¡Habemus Papam! La opción conservadora del Vaticano

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El bastón de mando en la Iglesia Católica pasó de un papa vinculado a las juventudes hitlerianas a uno que relacionan con la dictadura argentina. Pese a su imagen de hombre humilde, el nuevo pontífice representa el reposicionamiento del sector más conservador de la jerarquía eclesiástica

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Alberto Acevedo

Las primeras palabras del papa No. 266 de la historia de la cristiandad fueron de humildad, amor y hermandad hacia sus feligreses. Y en un gesto inesperado, cuando en la plaza abarrotada los asistentes pedían la bendición del pontífice, fue este quien pidió la de sus feligreses para asumir con buen tino la conducción de la nave.

El Papa Francisco, como se llamará el nuevo representante de Dios en la Tierra, es el obispo argentino Jorge Mario Bergoglio, de 76 años, un ingeniero químico nacido en Buenos Aires en 1936, teólogo, licenciado en filosofía, el primer sacerdote jesuita que llega a esta jerarquía.

Los grandes medios de comunicación, expertos en estas lides, comenzaron de inmediato a fabricar la imagen de un pastor humilde, que cocina y lava su propia ropa, que monta en buseta, que visita a las gentes de los barrios pobres. Y ese perfil se acomoda a la misión, que ya le han encomendado, de reformar la Iglesia, superar sus errores y redimir a los pobres de la Tierra.

Sin embargo, no parece claro que el nuevo representante de Pedro en el Vaticano vaya a cumplir esta misión sin obstáculos. Empezando por el hecho de que la imagen mediática de hombre bondadoso oculta un pasado político nada santo.

La voz de las víctimas

Desde la propia Argentina, las organizaciones defensoras de derechos humanos, las comunidades homosexuales y las organizaciones de víctimas de la dictadura militar de los años 70 han recordado que Bergoglio, en su condición de arzobispo de Buenos Aires, junto a la cúpula dirigente de la Iglesia católica, apoyó a la dictadura, responsable de la desaparición de más de 40 mil luchadores sociales, y del rapto de centenares de bebés hijos de los desaparecidos.

En este sentido resulta incongruente la versión que se vende de que el nuevo pontífice es un hombre sin pelos en la lengua para criticar el poder. Sí, claro, fue un crítico acérrimo de los gobiernos progresistas de los Kirchner, pero aliado incondicional de las dictaduras anteriores en su país.

Uno de los hechos más graves que se le imputan fue que, estando al frente de la comunidad jesuita, no hizo nada por proteger con el fuero eclesiástico a dos sacerdotes de su comunidad, los padres Orlando Yorio y Francisco Jalics, acusados por la junta militar de ser cómplices de los grupos de oposición. Los dos sacerdotes fueron secuestrados, encarcelados y torturados durante varios meses y Bergoglio no hizo nada por salvarlos del martirio.

La jerarquía eclesiástica argentina, liderada por Bergoglio, miró para otro lado, mientras desaparecían cientos de bebés que fueron arrebatados a mujeres perseguidas por la dictadura, desaparecidas o torturadas. Se conoce hoy la versión de que Bergoglio habría dicho que hizo lo que se pudo para contener esta tragedia humanitaria y que muchos de estos crímenes no los conoció oportunamente la Iglesia.

Con Videla

Cientos de testimonios de víctimas, muchos de ellos recogidos en distintas publicaciones, dan cuenta de que la Iglesia sí fue enterada, pero prefirió andar de la mano de los dictadores. De hecho, la Conferencia Episcopal expresó su apoyo al régimen de Jorge Rafael Videla, porque “su fracaso llevaría, con mucha probabilidad, al marxismo”. En reunión celebrada el 15 de noviembre de 1976, los cardenales expresaron “adhesión y aceptación” a los postulados de la dictadura militar.

Por lo demás, el entonces cardenal Bergoglio se caracterizó siempre por ser un hombre de línea conservadora, opuesto al matrimonio entre homosexuales, a la práctica del aborto libre, a la eutanasia, al uso del condón, a la unión libre entre parejas y a una serie de expresiones similares, por las que abogan millones de católicos en el mundo. Y no es precisamente esta la línea progresista que hoy se le quiere acomodar. Una cosa es su simpatía personal, su tendencia a la modestia, y otra distinta el pensamiento político reaccionario de que ha hecho gala.

Vale la pena ensayar otra mirada al contexto en que ha sido elegido el primer pontífice latinoamericano para la conducción de la Iglesia católica. Como ya hemos visto, la jerarquía vaticana no ha sido ajena a las mieles del poder.

Acuerdos de poder

El papa Pío XII (1939-1958) fue cómplice del nazismo alemán, autor del genocidio contra el pueblo judío y los gitanos. El fin de la guerra fría fue precedido de un acuerdo entre el papado (con el pontífice polaco Karol Wojtyla) y la Casa Blanca (imperio yanqui-protestante), con el objetivo de derrumbar el bloque de países socialistas de Europa Oriental y recomponer la dominación capitalista global.

Hoy podríamos estar hablando de un nuevo acuerdo entre la Iglesia y el gran capital, para confrontar los gobiernos de izquierda de América Latina y los vigorosos movimientos sociales que se dan en esta parte del mundo. El continente latinoamericano es no solo escenario del posicionamiento de gobiernos de izquierda, sino del repunte del movimiento de la teología de la liberación, que llama a un compromiso con los pobres y al diálogo social con otras vertientes del pensamiento, no católicas. En este sentido, no sería casual que el nuevo pontífice sea un latinoamericano, y no precisamente proveniente de las corrientes progresistas de la Iglesia.

Para este año, en Brasil, está convocado un Encuentro Mundial de Juventudes, evento al que seguramente asistirá el nuevo pontífice a exhortar a los jóvenes a aceptar los postulados de la Iglesia. De una iglesia que habla un lenguaje anacrónico cuando se trata de los derechos civiles, pero que entiende el lenguaje de los poderosos.

Un papa latinoamericano, que posa de humilde, que tiene un mensaje que llega amplios sectores y que despierta expectativas sobre el rumbo que habrá de tomar, sin duda contribuye a disputar el consenso social en un continente que es laboratorio de cambios políticos de signo democrático. La Iglesia, que es también un poder político, se preocupa por el ejemplo de Chávez, la posibilidad de que se extienda el rumbo socialista en el continente, y entra decidida a disputar ese consenso.

En ese marco, a la Iglesia, en manos del papa Francisco, le corresponde asumir enormes retos, como dirimir los escándalos por abusos sexuales de sus prelados, conquistar al continente europeo que se desliza gradualmente a posiciones cada vez más mundanas, sanear las finanzas de la curia romana, cuyo banco se convirtió en paraíso fiscal y lavadero de dineros mafiosos, y en general iniciar una nueva evangelización.

Y es aquí donde deberá decidir si su opción es por el confesionalismo conservadurista, por la movilización espiritual en contra de las ansias de liberación de las masas, del ocultamiento de los escándalos internos, o definitivamente estará del lado de los cambios democráticos y del progreso social en desarrollo en el mundo.