Los desafíos de la izquierda post-elecciones 2014

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Los sectores democráticos y la izquierda tenemos la tarea como el deber histórico de concretar el Frente Amplio por la Paz y la Democracia más allá de los intereses y coyuntura electorales.

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Húbert Ballesteros Gómez
Prisionero político, cárcel La Picota

Los colombianos vivimos este primer semestre bajo una agitada contienda electoral: elección de Congreso, primera y segunda vuelta presidencial.

Los resultados fueron los esperados, por tratarse de un sistema electoral profundamente ilegítimo, en donde a partir de la abstención, las prácticas mafiosas y corruptas de la mayoría de los candidatos y partidos, la ultraderecha conquistó gran número de senadores y representantes a la Cámara: veremos a Álvaro Uribe, José Obdulio, Paloma Valencia, Alfredo Rangel y María Fernanda Cabal, entre otros protagonistas de la caverna; fieles herederos de las ideas retrógradas del laureanismo conservador que bañó en sangre el suelo patrio en los años 50, defendiendo el latifundio ganadero e improductivo, el statu quo y las concepciones más atrasadas de la Iglesia; pero, sobre todo, oponiéndose a una mayor inversión social, a la paz y la reconciliación social.

La denominada “Unidad Nacional” mantiene una mayoría en el parlamento, gracias a la mermelada repartida entre los congresistas que se reeligieron y muchos de los recién elegidos por los partidos de esta coalición de gobierno. Aparte de la continuidad de los diálogos con la insurgencia de las FARC-EP, claro está, la paz a que aspira la burguesía, no debemos esperar nada bueno ni nuevo del actual y reelecto presidente.

No en vano, la familia Santos, que se precia de tradición liberal, pactó con los conservadores en el gobierno de Eduardo Santos la llamada “gran pausa”, que no fue otra cosa que frenar y reversar las reformas económicas y políticas de corte liberal que habían emprendido desde la llegada al gobierno de Olaya Herrera en 1930, traicionando la confianza del pueblo que vio en las reformas liberales la solución a los problemas engendrados y mantenidos durante los casi 40 años de gobierno de hegemonía conservadora, que terminó precisamente con el triunfo del Partido Liberal en 1930.

La primera y segunda vuelta presidencial desnudaron, como nunca antes, la podredumbre, falta de principios y de ética del régimen y de los aspirantes de la derecha y la ultraderecha. El país, y la comunidad internacional, asistimos asombrados al enfrentamiento de dos candidatos que no ahorraron insultos, trampas ni descalificaciones al mejor estilo mafioso. Todo valía con tal de lograr la reelección o el retorno al poder. Como podemos ver, esta coyuntura dejó al descubierto algunas diferencias al interior del régimen:

-Una ultraderecha que decidió sacar a la palestra pública algunos de sus representantes más cualificados ya consolidando un partido, que buscará en el Congreso y en la opinión pública posicionar sus tesis políticas de “seguridad democrática, inversión extranjera, fortalecimiento del latifundio ganadero y servirle a la derecha latinoamericana cómo punta de lanza en las relaciones internacionales“ contra los regímenes democráticos y progresistas de la región, también en comisiones estratégicas para sus planes, desde donde promoverán debates contra el gobierno, tratando de ganar con ellos lo que no podrán lograr en las plenarias, pues la correlación de fuerza no les será favorable.

Por su parte, la “Unidad Nacional”, enredada en un mar de compromisos adquiridos para lograr la reelección presidencial, será incapaz de cumplir sus planes de gobierno, pues las concesiones que tendrá que hacer para pagar mediante favores el apoyo recibido se lo impedirán. Aparte de promesas sueltas los candidatos que se enfrentaron en segunda vuelta, ninguno presentó un programa de gobierno articulado y coherente.

El presidente reelecto sustentó su propuesta y logró su reelección con la promesa de continuar los diálogos y firmar la paz.

En lo económico y lo social, sabemos cuál es su apuesta, estilo e intereses y con quiénes está realmente comprometido. En conclusión, este cuatrienio no será fácil para los sectores populares.

-La izquierda, por su parte, desde sus diversos matices, se mostró dividida, tanto para las elecciones parlamentarias como para la primera vuelta presidencial; buscó desde el año anterior consolidar una convergencia política que le permitiera enfrentar de la mejor manera la coyuntura electoral, sin lograrlo. Algunos de los integrantes de la izquierda terminaron haciendo alianzas pragmáticas, más por la necesidad del momento que por acuerdo político o coincidencia ideológica. Incluso, para la segunda vuelta presidencial, muchos terminaron apoyando tácita o expresamente la reelección del presidente Santos, motivo de controversia y cuestionamiento.

La mayoría manifestó como razón fundamental el apoyo al proceso de paz y la necesidad de continuarlo hasta llegar a un acuerdo.

Si bien con el régimen santista no coinciden en ninguna otra cosa. Efectivamente mantendrán una postura de oposición a sus políticas económicas de profundo contenido neoliberal y talante antidemocrático y excluyente.

A pesar de las diferencias manifiestas en los últimos años de gobierno y, sobre todo, en la campaña presidencial, la derecha y la ultraderecha comparten en lo fundamental doctrina, ideología e intereses. Por lo tanto, ante la percepción cierta o fundada de que esté en riesgo el régimen de privilegios de clase, (sobre los cuales se ha construido esta república), no dudarán en unirse de nuevo, olvidando sus peleas y diferencias actuales.

Quienes pertenecemos a la izquierda, quienes hemos sido oposición política enfrentando todas las dificultades que eso significa en este país, debemos abordar con seriedad, madurez y grandeza los riesgos y oportunidades del momento político que vivimos.

En las dos o tres últimas semanas de la campaña presidencial se materializó una idea que había sido presentada desde el año pasado. Me refiero al Frente Amplio por la Paz y la Democracia, al cual se sumaron representantes de partidos y movimientos de la izquierda, al igual que de centro y de derecha, dándole a este espacio un carácter más electivo con fines reeleccionistas.

Pasado esto, una parte de estos partidos y movimientos, sumados a un número importante de organizaciones sociales, se reunieron de nuevo para recuperar la idea inicial: “unir la izquierda y los sectores democráticos del país alrededor de la búsqueda de la paz, la democracia y convertirse en alternativa de poder”. Este planteamiento, sin duda, resulta muy atractivo sin ser nuevo.

¿Pero qué es lo que no ha dejado que esta aspiración y necesidad del pueblo se cristalice? ¿Será el sectarismo, los intereses individuales o de grupo, la falta de grandeza? O ¿una combinación de todos estos?

Pudimos haber sido la segunda fuerza electoral en la primera vuelta presidencial, lo digo con toda seguridad. Pero los resentimientos y las indecisiones impidieron que el Frente Amplio surgiera como una fuerza capaz de disputarle a la ultraderecha uribista y al continuismo santista la posibilidad de estar en segunda vuelta presidencial.

Pasada esta coyuntura, una de las más vergonzosas para el país, por la forma como se mediatizó el tema de la paz en favor de uno y otro candidato y la manera como se utilizaron los más grotescos, indecentes y hasta ilegales métodos de campaña, volvemos a la realidad. Una realidad que nos muestra que somos el tercer país con mayor desigualdad en la distribución del ingreso del planeta, con uno de los niveles más bajos en la calidad de la educación, con una de las mayores concentraciones en la propiedad de la tierra.

Un país donde la clase dirigente que gobierna se ufana de vender nuestra riqueza a las transnacionales, donde en cada acto administrativo se entrega la soberanía nacional y se ofende la dignidad de la nación. El lugar más peligroso del mundo para ejercer la actividad sindical en donde se asesina, destierra y encarcela por miles a la oposición política.

Una realidad que pesa sobre nuestra nación desde sus inicios como república y que nosotros tenemos el deber de transformar.

¿Cómo hacerlo, cómo lograr tan noble pero tan difícil cometido?

“Ahí está el arte”, decía un gran patriota que ya no está físicamente entre nosotros.

Los sectores democráticos y la izquierda tenemos la tarea como el deber histórico de concretar el Frente Amplio por la Paz y la Democracia más allá de los intereses y coyuntura electorales. Ello no implica que se descalifique esta como una forma de llegar al poder. Lo que pretendo señalar es que la actividad política del Frente debe ser permanente y sus formas de acción variadas.

Las tareas más urgentes para este escenario de unidad política deben ser a mi juicio:

1. Consolidar un gran movimiento nacional en favor de la paz con justicia social y de la asamblea nacional constituyente como mecanismo idóneo para refrendar los acuerdos que puedan resultar de los diálogos de La Habana y de los que se logren con el resto de la insurgencia.

2. Materializar la unidad del Frente en una plataforma política unitaria y un programa de gobierno para la paz y la democracia, que intérprete las aspiraciones de los empobrecidos y siempre olvidados por las élites, que han gobernado mediante la violencia nuestro país los últimos 195 años.

3. Ser alternativa de poder y ser poder, esa debe ser nuestra divisa y

4. La unidad, la entrega y el sentido de patria deben guiarnos en cada uno de nuestros actos.