Camilo y los comunistas

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Camilo Torres con Gilberto Vieira secretario general del PCC.

Estructurar la idea de la unidad del pueblo como proyecto estratégico en un momento temprano de la resistencia al orden contrainsurgente es sin duda el extraordinario aporte de Camilo que trasciende el tiempo y llega como preciosa herencia a las tareas del presente.

Camilo Torres con Gilberto Vieira secretario general del PCC.
Camilo Torres con Gilberto Vieira secretario general del PCC.

Jaime Caycedo
Secretario general del Partido Comunista Colombiano

Hace 50 años cayó en combate el sacerdote Camilo Torres quien había sembrado en la vida colombiana una incontrovertible novedad: en el imaginario de una iglesia vertical hacía presencia la fuerza de un hombre joven, accesible y humano, un clérigo rebelde cuya palabra y ejemplo enamoraban a los estudiantes y despertaba una tentación plena de perplejidades entre las nuevas generaciones de los medios populares.

Para nosotros, jóvenes comunistas entonces vinculados al activismo del movimiento estudiantil su presencia agregaba nuevas motivaciones al quehacer crítico, a la urgencia de rescatar a la universidad pública para tareas de compromiso con el mundo popular real y para colocarle escuchas de fondo al vínculo entre lo revolucionario que se insinuaba en los campus y las resistencias campesinas, batallas campales de pobladores y huelgas obreras radicales que inauguraban las hondas contradicciones y conflictos de la “paz” del Frente Nacional.

Camilo era lazo entre las nuevas rebeldías y las luchas heredadas tras la caída de la dictadura militar, la reafirmación de las viejas estructuras del poder y la reanudación de las lógicas autoritarias que bien pronto desnudaron la entraña del proyecto del bipartidismo forzado, impuesto tras el plebiscito de 1957. La naciente facultad de sociología y el estudiantado eran actores en el escenario de una Universidad Nacional que pugnaba por recuperar el estatus de la educación pública tras un decenio de dictaduras, relegamientos e institucionalización del control privado y clerical sobre los entes públicos obra de los gobiernos conservadores y de la dictadura militar.

En el proceso de su radicalización es muy importante para Camilo definir su relación con el pueblo, con los sin partido, con la izquierda y también con los comunistas. El Frente Unido y los Mensajes abren un canal a esa comunicación interactiva en que se convierte el año de 1965. Los Mensajes delimitan el espacio, la estructura y los interlocutores de un programa democrático revolucionario que se deriva de las grandes contradicciones y de las clamorosas inconformidades populares. Al definir su distancia y su oposición sin límites con la oligarquía Camilo establece su campo, el campo de lo popular diverso, lo que llamará la “clase popular”. Esta demiurgia conceptual y político-práctica es también un posicionamiento en el universo, vale decir en el contexto de las realidades geopolíticas del momento.

En el plano global hay sucesos que marcan época en medio de un incremento de la carrera armamentista en el contexto de la guerra fría y los avances de procesos revolucionarios que aportan un auténtico magisterio de resistencias emancipatorias frente al imperialismo. La revolución cubana en su fase más temprana es un hito de enorme incidencia en el continente y un punto de adhesiones que traza fronteras con el poder global. Hay agresión, intentos de invasión, hay movilización y hay denuncia. La crisis de octubre de 1962 llamada de los cohetes es un momento crítico que pone en vilo la paz. Vietnam muestra el siguiente escenario del intervencionismo y de la confrontación. No obstante, hay pasos hacia la distensión y la coexistencia. Lo denominaron el “deshielo” en Occidente mientras en el mundo periférico nuevas generaciones de obreros e intelectuales buscaban en la aproximación el marxismo y cristianismo nuevos rumbos morales. De hecho, la Conferencia de Bandung de 1955 había lanzado la noción de un orden mundial en un nuevo equilibrio y acuñado la denominación del no alineamiento.

¿Por qué Camilo acude a marcar dentro de sus parámetros de identidad sus relaciones con los comunistas?

En los ambientes de prevención modelados por la doctrina de la seguridad nacional Camilo es consciente de que su actuar está inscrito en el orden del enemigo interno como un comunista camuflado. Esa sospecha, fundada en sus amistades, sus contactos, sus amigos no escapa a las informaciones de los organismos de “seguridad”. Es comprensible el reflejo, devenido ulteriormente en un gesto preventivo de muchos intelectuales para despejar señalamientos. Solo que Camilo lo hace entre sus primeros mensajes, de una manera franca, respetuosa y amistosa. Autodefine su relación desde sus condiciones personales, en un: no soy anticomunista; tampoco es ni será comunista pero pone al descubierto el fondo racional de su actitud, la unidad de acción por objetivos comunes humanos, sociales, solidarios, colectivos que están por encima de cualquier prejuicio derivado de los inmorales ataques de la derecha. Busca no inhabilitarse ni aislarse de sus interlocutores utópicos idealizados, los no alineados-abstencionistas a quienes primordialmente confía la continuación de su proyecto revolucionario.

Su palabra no se postula sola y desnuda. En ese Mensaje a los Comunistas se ampara en un elemento del contexto global, del deshielo y de la humanización de la Iglesia promovida por el Concilio Vaticano II. “Juan XXIII me autoriza para marchar en unidad de acción con los comunistas”, dice Camilo y cita dos párrafos de la Encíclica Pacem in Terris, incluidos entre las Normas para la actuación temporal del cristiano y que se refieren a las relaciones entre católicos y no católicos. Se trataba de algo demasiado serio, parte integral de un compromiso de vida no de una elucubración para salir del paso. Estructurar la idea de la unidad del pueblo como proyecto estratégico en un momento temprano de la resistencia al orden contrainsurgente es sin duda el extraordinario aporte de Camilo que trasciende el tiempo y llega como preciosa herencia a las tareas del presente. La unidad más amplia y más revolucionaria para transformar un país, tal es el eje central de su discurso político. En un punto crucial se aparta de la Encíclica, sin embargo, donde esta proclama Evolución, no revolución.