La lucha contra el ébola: “Estamos perdiendo la batalla”

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La falta de hospitales adecuados es factor de propagación del ébola.

En los países donde se concentra el contagio del virus, dicen expertos de la Organización Mundial de la Salud, crece más rápido el número de afectados que la capacidad para atenderlos. Estados Unidos y Cuba envían ayuda: ¡el primero, tres mil soldados; el segundo, 165 médicos!

Ricardo Arenales

En opinión de la directora de la Organización Mundial de la Salud (OMS), Margaret Chan, en Liberia, uno de los países del occidente de África donde se ha extendido el virus del ébola, no hay una sola cama disponible para el tratamiento de pacientes, cuyo contagio crece a paso galopante. Y una situación similar se vive en el resto de naciones afectadas.

En toda la región africana declarada en estado crítico, ha dicho la funcionaria, el número de casos de contagio está creciendo más rápido que la capacidad de las autoridades para atenderlos. La última cifra oficial de víctimas fatales es de 2.800 fallecidos, la mayoría niños, y se estima que para 2015, el número de infectados podría ascender a 1’400.000 personas.

En Sierra Leona, ya van 524 víctimas mortales y se estima en 1.500 la cifra de infectados. La organización de las Naciones Unidas para la niñez, Unicef, en lo que va de la epidemia del virus, afirma que unos dos mil niños han quedado sin padres como consecuencia del ébola. En el cuadro trágico que presentan las autoridades de salud, pronostican finalmente que el 50% de las personas infectadas muere.

Se puede decir también que, en los 38 años que hace que se detectó el primer caso de ébola en el mundo, en una región de la República Democrática del Congo, ninguno de los grandes laboratorios farmacéuticos se preocupó por desarrollar una vacuna contra el virus.

Otras muertes, otros virus

A pesar de la proyección casi geométrica de los índices de inoculación, el ébola no es el más contagioso ni el más mortal de los virus que afectan a los países pobres, especialmente en la región oeste africana.

Más mortales son otras epidemias tropicales, que no reciben un tratamiento mediático similar. En las mismas regiones africanas y en la mayoría de los países pobres, en silencio, el paludismo, la malaria, el sida, el cólera, el sarampión, siguen matando a millones de personas. En Guinea, uno de los países donde se desarrolla el ébola, el paludismo mata 30 mil personas al año. La tasa de mortalidad del paludismo, de acuerdo a estimativos de la OMS, es de 170 fallecidos por cada cien mil habitantes. En el mundo, cada día, mueren 3.200 personas por malaria y cuatro mil por diarrea.

En los últimos seis meses, mientras la opinión pública puso su atención en la tarea de combatir el ébola, en la región subsahariana africana murieron 298 mil niños a causa de neumonía, 193 mil por diarrea, y 288 mil personas fallecieron a causa de la malaria.

Enfermedad de la pobreza

Claro, el ébola es peligroso, su propagación es asunto que debe poner en tensión los esfuerzos de muchos países, pero no tan tenebroso como se quiere mostrar ni tan dañino como otras pandemias, que no suscitan la misma atención de las autoridades ni de los medios de comunicación.

La mayor causa de propagación de estas enfermedades es la pobreza en que están sumidos los países que las padecen. No en vano, algunos científicos califican al ébola como “la enfermedad de la pobreza”. Entonces, más que preocuparse por la génesis de la enfermedad, hay que hacerlo por el estado actual del sistema sanitario de la mayoría de los países de África y los muy limitados recursos en salud de otros países del mundo.

No está solamente el déficit absoluto de camas. Cuando el ébola estalló en Liberia, las autoridades contaban con apenas 50 médicos en todo el país. Hoy en África, no pocos hospitales han cerrado por el pánico a la enfermedad y es alto el número de médicos y trabajadores de la salud que han muerto por contagio, o huido por temor a perder la vida.

En el desmantelamiento general de los sistemas sanitarios en toda la región africana ha tenido que ver las políticas de ajuste fiscal y de recorte al gasto público impuestas de manera despiadada por el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional.

Recorte al gasto social

La banca internacional se ofreció como ‘salvadora’ frente a las grandes carencias financieras de los países de la región y brindó préstamos para solventar déficits presupuestarios. Pero impuso a cambio onerosas condiciones de recorte social y, ante todo, la obligación de los estados de privilegiar el pago de la deuda y sus intereses, por encima de cualquier otra erogación.

Estas condiciones leoninas llevaron a que los gobiernos, paulatinamente, desmantelaran los programas sanitarios, desabastecieran hospitales, redujeran las plantas de médicos. Había que cumplir con la deuda externa y la caja se quedó vacía. Para llenarla, fue necesario acudir a más préstamos, y desde luego, mayores condicionamientos. Paralelo a ello se eliminaron gastos públicos, se privatizaron los servicios, los sistemas educativos y sanitarios. La OMS aconseja que para atender los problemas de salud, se debe invertir no menos del 15% del gasto público. En países como Guinea, se invierte menos del 3%. En África, en general, menos del 3% de la población tiene acceso a programas de salud y de cobertura social.

El remedio, no sólo para el ébola sino para la mayoría de enfermedades tropicales, está a la mano. Más elementos sanitarios, más médicos, más profesionales de la salud, más inversión en hospitales adecuados, más cobertura en camas, es decir: programas sanitarios eficientes.

En contra de estas políticas intervienen, quién lo creyera, las grandes transnacionales productoras de fármacos. Están dispuestas a proveer medicamentos, pero al precio y en las condiciones que ellos impongan. Las transnacionales farmacéuticas no tienen un corazón altruista, lo que les interesa son las grandes utilidades que perciban, para llenar los bolsillos de sus socios.

Durante el gobierno de Nelson Mandela, en Sudáfrica, los Estados Unidos impusieron sanciones al país, por presión de las transnacionales de fármacos, para que Sudáfrica no utilizara medicamentos genéricos, que le resultaban muchísimo más baratos, en su lucha contra el sida. Y el mandatario norteamericano que impuso tales sanciones fue Bill Clinton, que tras la muerte de Mandela lo proclamó como paladín de los derechos humanos.

Queda entonces desmontar una serie de mitos en torno al ébola. No es la enfermedad más contagiosa del mundo. La gripa común lo es en mayor proporción y causa más muertes, cuando encuentra organismos desnutridos y sin posibilidad de asistencia médica. La propagación del virus en África es por falta de guantes, de agua, jabón, alcohol, de una vestimenta adecuada. La mayor tragedia de los africanos es no tener acceso a medicamentos, hospitales adecuados, a la visita de un médico. Es entonces el modelo de desarrollo el que falla. No es el virus el que mata, son las circunstancias en que se desarrolla.

La lucha contra el ébola comienza a concitar la solidaridad de gobiernos, países y organizaciones humanitarias vinculadas a la salud. Pero hay contrastes en esa ayuda. Los Estados Unidos anunciaron el traslado de tres mil soldados, para soportar declaratorias de cuarentena y controlar brotes de protesta social. Cuba, en cambio, ha enviado 165 médicos y trabajadores de la salud, de alta gama en infectología. Dos concepciones bien distintas de la solidaridad.