Se destacó al interior de las FARC por ser un simpatizante de la solución política al conflicto social y armado que desde hace medio siglo arruina al país

Harold García-Pacanchique
@HaroldGarcia95

Guillermo León Sáenz Vargas nació en la ciudad de Bogotá el 22 de julio de 1948 en una familia de las capas medias capitalinas que en el exclusivo barrio Santa Bárbara. Inclinado por las ciencias sociales gracias a su influencia ampliamente humanista, decidió estudiar antropología en la Universidad Nacional de Colombia para finales de la década de los sesentas.

Fue allí donde elevó su nivel intelectual y político e ingresó a las filas de la Juventud Comunista, espacio juvenil del Partido Comunista de Colombia, donde se destacó por ser un militante disciplinado y convencido de la combinación acertada de todas las formas de lucha, aspectos que lo llevaron a ganar espacios de dirección en la JUCO, donde asumió como dirigente encargado de la secretaría de organización de Bogotá y fue desde esta responsabilidad que logró articularse con las FARC, a través de la CONAL, orgánica que juntaba algunas expresiones del PCC y a la organización guerrillera para la época.

Su actividad como organizador de la Juventud Comunista lo lleva a ser un blanco para los organismos de inteligencia y las Fuerzas Militares, es entonces que Guillermo es capturado junto a su compañero Moris Ákerman en el año de 1979, donde se le acusaba de pertenecer a la insurgencia y donde dura varios meses en la Cárcel Distrital, tiempo que sería aprovechado por los reclusos comunistas para enriquecer su formación política.

El combatiente guerrillero

Tras sufrir de persecución, hostigamiento y encarcelamiento por sus coherentes ideas comunistas, el estudioso, parrandero y bohemio Guillermo León Sáenz inicia su vida de combatiente guerrillero en las montañas de la cordillera oriental, por disposición personal y orientación partidaria que se emitiría en razón de preservar la vida de uno de los cuadros políticos más importantes que ha tenido el movimiento revolucionario en el país.

Ya para inicios de la década de los ochentas y a sus 32 años de edad, el destacado militante de la JUCO deja en la ciudad a sus más cercanos compañeros, familiares, a su esposa y su hijo recién nacido para asumir el nombre de Alfonso Cano y emprender una nueva formación político-militar orientada principalmente por Manuel Marulanda y Jacobo Arenas, quienes para la séptima Conferencia Nacional Guerrillera desarrollada en 1982, propusieron como miembro del Secretariado del Estado Mayor Central al joven bogotano que con acento de rolo años más tarde llegaría a comandar la organización guerrillera comunista más importante de los últimos años en el hemisferio occidental.

El guerrillero que combatió con filosofía, como bien lo caracterizó el cantautor fariano Julián Conrado en su canción Llora la paz, no solo se destacó por su elevado capital político e ideológico, sino por la calidad de persona que se manifestaba en su labor como comandante, así lo expresa Miriam Narváez, quien combatió junto a Alfonso en las filas insurgentes: “En una de las tantas arrugas de los sagrados Andes, cordillera oriental, en medio del páramo más grande del mundo, nuestro Comandante Alfonso nos mandó llamar para una misión. Nos explicó en detalle de qué se trataba, la importancia, el secreto y las medidas de seguridad. Dirigió su dulce mirada sobre mi pequeña humanidad y dirigiéndose a mi compañero de misión le encargó ayudarme.

“Teníamos que hacer dos jornadas de marcha por en medio de una quebrada, subiendo y resistiendo torrentes de agua pura y cristalina, pero gélida, entre enormes piedras. -Mire bien las piedras, pise las que no tengan lama-, me decía. -Remánguese bien el pantalón, lo más alto que pueda, quítese las medias, no moje el trapo del sudor. Cuide el equipo y la pistola. Cada vez que salgan del agua, séquese bien, frótese la piel, seque muy bien las botas, póngase medias secas. Así no tendrá problema para seguir al otro día—. Mi mamá no me hubiera hecho tantas y tan precisas recomendaciones. ¿Cómo no quererlo, como no extrañarlo?”.

El filósofo guerrillero dejó una fuerte relación de liderazgo y aprecio al interior de la tropa. La guerrillerada tampoco olvida su pasión por el fútbol, no borra el recuerdo de todos los domingos a Alfonso con radio en mano escuchando los partidos de su amado Millonarios, equipo de fútbol que no dejó de seguir ni en los momentos más duros de la guerra.

El arquitecto

Alfonso Cano se destacó al interior de las FARC por ser un simpatizante de la solución política al conflicto social y armado que desde hace medio lustro arruina al país; en consecuencia, es designado como vocal de la organización insurgente para los diálogos entre la Coordinadora Guerrillera Simón Bolívar y el gobierno de César Gaviria a inicios de los noventas en Caracas, Venezuela y Tlaxcala, México.

Ante esta cualidad de entendedor y constructor de la importancia social de la paz, el director de cine Lisandro Duque, uno de sus amigos de militancia juvenil, afirmó hace unos años que esa cualidad de conciliador y dialogador era perenne en la personalidad de Cano. Cuando le preguntaron al cineasta por la actitud de Alfonso este respondió que «Guillermo, distinto a Carlos Pizarro, que compraba peleas, era un conciliador», personalidad que lo posicionó como uno de los máximos dirigentes de las FARC-EP, convirtiéndose en el 2008 en su comandante en jefe tras el fallecimiento del histórico Manuel Marulanda.

Es frente a esta nueva responsabilidad que Cano inició conversaciones con el gobierno de Juan Manuel Santos, las cuales se desarrollaron entre los años 2012-2016 y que darían como resultado la movilización política de las FARC-EP, que pasaron de ser un partido en armas a partido legal, opción de paz que le ha significado al país espacios de mayor participación política del campo popular, anchando a su vez la posibilidad de profundizar el ejercicio democrático.

El 4 de noviembre de 2011, a meses de iniciar dicho proceso, sobre la mesa de diálogo quedaría el cuerpo fusilado de Alfonso Cano, quien, desarmado, sin sus anteojos y sordo tras el inclemente bombardeo, caía bajo las balas de un Estado que lo había traicionado. La misma traición de más de 200 firmantes del acuerdo de paz asesinados ante la innegable omisión de prestar las condiciones de seguridad necesarias para la reincorporación de las y los insurgentes.

El asesinato de Alfonso en medio de un operativo desplegado por las fuerzas militares en las montañas de la vereda El Chirriadero, en el departamento del Cauca, dejó un vacío de gigantes proporciones políticas para el campo revolucionario del país, pues ese día partió un hombre que es ejemplo de alta moral comunista, que vivió y murió por sus ideas y que construyó un sueño colectivo de paz al interior de la insurgencia colombiana.

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