Ficción y pesadilla

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Jaime Cedano Roldán

El joven y apuesto militar elegantemente vestido de verde olivo daba órdenes a sus escoltas y lugartenientes en forma cortante y firme. Inmediatamente era obedecido. Su palabra era para sus hombres como una de las tablas de Moisés. Ley sagrada. A unos les ordenaba buscar y aniquilar a peligrosos terroristas infiltrados en la universidad y a otros que “visitaran” una vereda de un conocido municipio. Todos sabían lo que significaba “visitar”. Sencillamente aniquilar enemigos.

Los hechos transcurrían en un enorme y lujoso rancho campestre rodeado de unas montañas exuberantemente verdes donde destacaban los cafetales y las plantaciones de plátanos simétricamente organizadas rodeando las colinas.

La escena era vista y escuchada por otras personas que ante cada palabra, cada gesto y cada orden sentían una opresión inmensa en el pecho y unas ganas de gritar y el llanto era inevitable. Recordaban al hermano secuestrado un día en las puertas de la universidad y del que nunca más volvieron a saber nada. Llevan años buscándolo todos los días, creyendo verlo cada día en cada joven que pasa junto a ellos. Se imaginan las una y mil maneras de cómo sus asesinos les hayan torturado y asesinado. Recordaba otro al padre, prestigioso penalista y catedrático insigne, acribillado al salir de la casa dejando por el suelo un reguero de sangre, de libros y de exámenes recién calificados.

Otros recordaban la noche que hombres encapuchados llegaron a sus humildes ranchos y en medio de insultos destruyeron todo, se robaron lo poco que podían robarse, violaron mujeres, dispararon, masacraron, le prendieron fuego al rancho y se escaparon en medio de diabólicas carcajadas pasando con absoluta tranquilidad frente a los cercanos puestos de la Policía y el batallón del Ejército Nacional.

Miles de recuerdos se amontonaban y amontonaban cada vez más frente al joven militar y sus hombres. Recuerdos duros como pesadillas sin fin, pesadillas de la que se buscaba desesperadamente salir huyendo, poder despertarse y consolarse de que la muerte llorada no había sido más que uno de esos sueños de media noche de los que uno a la mañana siguiente no quisiera acordarse como decía el joven poeta sevillano Gustavo Adolfo Bécquer. Pero las imágenes eran reales. Los personajes eran reales.

Estaban ahí, al frente, en el televisor. Eran actores. De buena estampa y algo de prestigio quien hacía de jefe militar. Otros, actores secundarios poco conocidos y la mayoría eran extras completamente desconocidos. Quienes lloraban y maldecían viéndolos no eran actores. No interpretaban un papel y la pesadilla vivida era real.

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Esta escena, recreada desde la distancia, es una percepción de lo que significa para miles y miles de familias colombianas la nueva serie de televisión “Tres Caínes” que pretende contar la historia de los tres hermanos Castaño que se convirtieron en jefes narcoparamilitares mediante una vulgar tergiversación de la historia que busca exculpar a estos victimarios mostrándolos como unos pobres niños que se hicieron asesinos para vengar la muerte del padre.

Estos hombres en complicidad con altos estamentos del gobierno, las Fuerzas Militares y de Policía, de terratenientes, industriales, transnacionales y de políticos, especialmente el uribismo, desarrollaron una guerra de terror, de expropiación violenta de tierras, de saqueo del erario público y pretendieron consolidar un estado mafioso que destrozó a Colombia. Álvaro Uribe, a quienes algunos acusan de ser uno de los jefes, pactó con ellos una llamada desmovilización. Diseminados en nuevas bandas aún siguen su labor criminal aunque los hermanos Castaño supuestamente estén muertos.

La serie es patrocinada por RCN, Radio Cadena Nacional, una poderosa empresa propiedad de uno de los hombres más ricos de Colombia quien convierte en lucrativo negocio el dolor y el drama de las víctimas de la guerra sucia y el terrorismo narcoparamilitar, víctimas que se cuentan por millones. Un negocio montado sobre el drama y el dolor de todo el pueblo colombiano, de todos a quienes la sola presencia del paramilitar interpretado les recuerda el drama del familiar, amigo o vecino desaparecido, torturado, asesinado o le recuerda su propio drama.

No es la primera vez que esto sucede. Ya hace unos diez años la misma empresa de televisión puso sus espacios al servicio de Carlos Castaño con una serie sucesiva de entrevistas en horario triple A donde el temible asesino, elegantemente vestido, adecuadamente maquillado y técnicamente entrenado le contaba a la audiencia las supuestas “razones de su lucha”. La entrevistadora, siempre con la boca abierta, con una no disimulada admiración y éxtasis, no le preguntaba, no le cuestionaba sino que permitía y ayudaba a exaltar sus epopeyas militares y lo altruista de su vida. Epopeyas y altruismos que dejaron al país como una inmensa fosa común.

La historia hay que contarla. Pero estas historias hay que contarlas desde las víctimas. Para recuperar su dignidad. Para pedirles perdón. Para que esos hechos no se repitan nunca más. No puede ser, como en este caso, historias contadas desde los victimarios con el objetivo subliminal de exculparlos y convertirlos en héroes ante una juventud erosionada por la cultura del dinero fácil que nace del gatillo fácil. A quienes cultivan la idea de que “sin tetas no hay paraíso” hay que mostrarles que sin verdad, justicia y reparación no habrá una paz efectiva y los muertos no tendrán sosiego.