sábado, abril 20, 2024
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El luctuoso 11 de septiembre

El dolor que a Nuestra América le causó el golpe de Pinochet produjo una honda herida que, cinco decenios después, no se ha cerrado definitivamente

Eduardo Rosero Pantoja

Para la comunidad latinoamericana y progresista mundial, no ha habido y no habrá, un septiembre más doloroso que el acaecido en Chile en 1973.  El golpe de Estado, orquestado por el gobierno de los Estados Unidos e instrumentalizado por Henry Kissinger, legendario derechista y ya centenario carcamal, tuvo una primera fase en junio de ese año con el famoso “tancazo”. La segunda fue con el bombardeo y la destrucción del palacio de La Moneda efectuado después del mediodía del 11 de septiembre.

En horas de la mañana, una junta militar anunció el golpe y el ingenuo presidente, se preguntaba: “¿Dónde estará, a estas horas, el general Pinochet?”, su hombre de confianza y compañero de logia masónica. Este tránsfuga, presidió la junta y se hizo con el poder.

Como comandante Pinochet, durante el gobierno de Allende, seis meses antes del golpe, desarmó al pueblo chileno. Dicho golpe de Estado, cruento sobremanera, dejó muchos detenidos, torturados, secuestrados y fusilados en las calles y en los cuarteles.

Para que no quedaran dudas, sobre la dureza del nuevo régimen, Pinochet declaró que la operación militar había sido relativamente suave, porque él pensaba guerrear por lo menos tres días.

La cruenta dictadura

A los pocos días del golpe, ya se contaban por miles los muertos y detenidos en cárceles y hasta en estadios.

Como la política es la forma cristalizada de la economía, la dictadura siguió las orientaciones de la plutocracia chilena y desde el principio los políticos tradicionales fueron excluidos de cualquier participación en el gobierno.

La dictadura privatizó las minas de cobre de Chuquicamata y El Teniente, todos los servicios públicos y buena parte de las empresas estatales. La I.T.T. (empresa gringa de telecomunicaciones), cumplió con su sueño de hacerse con la telefonía de Chile. La reducción al máximo del tamaño del Estado fue la norma que operó desde el comienzo.

Desde el mismo momento del golpe, el ejército registró, casa a casa, todos los barrios de Santiago y demás ciudades y lo propio hizo la policía de los Carabineros por todos los campos del país.

Los partidos fueron clausurados, lo mismo que el Congreso y Pinochet cumplió con su promesa de aislarlos “para siempre”.  La persecución contra la gente de izquierda fue infame, al punto que los militares los encontraban escondidos en los desvanes de sus casas y hasta debajo de sus camas. Los que podían, huían por las fronteras hacia Argentina o Perú para poder llegar hasta países que los recibían como refugiados.

Hipocresía internacional

Salvador Allende, elegido democráticamente el 4 de septiembre de 1970

Pero el asesinato de personajes progresistas y de izquierda lo venía realizando la ultraderecha desde 1970 cuando Allende comenzó a gobernar el país, inclusive, antes de que asumiera la presidencia.

Fue el caso de personajes cercanos a Allende, como el general René Schneider, asesinado en ese año; el general Alberto Bachelet quien falleció a causa de las torturas y el general Carlos Prats, con su esposa, ultimados en 1974; los ministros José Toá, liquidado por asfixia en 1974 y el ministro Orlando Letellier asesinado en Washington en 1976, por nombrar solo a los más destacados.

Desde el principio del golpe, Pinochet se impuso sobre la junta militar, aduciendo que él era una persona ecuánime, que estaba “en el justo centro”, aunque anunció que en Chile no se movería “ni la hoja de un árbol” sin su consentimiento.

Los gobiernos de Estados Unidos y de la comunidad capitalista europea, hipócritamente fingían protestar contra los desmanes del dictador de marras, pero realizaban pingües negocios con él y se hacían los de la vista gorda con sus grandes atrocidades y desmanes.

En 1980 la nueva constitución, redactada por un grupo de juristas de derecha, al gusto de Pinochet y de la élite de potentados, marcaría el ulterior rumbo represivo y neoliberal que aún impera en Chile, a pesar de los intentos de reformarla.

Las dictaduras de Argentina, Uruguay, Brasil, Paraguay, Perú y Ecuador y los gobiernos de Colombia, durante los 17 años de la dictadura pinochetista, horondamente comerciaban con Chile, país que no dejó, desde entonces, de inundarnos de manzanas, uvas, duraznos y vino y de comerciar con el cobre y el salitre.

El golpe neoliberal

El dolor que a América Latina le causó el golpe fascista de Pinochet, produjo una honda herida, que 50 años después de haber ocurrido ese evento, no se ha cerrado definitivamente.

El golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973 fue largamente pensado en los centros del poder de los Estados Unidos y apoyado teóricamente por los intelectuales del neoliberalismo, en la Universidad de Chicago, a la cabeza de Milton Friedman.

No menos importante fue la vinculación inmediata de los jóvenes economistas de la Universidad Católica de Chile, quienes hicieron maestrías en la institución estadounidense mencionada y fueron llamados los Chicago´s Boys, nombre con el que se consagraron.

Los principios del neoliberalismo se introdujeron desde el primer momento con el objeto de desmontar todos los cambios reformistas del gobierno de Allende, relacionados con la economía chilena, principalmente de la industria, la minería y el agro.

Importante fue la solidaridad internacional con los chilenos, quienes se habían ganado la buena voluntad de todo el mundo, comenzando por la simpatía que despertaba la figura de Salvador Allende, cuyo asesinato violento conmovió a toda la humanidad progresista.

Mi querido Santiago, está herido

El periódico Pravda de Moscú publicó al siguiente día del golpe un editorial con una larga poesía del insigne bardo ruso, Eugueni Evtushenko, en cuyos versos decía: “Mi querido Santiago, está herido”.

En verdad, corría la sangre por las calles de Santiago, a partir de esa misma tarde, pero por la noche, en el Barrio Alto bailaban los golpistas del gozo de haber cumplido con su cometido, derribar al gobierno socialista que había empezado a hacer reformas sociales en favor de los más necesitados.

Después del golpe fatídico fue muy importante para el acompañamiento interno y externo del pueblo chileno, la presencia artística de reconocidos grupos musicales, como Quilapayún e Inti Illimani, que habían estado al lado de la Unidad Popular, con cánticos de rebeldía, como El Pueblo Unido, Jamás Será Vencido e himnos como Venceremos del compositor Sergio Ortega, que le dieron la vuelta al mundo en las voces de esas agrupaciones, las mismas que se presentaron en escenarios de Italia, Francia, España y la Unión Soviética, entre otros.

Todavía se escuchan los cantos de los mencionados grupos, que volvieron a Chile después del restablecimiento de la democracia y dieron apoteósicos conciertos en las ciudades del país austral. Pero también, en varias capitales del planeta, para recordarnos, que la causa de la liberación del pueblo chileno y latinoamericano está presente en las canciones y es un motor permanente que mueve las conciencias de nuestro continente y de otras partes del orbe.

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