martes, mayo 21, 2024
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La oposición, ¿inteligente?

El nuevo escenario político ha puesto más en evidencia el talante antidemocrático de la ultraderecha en Colombia. Su reticencia a los cambios y el uso de prácticas desleales revelan que su intención es el sabotaje y no la crítica constructiva

Federico García Naranjo
@garcianaranjo

Los comentarios, declaraciones y opiniones de los nuevos líderes de la oposición en Colombia provocan una reacción entre la risa y el asco. En un panorama político inédito en nuestro país, un gobierno progresista mantiene buenos índices de favorabilidad mientras una oposición de extrema derecha –arrinconada, aturdida y errática– no encuentra otra forma de expresión diferente al grito, la provocación y la calumnia. ¿Qué está sucediendo?

Concepto liberal

Debe comenzarse por advertir que el propio concepto de “oposición” proviene del ideario liberal. Según este, en un régimen representativo las diferentes élites se agrupan según su ideología y compiten por el acceso a las instituciones a través de las elecciones. De acuerdo a su gestión, el electorado se inclina por unas u otras alternando a los partidos en el poder, de modo que unas veces gobernará la izquierda y la derecha hará oposición y otras veces será al contrario.

Por supuesto, para que este sistema sea equilibrado y funcione debe existir un consenso básico sobre el respeto de las formas institucionales, es decir, las reglas del juego y el resultado electoral. Se supone que el respeto por la institucionalidad garantiza la alternancia en el poder que a su vez promueve un sentido de reciprocidad entre los partidos, es decir, “no hagas en la oposición lo que no quieres que te hagan cuando seas gobierno”. Así, el control al partido en el poder ejerciendo la crítica constructiva es lo que se llamaría una oposición leal y democrática.

Este imaginario liberal se enfrenta al menos con dos graves limitaciones en su experiencia histórica. Por un lado, se ha desdibujado el origen de los partidos como agrupaciones que representaban intereses de clase. En particular, los partidos de izquierda europeos dejaron de reivindicar los intereses de la clase obrera –que los fundó en el siglo XIX– y se convirtieron no solo en maquinarias burocráticas distanciadas de sus bases sino en los más entusiastas impulsores de las reformas neoliberales de los años 80.

En Colombia si bien los partidos siempre fueron de notables, hasta los años 50 el Partido Liberal de alguna forma intentó reivindicar un ideario de modernidad y democracia frente a la república confesional de los conservadores, pero desde el Frente Nacional renunció definitivamente a su vocación popular. Dicho de otra forma, en un régimen representativo los partidos terminan defendiendo los intereses de la clase dominante.

Por otro lado, en los últimos 50 años los consensos institucionales se han convertido en consensos ideológicos, vaciando de contenido el debate político. Así, desde los años 70 los partidos emprendieron el camino hacia el “centro moderado” y hoy –con algunos matices– casi todos recitan como una letanía el canon neoliberal.

Tal hegemonía ideológica ha provocado que los partidos de oposición no cuestionen al gobierno en temas de fondo –como la distribución de la riqueza– y se ocupen de asuntos de procedimiento y gestión. Por eso la corrupción –y no la desigualdad– es el gran tema político de la actualidad. Dicho de otra forma, el debate político solo se ocupa de cómo hacer que el sistema funcione, pero nunca de cuestionar al sistema mismo.

La historia se repite

Podría pensarse que por primera vez en Colombia la ultraderecha se opone al gobierno de turno, pero no es así. De hecho, nuestra historia política ha sido la del mantenimiento de un statu quo semicolonial, con algunos intentos modernizadores y liberalizadores y las subsiguientes reacciones para revertir dichos avances.

Así lo vimos en 1885 con la Regeneración conservadora contra el liberalismo radical, en 1909 contra la modernización de Rafael Reyes, en 1945 con el golpe militar contra López Pumarejo, entre 1948 y 1953 con el asesinato de Gaitán y La Violencia, en 1972 con el Pacto de Chicoral que derogó la reforma agraria de Lleras, desde 1985 con el genocidio contra la UP, en los años 90 con el paramilitarismo contra los avances de la Constitución de 1991 y desde 2010 contra el Acuerdo de Paz de La Habana.

Tampoco es nueva la virulencia en el lenguaje que utiliza la oposición en su actual estrategia. Por ejemplo, las opiniones de María Fernanda Cabal de que los ejércitos “son una fuerza letal que entra a matar” o que “deben ser anticomunistas” recuerdan los llamados a “incendiar el país” y a la “acción intrépida” de los laureanistas de los años 50 y las prácticas de las SA nazis que en los años 30 intimidaban judíos, homosexuales y comunistas en Alemania.

…se repite como farsa

Entonces, ¿qué es lo nuevo? Lo cierto es que por primera vez en nuestra historia política, la correlación de fuerzas ha puesto a la derecha más reaccionaria en oposición a un gobierno de centroizquierda en coalición con sectores de la derecha moderada. Y además, esa ultraderecha llevaba 20 años siendo protagonista del debate político en Colombia y estaba acostumbrada a comportarse sin límites ni contrapesos, más allá de alguna reacción de la justicia o de la movilización popular.

Hoy esos sectores están huérfanos. Por un lado, han perdido buena parte de la influencia que antes tenían y por otro, su líder natural vive un triste y patético ocaso. Dos síntomas revelan esa orfandad. Primero, es diciente de su nula capacidad de renovación que los herederos de las más tradicionales familias políticas sean los actuales voceros de la oposición: el nieto del presidente que desató La Violencia, la nieta del presidente que bombardeó Marquetalia y el nieto del presidente que implementó el terrorífico Estatuto de Seguridad.

Y segundo, es francamente lamentable el nivel intelectual y de argumentación de los voceros de la ultraderecha hoy en la oposición. Si bien Miguel Antonio Caro, Laureano Gómez o Gilberto Alzate Avendaño fueron representantes de lo más retrógrado del pensamiento de su época, lo cierto es que eran personas cultas e inteligentes que se esforzaban por plantear debates políticos de fondo y elaborar argumentos difíciles de rebatir.

Lo que tenemos hoy es una sarta de provocadores incapaces de elaborar pensamientos complejos, que buscan movilizar la opinión a través de mentiras y tergiversaciones y tener así más visibilidad en redes sociales. Pasar de Álvaro Gómez Hurtado a Polo Polo es una muestra de la descomposición intelectual de nuestra ultraderecha criolla.

Preocupante tendencia mundial

No obstante, ello no es exclusivo de Colombia ni es algo para tomarse a la ligera. La perversión del debate político y el uso de la difamación es algo que se ha extendido entre casi todos los partidos de ultraderecha en el mundo, siguiendo los preceptos de propagandistas como Steve Bannon o Roger Stone. La ultraderecha colombiana hace –con menos éxito, afortunadamente– lo mismo que Javier Milei en Argentina, Bolsonaro en Brasil, Vox en España o Trump en Estados Unidos: mentir y tergiversar hasta socavar las bases mismas del régimen representativo.

Por ello, las grotescas figuras que hoy encabezan la oposición en Colombia no deben ser tomadas como un mal chiste. Al contrario, es impredecible la influencia que puedan llegar a tener y el daño que puedan causar. Para contrarrestarlos, por un lado, el gobierno debe hacer una buena gestión que honre su compromiso con el pueblo y debe aprender a comunicarla con efectividad. Por el otro, quienes estamos comprometidos con la transformación social debemos avanzar en la persuasión respetuosa y sin caer en provocaciones.

Mientras la izquierda tiene la oportunidad de ser gobierno y debe aprender de esa experiencia histórica, la ultraderecha tiene la oportunidad de ser oposición democrática, pero todo indica que va a desaprovecharla.

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