El presidente Emmanuel Macron culpa a los videojuegos y a las familias porque no se ocupan de la juventud que protesta en las calles. El mandatario pretende ignorar que el problema radica en la segregación racial
Manuel Salamanca
Enviado especial VOZ
Tras noches de violencia, incendios, enfrentamientos entre policía y jóvenes, muchos de ellos adolescentes, la tranquilidad parece haber regresado a los barrios populares de las ciudades de Francia. Pero es una tranquilidad silenciosa, muda, cargada de dolor, de heridas: escuelas incendiadas, alcaldías, comisariados, buses públicos, mobiliario urbano destrozado, carros quemados igual que fachadas de bancos y de supermercados saqueados. Este es el paisaje urbano que se ofrece aún al transeúnte.
¿La muerte de Nahel Merzouk, un joven francés de origen magrebí, es la chispa que encendió la llama de una cólera acumulada por una juventud?
No se puede olvidar que Francia vivió una primavera de manifestaciones sindicales pacíficas contra la reforma del sistema de pensiones, manifestaciones que terminaban en medio de gases lacrimógenos, de detenciones abusivas, en incendios. Esa ha sido la única respuesta de un gobierno autoritario: sordo ante el clamor popular.
Segregación racial
La muerte del joven Nahel se suma a muchas otras de manos de la policía. Ya en 2005 bajo la presidencia de Jacques Chirac las calles de los suburbios parisinos y de las ciudades de Francia se veían envueltas en la violencia como consecuencia de la muerte de dos adolescentes que se electrocutaron tratando de escapar a la policía.
El ministro del interior de entonces Nicolas Sarkozy hablaba de “la necesidad de limpiar los barrios de esas escorias”, refiriéndose a los jóvenes de los barrios populares.
Hoy el presidente Emmanuel Macron culpa a los videojuegos y a los padres, a las familias, porque no se ocupan de sus hijos. El mandatario pretende ignorar que el problema radica en la exclusión, en la segregación racial. Nada se ha hecho para impedir que esto se repita.
Esos adolescentes son los hijos de una historia colonial, son esos franceses cuyos abuelos hicieron venir de Argelia para contribuir a la reconstrucción de la Francia de la posguerra. Esos muchachos viven en los barrios llamados difíciles como despojados de identidad fuera de la República. La presencia del Estado se manifiesta a través de la policía la cual detestan, la que los controla por su aspecto, que los amenaza.
Justicia y diversidad social
Para romper el espiral de la violencia es necesario que se haga justicia, que la ley que autoriza a la policía a disparar en caso de negativa a obedecer, y crear una autoridad de control policial verdaderamente independiente.
Como lo reclaman los sindicatos y los movimientos sociales es necesario transformar la policía republicana y sus vínculos con la población comprometiéndola a trabajar profundamente en la formación, hay que poner en marcha una política activa y firme de lucha contra el racismo y contra todas las formas de discriminación en los servicios públicos y en el conjunto de la sociedad, desarrollar un plan de refuerzo y financiación de los servicios públicos acorde con las necesidades del país con una perspectiva de justicia y diversidad social, darle a la escuela los medios materiales y humanos para que cada niño donde sea que crezca en Francia pueda ser un adulto libre y responsable para que se pueda desarrollar como persona.