lunes, marzo 4, 2024
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El día en que la Ciudad Luz se apagó

El mundo entero está consternado por las dimensiones de los ataques terroristas en la capital francesa y sigue dando muestras de solidaridad con el pueblo galo. Pero muchas voces exigen revaluar el papel de Francia en la guerra de Siria y en otros escenarios de conflicto en África y el Medio Oriente

Alberto Acevedo

El 27 de septiembre pasado, la Fuerza Aérea de Francia realizó por primera vez un ataque contra posiciones del Estado Islámico en Siria. Siete semanas después, una operación comando de este grupo fundamentalista se atribuyó el que ha sido calificado como el mayor atentado terrorista contra París, después de la segunda guerra mundial.

El símil ayuda a entender las complejas motivaciones que hicieron posible la cadena de atentados, siete en total, que en la noche del pasado viernes 13 de noviembre, dejaron un saldo de 132 muertos y 349 heridos en donde fueron blanco escenarios deportivos y culturales de la capital francesa, tradicional centro turístico y de recreación, en un hecho que estremeció no sólo al país galo sino a la opinión pública internacional, y que las autoridades francesas han calificado como una “declaratoria de guerra”, no solo contra su país sino contra la ‘democracia’ occidental.

Varios medios de comunicación próximos a nuestro entorno se preguntaban por estos días: “¿Por qué París?”, “¿Por qué El Bataclan fue triste escenario de una matanza sin sentido?”. En la retorcida lógica de quienes se atribuyeron la autoría del atentado, ¡claro que estas cosas tienen sentido!

El presidente sirio, Bashar al-Assad, que junto a la inmensa mayoría de mandatarios del mundo, condenó los disparos que segaron la vida de decenas de franceses en ese viernes 13 sangriento, recordó sin embargo un hecho certero: “Francia conoció ayer lo que vivimos en Siria desde hace cinco años”.

Francia, junto a la Organización del Tratado Atlántico Norte, OTAN, Estados Unidos y Gran Bretaña, entre otros, hace parte de una coalición de potencias occidentales que adelanta una cruda guerra contra las posiciones del Estado Islámico en Siria e Irak. Pero, además, bajo la orientación imperial de los Estados Unidos, va tras el objetivo de derrocar al gobierno de al-Assad en Siria, que otros países del mundo no comparten, porque se inclinan por el principio de que el pueblo sirio tiene derecho a resolver sus problemas domésticos sin la intervención extranjera.

Intervencionismo

Siria no es, sin embargo, el único teatro de guerra en el que participa Francia. El Palacio del Elíseo, sede del gobierno francés, desarrolla operaciones militares en al menos 17 escenarios militares en África. Pero también mete sus narices en Asia y en otros contextos de conflicto en el Oriente Medio.

Hoy todavía, las políticas geoestratégicas que se diseñan en París afectan el destino de los países africanos, y esto convierte a Francia en blanco de resentimientos históricos.

Un conocido analista de la política del Medio Oriente, se ha preguntado si el horror que han padecido los franceses en las últimas horas es diferente al de Siria, Irak, Palestina o El Líbano, donde los muertos se multiplican cientos de veces y la sangre de hombres y mujeres inocentes se sigue derramando, tras los disparos de las armas que Francia y otros países de Occidente exporta y en ocasiones donan generosamente a grupos radicales.

El riesgo de la islamofobia

Ahora el yihadismo ha respondido con la misma medicina. El problema es que quienes pagan las consecuencias de las políticas imperiales e intervencionistas de los poderosos, son ciudadanos comunes y corrientes, mujeres, ancianos, padres de familia.

Lo nuevo esta vez es que los grupos fundamentalistas islámicos han demostrado su capacidad de internacionalizar el conflicto. Las medidas de emergencia que han adoptado las autoridades francesas comportan unos riesgos. Se han limitado derechos fundamentales, en el país cuna de las libertades. Se restringe la libertad de locomoción, la de prensa, se cierran las fronteras. Lo mismo hacen otros países.

De alguna manera, los mensajes de ‘guerra total’, que proclaman los Hollande, los Sarkozy, los Obama, los Merkel, los Rajoy, adoptan una política segregacionistas e insinúan que el mundo islámico ‘es el enemigo’, desconociendo que el islamismo en forma mayoritaria rechaza las posiciones extremistas y las políticas de terror de estos grupos fundamentalistas.

Estos llamamientos a la segregación racial tienen sus peligros. Había pasado un día apenas de los hechos de París, cuando un campo de refugiados en la ciudad francesa de Calais fue reducido a cenizas. Era un campamento de 10 mil metros cuadrados, destruido al parecer por grupos antiinmigrantes. También este es un acto terrorista, pero del otro lado. Y el hecho ni siquiera fue mencionado por los grandes medios de comunicación.

Estado de guerra

La nueva política de arrasamiento y coloniaje se justifica vendiendo la idea de que el mundo árabe y musulmán atenta contra la sacrosanta democracia occidental. Preocupa además el hecho de que los atentados de París de la semana pasada se presentan en los momentos de mayor crisis de la ola de inmigrantes, provenientes precisamente de los países escenarios de guerras alentadas por las grandes potencias que hoy se rasgan las vestiduras.

De las consecuencias y responsabilidades por los hechos de París de la semana pasada, quedan hilos sueltos por analizar. Por ejemplo, la responsabilidad de Estados Unidos, en el aliento a los grupos fundamentalistas que hoy dice combatir. De momento hay que tomar en cuenta la afirmación de Francia, de que “estamos en guerra”. En realidad, desde hace mucho Francia ha estado en guerra. Pero no lo había declarado tan explícitamente como ahora.

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