miércoles, julio 17, 2024
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El avance de la ultraderecha y una táctica para enfrentarla

Las elecciones europeas han puesto la lupa, nuevamente, sobre un fenómeno que ha venido prosperando en las últimas décadas: el avance de manera global de los movimientos y posturas antiderecho

Diana Caribe

En la Europa “civilizada”, el aumento de la xenofobia, del racismo y la homofobia han tenido un correlato político en el avance de partidos de ultraderecha como Alternativa para Alemania, o la agrupación Nacional de Marine Le Pen en Francia o Fratelli d’Italia, que coquetean de manera abierta con el nazismo. La guerra entre Rusia y la OTAN en Ucrania deja ver, sin ninguna vergüenza, cómo el fascismo y el nacionalismo son punta de lanza de la alianza atlántica en su política expansionista hacia el este de Europa.

Por otra parte, la instrumentalización por parte del imperialismo de las luchas históricas por los Derechos Humanos, del feminismo, LGBTIQ+, afrodescendientes y otros sectores sociales minorizados, para generar factores de inestabilidad política en sus adversarios, ha generado una reacción adversa a estas poblaciones profundizando las políticas conservadoras que ya se desarrollaban en dichos países.  Igualmente, la posible llegada de Trump, nuevamente a la Casa Blanca, va de la mano con el avance del supremacismo blanco, las posturas antinmigración y la homofobia, que ya se expresa sin filtros en la sociedad norteamericana

En este contexto, la criminalización de movimientos por la defensa de derechos civiles y políticos, entre estos los movimientos LGBTIQ+, es justificada ante el público como una acción defensiva ante la imposición de valores subversivos de occidente.

Por acá no escampa

Entre tanto, en el continente americano la llegada de Milei en Argentina pone de presente cómo la ola neocoservadora, atada a los sectores más fanatizados de las iglesias pentecostales y también católicas, unida a una retórica de extremismo anarcocapitalista y abiertamente antiderechos, se abre paso enfrentando a las diversas experiencias progresistas que se han desarrollado en el inicio de este siglo. Sus avances, como elefante en una vidriería, va destrozando todo lo ganado en derechos, por pequeño e insignificante que pareciera.

Por ejemplo, hace poco el diario El País reportó que el Portavoz presidencial anunció que “No se va a poder utilizar la letra -e, la arroba, la -x y [se va a] evitar la innecesaria inclusión del femenino en todos los documentos. Las perspectivas de género se han usado también como negocio de la política”. De acuerdo con este medio, la decisión va de la mano de la perspectiva que tiene el presidente ultraderechista hacia las políticas de igualdad que, según él, hace parte del “adoctrinamiento del marxismo cultural”.

Igualmente, en el Perú, según la HRW: “no permite que las parejas del mismo sexo se casen o formen uniones civiles, no cuenta con un procedimiento para que las personas trans cambien sus documentos para reflejar su identidad de género ni tampoco tiene leyes civiles que prohíban la discriminación contra las personas LGBT. El decreto también podría dar legitimidad a las ‘prácticas de conversión’ y agravar los problemas de salud mental a los que se enfrentan las comunidades LGBT en el país”.

Así vamos

Este panorama ha exacerbado a la ultraderecha criolla. Gobiernos locales abiertamente antiderechos como el de la ciudad de Bucaramanga, acciones para evitar el avance de legislaciones favorables para la población LGBTIQ+ como el proyecto de Ley “Nada que curar” contra las torturas denominadas “terapias de conversión”, o las maniobras para impedir desarrollos normativos para garantizar espacios escolares libres de discriminación por orientación sexual e identidad de género en los colegios bogotanos, empiezan a ser cada día más comunes.

Al ingresar en los dos últimos años del gobierno de Gustavo Petro y al acercarse el debate electoral, es previsible que las posturas antiderechos enarboladas por los sectores fundamentalistas y la ultraderecha, sean la avanzada para la creación de un ambiente de terror moral contra el gobierno y, por ende, de las candidaturas de continuidad del proyecto político del Cambio. Es posible que sectores progresistas y democráticos opten por la invisiblización en el debate público de los derechos de la población LGBTIQ+ o inclusive nos vean como un lastre, como ya aconteció en el plebiscito por la paz en 2016.

En este contexto, se requiere una táctica de alianzas amplias, con múltiples sectores sociales y políticos, que privilegien una agenda atada a demandas económico-sociales que pongan el acento en la visiblización de las necesidades de la población LGBTIQ+ en contexto de empobrecimiento, de marginalización laboral, de exclusión educativa y de los servicios de salud, entre otros temas. Una agenda política transversal que se trence con las expectativas políticas, sociales y económicas de la ciudadanía en general, que no nos aísle de las corrientes democratizadoras de la sociedad y evite convertirnos en blanco fácil de la ultraderecha.

Quedarnos en las exigencias del derecho a SER, que solo les es permitido a un sector privilegiado de personas LGBTIQ+, sin extender los hilos de identidad con los sectores populares donde habitan la mayoría de la población LGBTIQ+, ayudará al propósito de la ultraderecha de convertirnos en el caballito de batalla contra las apuestas de cambio que hoy encarna el proyecto progresista del gobierno de Gustavo Petro. Eso no lo podemos permitir.

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