Los mártires de Santa Bárbara. 50 años de la masacre en Cementos El Cairo

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Trabajadores de varias partes del país marcharon por las calles de Santa Bárbara el pasado sábado 23 de febrero. Foto Juan Carlos Hurtado Fonseca.

El 23 de febrero de 1963, soldados dispararon contra una multitud que bloqueaba una vía en el contexto de una huelga pacífica y legal. Los hechos dejaron como resultado 12 muertos, más de cien heridos y decenas de detenidos. Belisario Betancur era el ministro de Trabajo en ese momento. Cinco décadas después hay completa impunidad

Trabajadores de varias partes del país marcharon por las calles de Santa Bárbara el pasado sábado 23 de febrero. Foto Juan Carlos Hurtado Fonseca.
Trabajadores de varias partes del país marcharon por las calles de Santa Bárbara el pasado sábado 23 de febrero. Foto Juan Carlos Hurtado Fonseca.

Juan Carlos Hurtado F.
Enviado especial

“No más señores, alto ahí esa matanza. ¡Oficial por amor a Dios, no mate más gente!”, gritó con las manos en alto el sacerdote Lorenzo Salazar, quien apareció en el lugar mientras la gente seguía buscando dónde esconderse. Los militares dejaron de disparar.

Los hechos sucedieron hace 50 años en la masacre de 12 personas que participaban en una huelga de trabajadores cementeros en Santa Bárbara, Antioquia. Los asesinatos realizados por el Ejército fueron la manera como el Estado respondió a una huelga que completaba un mes, en Cementos El Cairo.

“Fue un sábado muy trágico para nosotros, no esperábamos eso. A esta hora (3 p.m.) ya habían bajado las volquetas a recoger el cemento, como a las cinco subieron. Cada una traía como cinco soldados. Nosotros estábamos en la carretera para no dejarlos pasar. Estábamos señoras, muchachos, yo; todos porque no podíamos dejar el movimiento ya que era nuestra esperanza”, recuerda con nostalgia, Abelardo Arenas, quien laboró en la empresa como soldador entre 1954 y 1990, cuando se pensionó.

La huelga siempre se desarrolló en términos de legalidad y de manera pacífica. La carpa de los huelguistas se instaló en las afueras de la fábrica, pero luego fue trasladada al municipio sobre la vía que conecta a Santa Bárbara con Medellín para dar a conocer la manifestación. Mientras tanto, alrededor de 50 esquiroles continuaron la producción, ya que de los 230 trabajadores, 221 estaban afiliados a Sintracairo y solo 180 habían votado por la huelga.

Campaña propagandística

La movilización, iniciada exactamente un mes antes, fue producto de la negativa de la administración de Cementos El Cairo a negociar de un pliego de peticiones que contenía puntos como aumento general de salarios, prima de vacaciones, auxilio escolar, servicio médico y odontológico, transporte, préstamos para adquisición de vivienda y un mejoramiento en el servicio de casino, entre otros.

La empresa continuó produciendo y enviando cemento y clínker hacia Cementos Argos en la capital antioqueña, hasta que el sabotaje de los huelguistas quienes bloqueaban el paso, pinchaban las volquetas y las atacaban a piedra, produjo el cese del suministro.

A través del poder político bipartidista, el gobierno, la Cámara Colombiana de la Construcción, Camacol, y los medios de comunicación especialmente el periódico El Colombiano, se inició una campaña ideológica y propagandística para tratar de deslegitimar la protesta. Se decía que los huelguistas eran comunistas, que no querían trabajar y que el paro afectaría miles de empleos en otras ciudades.

“En la prensa nos decían que éramos comunistas, era el trato que nos tenían. Mucha parte de la gente del pueblo estaba contra nosotros porque los gamonales y caciques decían, ‘Vean a estos desgraciados, desagradecidos que les dan trabajo y le hacen eso a la empresa’. Nosotros de comunistas no teníamos un pelo ni sabíamos qué era eso”, recuerda el pensionado Abelardo Arenas.

Camacol en comunicación del 19 de febrero de 1963, plantea escasez de cemento y exhorta al gobierno a utilizar los medios de los que dispone para lograr de manera inmediata una solución al problema.

Asimismo, el 21 de febrero, El Colombiano tituló, “20 mil obreros quedarán cesantes por el paro de Cementos El Cairo”. La nota argumenta que ante el desabastecimiento del material los obreros de la construcción serían despedidos.

Argumentando el principio de autoridad, el 22 de febrero el gobernador dijo que había que llevar cemento de El Cairo a Medellín, costara lo que costara. Se contaría con la ayuda de las fuerzas militares.

Mientras tanto, en la carpa los obreros se recreaban, redactaban comunicados que explicaban el desarrollo del conflicto y se establecían comisiones para diferentes actividades como la vigilancia de la fábrica y la misma carpa.

El fatídico día

Desde la capital antioqueña, a las 9 de la mañana del 23 de febrero, 40 volquetas se trasladaron con protección militar hacia la factoría. A las 10 y media pasaron por la carpa de los huelguistas quienes habían decidido dejarlos pasar hacia Cementos El Cairo pero no de regreso cargados con material. Entre los soldados y los esquiroles cargaron rápidamente e iniciaron su regreso a las 4 de la tarde escoltadas por 100 efectivos del Ejército.

Al retorno de las volquetas a la carpa, ordenaron a los soldados formarse y uno de los oficiales encargados de los piquetes de tropa insultó a los obreros y los desafió a pelear. Hubo ofensas de parte y parte, se intentó desinflar las llantas de los vehículos de carga. A las 4 y 45 los soldados rodearon la carpa y recibieron la orden de despejar la vía con gases y bayoneta. Los trabajadores acompañados de familiares, reaccionaron con piedras generando una refriega que dejó como resultado tres soldados y dos trabajadores heridos.

Abelardo Arenas, sobreviviente de la masacre.
Abelardo Arenas, sobreviviente de la masacre.

Así lo recuerda don Abelardo, “Los soldados se bajaron, los pusieron en fila y nosotros atravesados en la carretera. Trataron de darnos culata, de hacernos retirar a la brava. Nosotros nos rebelamos contra ellos. Nos tiraron gases lacrimógenos y se regó ese humero… fue un desespero porque arde en los ojos. La gente estaba desesperada pero se iba emberracada contra los soldados. Cuando el Ejército vio que no nos podía dominar con los gases empezó a tirar bala y empezó a caer gente. La cosa se puso berraca. Unos salieron a correr, había heridos y muertos en el suelo”.

Los soldados que habían tomado posiciones estratégicas a lado y lado de la carretera hicieron la primera descarga de disparos de pistola, fusil y ametralladora, a los cuerpos de los manifestantes. Comenzaron a caer los primeros asesinados. Una niña de 10 años, que corría a buscar refugio en una casa, cayó muerta por un impacto de bala en la cabeza.

Pobladores y trabajadores suplicaban que no los mataran. Llantos de mujeres, gritos que ruegan que no los maten. Una mujer cae por dos balazos en la vagina. En las carpas de la huelga son rodeados y retenidos varios obreros quienes iban a ser fusilados, cuando apareció el sacerdote.

“Yo estaba recostado en un tubo afuera de una casa, le decía a un compañero, ‘Esto está muy berraco hermano, ta jodida la cosa’, cuando menos pensamos ‘tan’, cimbronazo, ay juemadre! A los veinte centímetros de la cabeza tremendo hueco en el tubo. Me tiré al suelo y me hice el muerto, pero mirando con cuidado… Cuando ellos estaban entretenidos recogiendo a los heridos y muertos me dieron cancha y arranqué en pura verraca, y no me pasó nada. Al ratico pasaron las volquetas.

“Ahí terminó la huelga, recogieron presa a mucha gente que los llevaron pa’l batallón”, comentó Abelardo Arenas y agregó, “A los pocos días de los hechos se firmó la convención con algunas de las cosas que exigían los obreros, como transporte, avances en salud, auxilio de maternidad y un auxilio de carne de ganado que mataban allá, por cada hijo que uno tenía nos daban 800 gramos”, dice Abelardo Arenas.

Cinco décadas después

El pasado 23 de febrero, se cumplieron 50 años de la masacre. Miles de trabajadores de otras partes del país, sobrevivientes, familiares y habitantes del municipio, entre otros, se reunieron en Santa Bárbara para homenajear a los caídos y recordar que por los hechos no hay condenados.

Los actos iniciaron con la presentación del libro intitulado “Sangre y Cemento”, producto de una averiguación sobre los acontecimientos, escrito por los investigadores Andrés Jáuregui Gonzáles y Renán Vega Cantor.

Luego, una movilización por las calles desde la plaza principal hasta el lugar de la masacre en las afueras del municipio, donde se dejó una placa y se oyeron las palabras del presidente de Sutimac, seccional Santa Bárbara.

En el parque principal, se realizó un acto político con la intervención de organizaciones sindicales de diferentes partes del país y del Partido Comunista Colombiano. En esta última Jaime Caicedo, expresó que por los mismos días, los mismos que ordenaron la matanza, perseguían y bombardeaban campesinos llevando al país a una situación de guerra civil aún no resuelta. “Recordamos la memoria pero sabemos que debemos rodear la búsqueda de la paz en el diálogo en La Habana. Que es una opción que abre una esperanza para la paz, pero con reforma agraria, sin impunidad, con garantías y derechos para los trabajadores”.

Después de 50 años no hay investigados ni condenados de una masacre considerada la segunda más tristemente célebre en la historia colombiana, después de la de las bananeras.

El profesor Renán Vega concluye, “Por qué unos trabajadores que hacían uso de un derecho fundamental como el de huelga; de manera pacífica, fueron masacrados y sobre ellos se impuso la violencia simbólica, las mentiras y las tergiversaciones.

“Porque la sociedad colombiana era y es profundamente antidemócratica. En la que no se permite que la gente pobre y los trabajadores se subleven. A eso siempre se ha respondido a sangre y fuego por parte del Estado, las clases dominantes auspiciadas por sus medios de comunicación.

“Lo peor es cómo la impunidad de este hecho se prolonga hasta la actualidad. Y creo que si los culpables hubieran sido condenados, seguramente nos hubiéramos evitado los baños de sangre de las décadas posteriores”.

Actualmente el mundo sindical no es muy diferente al de la época. Colombia tiene un deshonroso lugar como el país donde más se asesinan sindicalistas en el mundo. Una cultura antisindical se impone por muchos medios, y la persecución y las formas de contratación hacen que el índice de sindicalización sea solo del 4 %.

Don Abelardo Arenas asegura que las condiciones de los trabajadores han cambiado, en algunas cosas han mejorado, pero le advierte a las nuevas generaciones de trabajadores y sindicalistas, “Sigan la lucha, que a uno no le dan nada. Pa sacar cualquier cosita hay que lucharla; la lucha es muy dura. Por la voluntad de los patrones y el gobierno, no se va a conseguir nada; hay que lucharla…”.

Concentración en el lugar donde sucedieron los acontecimientos hace 50 años. Foto Juan Carlos Hurtado Fonseca.
Concentración en el lugar donde sucedieron los acontecimientos hace 50 años. Foto Juan Carlos Hurtado Fonseca.