¿Pero por qué estaban los dos pósteres dedicados él en aquel sitio inadecuado nada propicio, por ser un taller mecánico, puesto que debían estar en una biblioteca?
Armando Orozco Tovar
Para los ojos lo esencial es invisible. Antoine de Saint-Exupéry
Aquella vez Saint-Exupéry no estaba extraviado en el desierto, sino en una población cercana a Bogotá, donde se ignoraba sobre él. Lo que fue en su corta vida de cuarenta y cuatro años; periodista, literario, aventurero y aviador, volando por todos los continentes del mundo.
¿Pero por qué estaban los dos pósteres dedicados él en aquel sitio inadecuado nada propicio, por ser un taller mecánico, puesto que debían estar en una biblioteca? Los vi esa mañana por casualidad al pasar por la puerta del establecimiento donde arreglan automóviles. Y antes que se arrepintiera el mecánico arrojándolos a la basura, se los solicité, y él sólo dijo: “Lléveselos”.
Sentí en ese momento, que los había salvado del aceite, la mugre de los autos en reparación, de donde quien sabe cuánto tiempo sobrevivieron de chiripa. La cara malgeniada y engrasada no era agradable, atreviéndome a pedírselas sin ni siquiera proponerle compra. Puesto que si hubiera pedido dinero, sin dudarlo se lo hubiera dado. Distinguí de lejos las fotografías del famoso francés en los paneles. Y en uno de ellos la portada de la primera edición de Piloto de Guerra editado en 1942. Era un encuentro casual con Saint-Exupéry, que la semana anterior había hablado de él en una charla, conmemorando el aniversario de su nacimiento, y la aparición del El Principito, aparecida en 1943.
Imaginé que los afiches pertenecieron a una colección, traída en años anteriores por alguien, a esta población para una exposición, o para la casa de algún intelectual de la región, porque qué más podía explicar su presencia en este lugar donde a duras penas se lee el periódico. Pensándolo bien el hallazgo de los cartelones en el garaje, dedicados al narrador, no constituía en el fondo extrañeza, puesto que el piloto solía aterrizar en los parajes menos apropiados.
Muy joven Saint-Exupéry cumplió su servicio militar, logrando sin dificultad obtener su licencia de aviador para volar las primeras rutas del correo en el norte de África, el Atlántico sur, y los Andes americanos, intentando establecer una ruta, pasando por Centroamérica hasta Nueva York. En Guatemala, Saint-Exupéry se accidentó de gravedad, heridas de las cuales nunca se recuperó.
En 1930 se le asignó una misión peligrosa en el continente negro en Cabo July, Río de Oro, que aprovecharía para escribir su novela Courrier-Sud. Luego Vuelo nocturno, prologada por André Guide, y con la cual obtuvo el Premio Fémina. Luego publicará Tierra de hombres, con la que ganará el Premio de la Academia Francesa. Antes de esta profesión, el escritor francés, se desempeño como reportero del Paris Soir. Siendo solicitado como periodista por periódicos moscovitas y españoles.
Cuando llega la Segunda Guerra Mundial se le moviliza como piloto militar contra el fascismo. Y cuando Francia cae va a Nueva York, donde escribe Piloto de Guerra y Carta de un rehén, desgarrador documento. A León Werth, su amigo, dedica El Principito: “Pido perdón a los niños por haber dedicado este libro a una persona mayor”.
El escritor y piloto de guerra desapareció al ser derribado en su Lightning P38 de reconocimiento, por un caza nazi sobre el mar Mediterráneo (hoy tumba de miles de cadáveres de refugiados). No siendo hasta la fecha recuperados su avión ni su cuerpo. En los pósteres del taller mecánico de la población cundinamarquesa, se aprecia la menuda letra del Petit Prince de otro mundo, el que Antoine De Saint Exupéry llevaba dentro.
Alegría de Pío/23/09/15/ 2:00 p.m.