trabajo que supla las necesidades materiales, cuidar de las personas más cercanas y vulnerables, y preocuparse por su bienestar. En otras palabras, son las pruebas contundentes de que es posible desdibujar la línea entre la vida pública y privada impuesta por la ética de la acumulación privada y el liberalismo.

En una carta enviada por mi padre se puede leer: “Le cuento que he estado como un gato loco en correrías por la Costa Atlántica, visitando las direcciones del partido, haciendo muchas reuniones: inicié por Montería, Sincelejo, El Carmen de Bolívar, Cartagena, Barranquilla, Santa Marta, La Guajira, Valledupar, Becerril, San Alberto, Bucaramanga y terminé en la BELLISIMA Bogotá. Estoy contento porque me fue muy bien en la gira, ya que, un poco cansado, pero cumplí con todos el PLAN DE TRABAJO. ¡COMO LA VE! ¡Me imagino que hecha una RISITA!”. A reglón seguido, después de describir sus actividades políticas, mi padre escribió: “el jueves santo, fuimos a la casa de sus padres más viejitos que nosotros, ya sabe cuales son (…) bueno nos metimos un sancocho de pescado, gallina y ají, y pecamos porque rajamos leña con un hacha. Le cuento que doña Emperita, si estaba preocupada por esa forma de nosotros de pecar, además porque también pecamos comiendo como media arroba de gallina y un tronco de marrano que Leo compró de camino”.

Estos dos fragmentos ilustran el modo en que nos comunicábamos como familia: el estado de la lucha de los movimientos sociales, sindicales y obreros del país y su cotidianidad, sus encuentros y vivencias. No obstante, con el paso del tiempo, estas cartas empezaron a contener las preocupaciones compartidas por mis padres, las cuales muestran el temor creciente de que el proceso esperanzador de la UP y el PCC estaba siendo cercenado en su integridad.

La persecución, las amenazas, las intimidaciones, el asesinato y desaparición de otros integrantes de los movimientos se volvieron tema recurrente en nuestras cartas y llamadas telefónicas. En otra carta de mi padre se puede leer: “la situación política no mejora, pues los grupos paramilitares siguen su agosto, unas veces asesinan gentes que nada que ver con política, ni luchas populares, ya que a veces son gentes que piden limosnas, raponeros o que deambulan en las calles (…) pero en la mayoría de las veces actúan contra dirigentes populares, sindicales, estudiantes o sacerdotes; en los últimos días han arreciado la ofensiva contra la militancia del Partido Comunista, de la Unión Patriótica”.

En otra carta mi madre escribe: “mi amor, el día que nos llamaste eran las 6 de la mañana, pero no te escuchamos, pues era apenas natural que nuestro teléfono está interceptado por los malditos militares. Te cuento que estaba esperando que me contestaras para escribirte con más seguridad. Bueno mamita, nosotros estamos bien y tu papá cuidándose de los peligros que acechan a diario”.

Lo que mis padres describieron no es más que la coyuntura del momento que operó a través de la implementación de un conjunto de medidas tendientes a suprimir por todos los medios la existencia física y la experiencia vital de las personas que integraron al PCC y a la UP: el genocidio político de la Unión Patriótica y del Partido Comunista Colombiano. Esta coyuntura, tristemente, persiste y se ha convertido en el estado normal de las cosas.

Con la proliferación de las plataformas de los movimientos sociales colombianos y, por tanto, de las disputas y luchas indígenas, afrodescendientes, feministas -junto con las diversidades de género y sexo- y ambientalistas, se han multiplicado también las formas en que los agentes del (para-)Estado colombiano, con su maquinaria de muerte y criminalidad, quieren perpetuar su control y descontrol de los territorios de Colombia.

He leído y releído las cartas de mi padre y mi madre junto con mi familia, mi esposo y mis hijas, y siempre nos sorprendemos de cómo la vida políticamente comprometida en Colombia está continuamente en peligro, en la frontera entre la vida y la muerte. Los paros nacionales y las movilizaciones masivas de los años 2019 y 2021, así como la reacción militar del gobierno de Duque, son un ejemplo más de esto. Sin embargo, también nos sorprende cómo la esperanza en una Colombia en donde no reine el privilegio y se repartan los medios de producción y reproducción no desaparece y se encuentra entre el sancocho y el encuentro político, entre lo público y lo privado.

ANTONIO SOTELO ¡PRESENTE!

ANTONIO TOSCANO ¡PRESENTE!

TEÓFILO FORERO Y LEONILDE MORA DE FORERO ¡PRESENTE!