Inquietantes cifras sobre el trabajo

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La precariedad del empleo es característica de la economía nacional.

Los primeros coletazos del descenso en los precios del petróleo ya se están haciendo sentir en la elevación del desempleo.

La precariedad del empleo es característica de la economía nacional.
La precariedad del empleo es característica de la economía nacional.

Carlos Fernández*

Al finalizar abril, la tasa de desempleo ascendió al 9,5% de la población económicamente activa. Este guarismo es superior al registrado al finalizar marzo del presente año (8,9%) e, igualmente, superior al desempleo registrado al finalizar abril de 2014 (9,0%). Todo parece indicar que se empieza a dar un quiebre en la tendencia a la disminución del desempleo que el Gobierno ha presentado como un logro de su política económica. En varias ocasiones, hemos comentado en estas páginas el contenido de ese decrecimiento del desempleo, desnudando la realidad monda y lironda de que son los sectores que no generan valor los que han dado cuenta de los incrementos en el nivel de empleo que registran las estadísticas oficiales.

Una visión distinta

Además de diferenciar los sectores económicos por el mayor o menor valor que aportan a la riqueza del país, se puede abordar el tema del empleo desde el punto de vista de su calidad. En cuanto a lo primero, vale la pena señalar que, de las 21’683.000 personas ocupadas en promedio durante el trimestre febrero-abril de 2015, 13’858.000, el 64%, corresponde a personas que trabajan en los sectores de la economía encargados de hacer que circule la riqueza producida en el país o importada.

Se trata de los sectores de comercio, hoteles, restaurantes, transporte, comunicaciones, intermediación financiera, etc. Por su parte, las personas ocupadas en los sectores productores de valor (7’824.000, el 36%) están ocupadas en labores agrícolas, en la industria manufacturera, en la explotación de minas e hidrocarburos y en la construcción, generando una riqueza que no es suficiente para calificar al país de nación desarrollada.

Pero las cifras escuetas esconden una realidad más impactante: la de la calidad del empleo.

¿De qué calidad de empleo estamos hablando?

La suma de las personas desempleadas y las subempleadas objetivas supera, en promedio, los cinco millones durante el trimestre febrero-mayo entre el año 2010 y el 2015, es decir, el 22,5% de la población económicamente activa[1. A propósito, no deja de ser extraño que el DANE indague por el subempleo subjetivo, o sea, el que siente la persona encuestada y elabore el dato del subempleo objetivo, sin explicar quién introduce el elemento de objetividad que hace que, mientras el primero fue de 28,1% en el período analizado, el segundo fue de, apenas, 10,5%.]. Este dato indica que casi un cuarto de la población económicamente activa no es asumida por el sistema como lo que es: la fuerza productiva fundamental. Y, cuando la asume, lo hace de manera precaria, con empleos de baja calidad y remuneración, sin protección social, sin seguro de desempleo, etc.

La precariedad del empleo puede deducirse al mirar dicho empleo desde la perspectiva de la posición ocupacional de las personas consideradas ocupadas.

En efecto, de las 21’683.000 personas ocupadas, en promedio, en el trimestre febrero-abril de 2015, 11’583.000 (el 53,4%) eran empleados domésticos, trabajadores por cuenta propia, trabajadores familiares sin remuneración, trabajadores sin remuneración en otras empresas y jornaleros o peones. Si bien no todos los cuenta propia trabajan en condiciones de precariedad, es indudable, como lo prueban diversos estudios tanto de la ciudad como del campo, que un porcentaje importante de estos trabajadores no tiene formalizada su afiliación a la seguridad social ni tienen registrada la razón social de su negocio.

Caen en esta categoría, también, el grueso de la población campesina y los jornaleros y peones cuyas jornadas de trabajo, niveles de ingresos y accesibilidad a servicios de salud y de pensión los hacen entrar en la categoría de trabajadores informales. O sea que alrededor del 50% de las personas ocupadas tienen un empleo precario.

Las mismas cifras oficiales lo confirman: según el DANE, en el trimestre enero-marzo del presente año, sobre una población ocupada de 11’596.000 en las 23 principales ciudades y áreas metropolitanas, el 49,4%, esto es, 5’733.000 personas caían en el rango de trabajadores informales. Si tenemos en cuenta que esta estadística cubre las ciudades más importantes, las áreas no cubiertas por ella corresponden a las más alejadas de los centros poblados, en donde es esperable que la precariedad del trabajo sea mayor y no menor.

Los primeros coletazos del descenso en los precios del petróleo ya se están haciendo sentir en la elevación del desempleo. Este fenómeno sólo está develando lo que una situación contraria esconde: que este no es el sistema que vaya a elevar la calidad del empleo, de su fuerza de trabajo, y que siempre mantendrá a una buena parte de ella, ora sin trabajo, ora con un trabajo precario.

* Investigador del CEIS.